Capítulo 08 - La carpeta azul

Capítulo 08 - La carpeta azul
Paul McKenna contestó al tercer intento.
Su voz sonó lejana, como si viniera de una cocina con viento al otro lado de la ventana. Al principio fue cauteloso. Luego Maren dijo su nombre completo, mencionó a Elliot y leyó las primeras líneas de la carta. El silencio que siguió no fue duda. Fue dolor.
—Dios mío, Maren —susurró—. Pensé que no querías saber nada.
Ella cerró los ojos.
Estaban en el despacho de Grant. Inés a su lado, Talia en la puerta, Grant sentado en la butaca de cuero con las manos juntas. Celeste se había quedado abajo, o eso decía. Maren ya no creía en las distancias dentro de aquella casa.
—Nunca recibí tu mensaje —dijo.
Paul soltó una palabra baja, amarga.
—Fui un imbécil. Debí insistir.
—¿Qué dejó Elliot?
Paul respiró hondo.
—Una cuenta de inversión pequeña, al principio. Después del accidente de su hermano, Elliot empezó a mover dinero para protegerte de deudas familiares. No era una fortuna de película, pero creció. La última vez que la revisamos había alrededor de ciento ochenta mil dólares, más una póliza complementaria que podía reclamarse si se presentaban ciertos documentos médicos.
Talia se llevó una mano al pecho.
Grant murmuró algo que nadie entendió.
Maren sintió una calma extraña. No alegría. La alegría no llega de golpe cuando ha sido robada. Lo que sintió fue una puerta abriéndose en un pasillo que le habían dicho que no existía.
—¿Dónde están esos documentos?
—En una carpeta azul que dejé con Grant el día después del funeral, porque Celeste me dijo que tú estabas sedada y no podías firmar nada.
Grant palideció.
—Yo no la recibí.
—Sí la recibiste —dijo Celeste desde la puerta.
Todos se giraron. Estaba allí, apoyada en el marco, impecable y cansada, como una reina que llega tarde a su propia derrota.
—Te la di —continuó—. La dejé en tu despacho.
Grant negó con la cabeza.
—No.
Celeste se encogió de hombros.
—Entonces la perdiste. Como pierdes todo.
Maren la miró con una frialdad que no sabía tener.
—Beckett se llevó una carpeta azul anoche.
Celeste no parpadeó.
—Beckett se lleva muchas cosas que no son suyas. Pregúntale a tu hermana.
Talia se puso roja.
—Mamá.
—¿Qué? ¿También vamos a fingir que tu matrimonio era feliz? Esta familia se ha construido fingiendo. Al menos seamos coherentes.
Aquello fue tan cruel que incluso Inés levantó la vista.
Paul, al teléfono, habló de nuevo.
—Maren, escucha. Si Beckett tiene la carpeta, no puede cobrar nada sin tu identificación y sin el certificado médico completo. Pero puede destruir pruebas, retrasarlo todo o intentar negociar con alguien del banco.
—¿Cómo lo encontramos?
Talia respondió antes que nadie.
—Tiene una casa en Lake Arden. No está a su nombre. Dice que es de un amigo, pero una vez encontré recibos.
—¿Por qué no lo dijiste antes?
Talia se rio sin humor.
—Porque yo era la esposa perfecta. Las esposas perfectas no miran recibos, no hacen preguntas y no admiten que su marido tiene lugares donde no las lleva.
Por primera vez, Maren vio a su hermana sin el barniz de rivalidad. Vio a una mujer asustada, educada por Celeste para ganar a cualquier precio y casada con un hombre que había aprendido a cobrar esas victorias.
Eso no borraba lo que Talia había hecho. Pero lo complicaba. La vida siempre tenía la mala educación de complicar incluso el dolor.
Inés tomó nota de la dirección.
—No vamos a ir solas.
—Llamaré al agente de ayer —dijo Maren.
Grant se levantó.
—Voy con vosotras.
Maren lo miró.
—No necesito un padre valiente durante una mañana para compensar treinta y cuatro años.
La frase le salió más dura de lo que esperaba. Grant la recibió sin defenderse.
—Lo sé. Voy porque esa carpeta me fue confiada a mí. Y porque por una vez no quiero que mi cobardía le cueste algo más a tu hija.
Maren no contestó. No era un sí. Pero tampoco fue un no.
Antes de salir, subió a buscar su bolso al dormitorio de invitados donde había dormido tantos meses. La habitación estaba intacta: la colcha clara, la lámpara, el vaso de agua de Wren sobre la mesilla. Como si una vida pudiera pausarse y luego seguir.
En la cama había una hoja doblada.
Maren la abrió.
Era un dibujo de Wren, hecho la semana anterior: una casa grande, una niña pequeña y una mujer con abrigo crema. Encima, con letra infantil, decía: “Mamá puede con los monstruos”.
Maren apretó el papel contra el pecho.
Entonces oyó pasos en el pasillo. Pensó que era Talia.
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Pero la voz que habló desde la puerta era de Celeste.
—Si recuperas esa carpeta, descubrirás algo de Elliot que quizá preferirías no saber.