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Capítulo 13 - Cerraduras nuevas

Capítulo 13 - Cerraduras nuevas

Celeste cambió las cerraduras a las cuatro y diecisiete de la tarde.

El cerrajero, un hombre con gorro de lana y cara de preferir estar en cualquier otro sitio, fue grabado por la cámara del timbre. Celeste firmó la factura. Talia no estaba en casa. Grant tampoco. Beckett seguía bajo custodia preventiva y el señor Hamilton había enviado ya todos sus correos a Inés.

Maren vio el vídeo desde el despacho de la abogada, con Wren coloreando en una mesa cercana. La imagen mostraba a Celeste de perfil, rígida, elegante, dando órdenes mientras el hombre retiraba la cerradura antigua. Una escena pequeña. Una escena doméstica. Una escena que, según Inés, valía oro.

—Acaba de impedir el acceso a una menor con derecho potencial de protección habitacional —explicó—, después de una expulsión documentada, con conocimiento de una cláusula testamentaria y de una deuda registrada. No es solo crueldad. Es torpeza legal.

Maren miró la pantalla.

—Mi madre nunca ha soportado que una puerta no obedezca.

Inés no sonrió. Entendía que algunas frases, aunque ingeniosas, salían de lugares demasiado cansados.

El juzgado de guardia aceptó una solicitud urgente para bloquear cualquier venta, refinanciación o cambio registral. La audiencia preliminar quedó fijada para dos días después. Dos días. A Maren le parecieron a la vez un suspiro y una vida.

Talia llamó esa tarde.

—No sabía lo de las cerraduras —dijo sin saludar.

—Ya.

—De verdad.

Maren miró a Wren, que pintaba el conejo Bun con una oreja enorme de color morado.

—Talia, ya no puedo dedicar energía a adivinar qué sabías y qué no. Di la verdad cuando toque. Eso es todo.

—Mamá dice que vas a destruirnos.

—No. Mamá confundió la familia con un teatro. Yo solo he encendido las luces.

Al otro lado, Talia respiró hondo.

—Beckett me usó.

Maren cerró los ojos un momento. Había una petición escondida ahí: compadéceme, absuélveme, dime que no fui mala, solo tonta.

—Puede ser —dijo—. Pero tú también me usaste a mí. Para sentirte superior. Para complacer a mamá. Para no mirar tu propia vida.

Silencio.

—Lo sé —susurró Talia.

Fue la primera vez que no discutió.

Esa noche, Maren y Wren no durmieron en el hotel. Nora les ofreció el apartamento pequeño sobre la recepción, donde antes vivía su hermana. Tenía una cocina minúscula, un sofá azul, dos mantas de cuadros y una ventana desde la que se veía la gasolinera iluminada como un barco raro en la oscuridad.

—No es el Ritz —dijo Nora—, pero la puerta cierra y nadie os va a echar.

Maren aceptó con gratitud. No por comodidad. Por esa última frase.

Prepararon sopa de lata y tostadas. Wren puso a Bun en una silla como invitado de honor. Luego sacó la cajita con la pulsera de cuentas rojas.

—No sé qué hacer con esto.

Maren removió la sopa.

—No tienes que decidir hoy.

—¿Puedo no dársela nunca?

—Sí.

Wren pensó.

—¿Eso es malo?

—No. A veces guardar distancia también es una forma de cuidar tu corazón.

La niña asintió con demasiada seriedad para su edad.

Después de cenar, mientras Wren se dormía en el sofá, Maren escuchó de nuevo el audio de Elliot con auriculares. Esta vez sin la niña. Lloró entonces. Lloró por lo que perdió, por lo que le ocultaron, por los años en que confundió aguantar con ser buena. Lloró hasta quedarse vacía y, al vaciarse, notó una cosa pequeña y firme bajo las costillas.

No era odio.

Era decisión.

A la mañana siguiente, Grant pidió verla. Maren eligió una cafetería, no el hotel ni la casa. Mesas públicas, café malo, luces claras. Grant llegó con una carpeta bajo el brazo y sin abrigo, como si hubiera salido deprisa.

—Tu madre ha llamado a su abogado —dijo.

—Bien.

—Quiere decir que tú robaste los documentos. Que manipulaste a Wren. Que Elliot no estaba lúcido.

Maren no reaccionó.

—¿Y tú?

Grant puso la carpeta sobre la mesa.

—Yo he escrito mi declaración.

Maren no la tocó.

—¿Por qué ahora?

Él miró sus manos.

—Porque anoche fui a la habitación de Wren y vi que Celeste había metido sus cosas en bolsas de basura antes de llamar al cerrajero.

Maren sintió un golpe sordo.

—¿Bolsas de basura?

Grant asintió, avergonzado.

—Ahí entendí que no era una discusión familiar. Era una expulsión. Y yo la dejé pasar.

Maren tragó saliva. No quería imaginar los vestidos de su hija, sus libros, sus pequeños tesoros, metidos como desperdicios.

Grant empujó la carpeta hacia ella.

—También hay algo más. Una copia de la declaración falsa sobre Rosalind. La firmé yo, pero la redactó Celeste. Y hay un correo de Beckett presionándome para mantenerla.

Maren abrió la carpeta.

La primera página llevaba fecha de hacía nueve años.

Al leer la segunda, vio una frase subrayada por Grant: “La señora Rosalind Vale carecía de plena capacidad para comprender las consecuencias patrimoniales de sus últimas disposiciones.”

Debajo había una nota manuscrita de Celeste.

“Hazlo hoy. Si Maren se entera algún día, será demasiado tarde.”

Maren levantó la vista.

Grant parecía un hombre esperando sentencia.

Antes de que pudiera decir nada, su móvil sonó. Era Inés.

—Maren —dijo la abogada—, Celeste acaba de presentar una denuncia contra ti por extorsión y robo. Y ha pedido una orden para impedirte acercarte a la casa.

Maren miró la nota de Celeste sobre la mesa.

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Por primera vez en dos días, sonrió.

—Entonces llevaremos sus propias palabras al juzgado.

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