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CapĂ­tulo 06 - La deuda con su nombre

CapĂ­tulo 06 - La deuda con su nombre

Por la mañana, el cielo tenía ese color gris claro que parece no decidirse entre amanecer o pedir perdón. Maren no había dormido mås de una hora. Se duchó sin mojarse el pelo, se puso el mismo jersey beige y bajó al vestíbulo del hotel con Wren de la mano.

La niña llevaba el abrigo rosa y la mochila. En la bolsa de regalo, que seguĂ­a sin abrir, habĂ­a escrito con rotulador azul: “Para la abuela Celeste, de Wren”. Maren no preguntĂł por quĂ© la llevaba todavĂ­a. Hay cosas que los niños sueltan cuando pueden, no cuando a los adultos nos conviene.

Inés llegó a las ocho y media, con un café en cada mano y cara de no haber perdonado nunca a un abusón en su vida.

—Feliz Navidad —dijo.

Maren aceptĂł el vaso.

—No abuses del humor negro. Hoy muerdo.

Inés sonrió apenas.

—Mejor. Vamos a necesitar dientes.

Se sentaron en una mesa junto a la ventana. Wren desayunó tortitas demasiado dulces mientras las dos mujeres hablaron en voz baja. La línea de crédito estaba a nombre de Maren, vinculada a una dirección antigua y a un correo electrónico que no era suyo pero contenía su apellido. Las solicitudes incluían copia de su carnet, una firma digital y varios movimientos que terminaban en cuentas de empresas relacionadas con Beckett.

—¿Puede meterme en problemas? —preguntó Maren.

—Puede intentarlo. Pero es torpe.

—¿Torpe?

—Los hombres arrogantes suelen creer que falsificar a una mujer es fácil porque nunca se han molestado en mirarla bien.

Maren soltĂł una risa breve, agotada.

Inés le enseñó una pantalla con documentos.

—La firma es mala. El correo se creó desde la IP de la oficina de Beckett. Y Hamilton ha enviado audios. Además, tu grabación de anoche establece motivo y contexto. No estás indefensa.

No estĂĄs indefensa. Maren quiso guardar esa frase en un bolsillo limpio.

Wren, desde el otro lado de la mesa, levantĂł la vista.

—¿Vamos a la cárcel?

A Maren se le partiĂł la cara.

—No, cariño.

Inés se inclinó hacia la niña con una seriedad amable.

—Tu madre no ha hecho nada malo. Alguien ha puesto su nombre donde no debía. Eso se puede demostrar.

Wren asintiĂł, aunque no parecĂ­a del todo convencida.

A media mañana fueron a una comisaría pequeña. Maren entregó copias, audios, mensajes y el relato entero. El agente que les tomó declaración, un hombre de bigote cansado, escuchó sin interrumpir. Cuando Maren explicó lo de la cena de Navidad, bajó el bolígrafo un instante.

—¿Su madre dijo eso delante de la niña?

—Sí.

El agente mirĂł a Wren, que dibujaba estrellas torcidas en un papel.

—Lo siento.

Era una frase simple, de un desconocido, pero a Maren le hizo mĂĄs bien que todas las excusas familiares que nunca llegaron.

Al salir, tenĂ­a siete llamadas perdidas de Grant. Tres de Talia. Ninguna de Celeste.

Inés le aconsejó no responder todavía. Maren obedeció durante exactamente cuatro minutos.

Luego sonó otra vez el teléfono. Talia.

Maren miró a Inés.

—Grábala.

ContestĂł.

—¿QuĂ© quieres?

La voz de Talia sonaba rota, pero no necesariamente arrepentida.

—Beckett se ha ido.

Maren cerrĂł los ojos.

—¿A dónde?

—No lo sĂ©. Ha vaciado la cuenta conjunta. Se llevĂł el coche. MamĂĄ estĂĄ como loca. PapĂĄ no habla. Y hay un hombre en la puerta preguntando por el anticipo.

Maren no dijo nada.

—Necesito que vengas.

La risa que le subiĂł a Maren no llegĂł a salir.

—Anoche me echasteis.

—Esto es serio.

—TambiĂ©n lo era mi hija llorando en el recibidor.

Talia respirĂł con rabia.

—No seas cruel.

Maren mirĂł a Wren, que intentaba meter el conejo de peluche dentro de la mochila.

—No, Talia. Cruel es saber dónde duele y apretar. Yo solo estoy diciendo que no.

Hubo un silencio largo.

Cuando Talia volviĂł a hablar, su voz habĂ­a cambiado.

—Mamá tiene otro sobre.

Maren se quedĂł quieta.

—¿QuĂ© sobre?

—No lo sĂ©. Lo tenĂ­a en el tocador. Lo ha escondido al verme entrar. HabĂ­a una foto de Elliot dentro.

El nombre de su marido muerto abriĂł una habitaciĂłn cerrada en el pecho de Maren.

—¿QuĂ© foto?

—Él en el hospital. Y una carta. Maren
 creo que mamá habló con Elliot antes de que muriera.

La mano de Maren se cerró alrededor del teléfono.

Elliot habĂ­a pasado sus Ășltimas cuarenta y ocho horas casi sin fuerzas, con visitas limitadas. Celeste jurĂł que apenas pudo despedirse de Ă©l porque “los hospitales son insoportables”.

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Talia susurrĂł:

—Creo que te ocultó algo suyo.

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