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Capítulo 07 - La carta de Elliot

Capítulo 07 - La carta de Elliot

Maren no volvió a la casa por Talia. Volvió por Elliot.

Inés insistió en acompañarla. Wren se quedó con la recepcionista del hotel, una mujer mayor llamada Nora que le preparó chocolate caliente y le prometió enseñarle a hacer una estrella de papel. Maren dudó al principio, pero Wren le apretó la mano.

—Ve, mamá. Yo estoy bien.

La niña ya estaba aprendiendo a mentir para cuidar a su madre. Maren se prometió que eso no duraría.

La casa de los Vale, a plena luz del día, parecía menos poderosa. Sin velas, sin música, sin invitados, era solo una vivienda grande con la resaca de una fiesta rota. Había copas sucias en la cocina, servilletas en el suelo, una mancha de vino en el mantel y un árbol encendido sin nadie que lo admirara.

Grant abrió la puerta. Tenía ojeras profundas.

—Maren.

—Vengo por lo que mamá escondió.

Él asintió como si no mereciera más explicaciones.

Celeste apareció al fondo del pasillo con una bata roja de seda. Incluso derrotada cuidaba el escenario.

—No vas a registrar mi casa.

Inés dio un paso adelante.

—Podemos esperar una orden, señora Vale. También podemos llamar ahora mismo a la policía y explicar que está ocultando posibles pruebas relacionadas con una falsificación y una sucesión patrimonial.

Celeste la miró con desprecio.

—Qué mujeres tan encantadoras produce la rabia.

Maren no mordió el anzuelo.

—La carta de Elliot.

Durante un segundo, la máscara de Celeste se movió. No cayó. Celeste no era una mujer que se derrumbara; se reajustaba.

—No sé de qué hablas.

Talia bajó las escaleras sin maquillaje. Parecía otra. Más joven, más asustada, menos perfecta.

—Está en el joyero grande, mamá.

Celeste se volvió hacia ella como si la hubiera escupido.

—Tú cállate.

—No. Ya no.

Talia temblaba. Maren la había visto fingir muchas emociones en su vida, pero aquel temblor era verdadero.

Subieron al dormitorio de Celeste. Olía a perfume caro y a flores muertas. Sobre el tocador había frascos alineados con disciplina militar, fotografías familiares donde Maren siempre aparecía un poco al borde, y un joyero de madera oscura.

Celeste no quiso abrirlo. Grant lo hizo.

Dentro, bajo collares y broches, había un sobre blanco, amarillento por los bordes. El nombre de Maren estaba escrito con la letra de Elliot.

Maren lo tomó como se toma una reliquia.

No se dio cuenta de que estaba llorando hasta que una lágrima cayó sobre su dedo.

—Léelo sola —dijo Talia.

Maren negó con la cabeza.

—No. Demasiadas cosas se han leído en privado en esta familia.

Abrió el sobre.

La carta olía a papel viejo, no a Elliot, y aun así él estaba allí. En las curvas de las letras, en las frases cortas, en la manera de empezar sin rodeos.

“Maren, si esto llega a ti, significa que Celeste cumplió su promesa de entregártelo cuando yo ya no pudiera hablar. No sé si tendrá el valor.”

Celeste miró por la ventana.

Maren siguió.

“Perdóname por no haberte contado antes lo de la cuenta de emergencia. No quería que vivieras mis últimos meses haciendo números. Hay dinero suficiente para ti y Wren si lo reclamas a tiempo. Mi socio Paul tiene los documentos. No firmes nada que venga de Beckett. No te fíes de Celeste si habla de vender la casa. Y, por favor, no permitas que nuestra hija aprenda que el amor se gana aguantando humillaciones.”

Maren tuvo que detenerse.

Inés bajó la mirada. Grant se apoyó en la pared. Talia se cubrió la boca con una mano.

—¿Cuenta de emergencia? —preguntó Maren.

Celeste habló sin mirarla.

—Elliot deliraba.

—No —dijo Grant.

Todos se volvieron.

Grant respiró como si cada palabra tuviera espinas.

—Paul vino al funeral. Preguntó por ti. Celeste le dijo que estabas demasiado medicada para hablar. Yo… lo vi desde la escalera.

Maren sintió que la tristeza se convertía en una cosa más dura.

—¿Y no dijiste nada?

—Pensé que ella te lo diría después.

—Claro.

Esa sola palabra bastó.

Talia se sentó en el borde de la cama, pálida.

—¿Cuánto dinero?

Maren ni siquiera la miró.

—Eso no te importa.

Pero sí importaba. Importaba porque durante dos años había vivido ajustando gastos, aceptando trabajos extra, llevando a Wren con zapatos de segunda mano, mientras una carta escondida le decía que Elliot había intentado protegerlas.

Inés tomó una foto del sobre y de la carta.

—Hay que localizar a Paul.

—No vive aquí —dijo Grant—. Se mudó a Maine. Pero tengo su antiguo número.

Celeste giró de golpe.

—Grant.

Él no se calló.

—Lo tengo.

Maren miró a su padre. No lo perdonó. No todavía. Pero vio, por primera vez, a un hombre intentando levantarse del suelo que él mismo había elegido.

Talia levantó la cabeza.

—Maren… Beckett conocía a Paul.

—¿Qué quieres decir?

—Trabajaron juntos antes de que Elliot muriera. Poco tiempo. Beckett siempre dijo que Paul era un inútil, pero…

Inés frunció el ceño.

—Pero ¿qué?

Talia tragó saliva.

—Anoche, antes de irse, Beckett no solo vació nuestra cuenta. Se llevó una carpeta azul del despacho de papá. La carpeta tenía el nombre de Elliot escrito en la etiqueta.

Maren dobló la carta con manos firmes.

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Ahora ya no se trataba solo de una casa.

Beckett estaba huyendo con la última voluntad de un hombre muerto.

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