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Capítulo 10 - Más que la casa

Capítulo 10 - Más que la casa

La mujer se llamaba Lila y no era amante de Beckett, o al menos no exactamente. Eso dijo ella en la mesa de la cabaña, envuelta en la manta, con una serenidad extraña que no parecía inocencia sino cansancio profesional.

—Trabajo con él —explicó—. O trabajaba. Gestión de inversiones privadas. Clientes que no quieren demasiadas preguntas.

Talia soltó una risa vacía.

—Qué elegante suena siempre la basura cuando le ponéis traje.

Beckett, esposado ya por intento de destrucción de documentos y obstrucción preliminar, le lanzó una mirada venenosa.

—No digas nada más.

Lila lo ignoró.

—Me prometió que con esa carpeta podía negociar una deuda antigua y quedarse con una comisión. Luego anoche llegó borracho, hablando de una viuda, de una casa y de una vieja cláusula. Me di cuenta de que había más.

El agente Rivera tomó la carpeta con guantes. Inés pidió fotografiar el contenido antes de que se la llevaran como evidencia. Maren esperó de pie junto a la ventana, mirando el lago. No quería tocarla aún. Le parecía que dentro estaba Elliot, pero no el Elliot de su memoria. Otro. Uno que había respirado miedo sin contárselo.

—Maren —dijo Inés—. Hay que mirar.

Se sentó.

La carpeta contenía estados de cuenta, copias de pólizas, cartas de Paul, informes médicos, y una serie de documentos sobre Aaron, el hermano de Elliot. La deuda existía. No era pequeña. Pero había sido liquidada ocho meses antes de la muerte de Elliot. Liquidada por él, sí, pero con dinero de la venta de una participación empresarial que era suya, no de Maren. No había amenaza actual para ella ni para Wren.

Celeste había dicho una verdad vieja para asustarla con una mentira presente.

Maren sintió una mezcla de alivio y furia.

—¿Y la cuenta de emergencia?

Inés pasó páginas.

—Existe. Está a tu nombre como beneficiaria diferida y Wren como segunda beneficiaria. Hay instrucciones claras. Se necesitaba la carta, el certificado médico y tu identificación para activar el traspaso. Nadie lo hizo.

—¿Cuánto?

Inés la miró con una suavidad que asustaba.

—Doscientos doce mil dólares, con los intereses acumulados.

Talia se llevó una mano a la boca. Grant, sentado en una silla junto a la pared, empezó a llorar en silencio. No hizo ruido. Solo se le dobló el rostro.

Maren no lloró. Todavía no. El cuerpo tiene una capacidad limitada para las noticias grandes.

Beckett habló desde la entrada, custodiado por el agente.

—No podrás tocar ese dinero rápido. Hay procesos. Impuestos. Reclamaciones.

Inés sonrió sin mirarlo.

—Gracias por la preocupación jurídica. La archivaremos con tus falsificaciones.

Lila dejó la taza sobre la mesa.

—Hay otra cosa.

Todos la miraron.

—Beckett grabó a Celeste varias veces. Por protección, decía. Si ella intentaba culparlo, él quería pruebas de que actuaba con su permiso.

Talia cerró los ojos.

—¿Dónde están?

Lila señaló el portátil de la cocina.

—En una carpeta cifrada. La contraseña es el nombre del restaurante donde cenaron cuando firmaron el anticipo.

Talia abrió los ojos lentamente.

—Le Jardin Bleu.

Beckett palideció.

—Talia.

Ella lo miró con una calma nueva.

—No sabes la cantidad de cenas que una mujer recuerda cuando se ha sentido sola delante del plato.

El agente Rivera incautó el portátil. Inés hizo constar la información. Lila accedió a declarar a cambio de protección como testigo cooperante. Beckett dejó de parecer un hombre peligroso y empezó a parecer lo que era: un oportunista con miedo.

Al salir de la cabaña, el aire frío le golpeó a Maren la cara. Se apoyó en la barandilla del porche. Grant se acercó con cautela.

—No sabía lo de la cuenta.

—Pero sabías que había una carpeta.

Él asintió.

—Sí.

—Y no preguntaste.

—No.

Maren miró el lago. La superficie tenía una capa fina de hielo en los bordes, pero en el centro el agua seguía moviéndose. Pensó que ella se parecía a eso: helada por fuera en algunos sitios, viva todavía donde nadie miraba.

—Papá, no puedo cuidar de tu culpa. Tengo una hija.

Grant se limpió la cara.

—Lo sé.

—No lo digas como frase bonita. Apréndelo.

Talia salió detrás de ellos, con los brazos cruzados contra el frío. Durante un instante las dos hermanas se miraron como se miran dos mujeres que han estado en bandos opuestos de una guerra que no empezaron ellas.

—Maren —dijo Talia—. Anoche fui cruel.

—Sí.

Talia tragó saliva.

—No sé pedir perdón bien.

—Entonces empieza sin explicarte.

La hermana bajó la mirada.

—Perdón.

No fue suficiente. Pero fue una semilla.

El móvil de Maren sonó. Era Nora, la recepcionista del hotel.

Maren contestó al instante.

—¿Wren está bien?

—Sí, tranquila. Está conmigo. Pero hay una señora aquí preguntando por vosotras.

Maren sintió un golpe en el pecho.

—¿Qué señora?

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Nora bajó la voz.

—Dice que se llama Celeste. Y trae una maleta de niña.

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