Capítulo 12 - La copia de la niña

Capítulo 12 - La copia de la niña
Wren no sabía que guardaba una copia de nada. Eso fue lo primero que dijo, con la boca manchada de chocolate y los ojos abiertos como platos.
—Yo no tengo cartas de papá. Solo tengo dibujos.
Maren no quiso asustarla. La llevó de vuelta a la habitación del hotel, lejos del vestíbulo, lejos de Celeste, lejos de todos los adultos que de pronto miraban a la niña como si fuera una caja fuerte.
Inés subió con ellas. Nora también, sin pedir permiso, llevando una bandeja con galletas. Hay mujeres que conocen el valor de una presencia tranquila sin haber estudiado derecho ni psicología.
—Cariño —dijo Maren—, ¿recuerdas si papá te dio alguna vez algo para guardar?
Wren frunció la nariz.
—Me dio a Bun.
Bun era el conejo sin una oreja.
Maren miró el peluche sobre la cama.
Sintió un escalofrío tan claro que Inés también lo miró.
—¿Cuándo te lo dio? —preguntó la abogada con suavidad.
—En el hospital. Mamá estaba hablando con el doctor. Papá me dijo que Bun era valiente porque había perdido una oreja y seguía escuchando.
Maren se sentó en la cama. Recordaba ese día. Recordaba haber vuelto a la habitación y ver a Wren abrazada al conejo, Elliot sonriendo con los labios secos. No recordó ninguna frase importante. Solo el cansancio, las máquinas, el miedo.
—¿Puedo ver a Bun? —preguntó Maren.
Wren dudó.
—No le hagas daño.
—Nunca.
El peluche estaba gastado, suave en algunas zonas y áspero en otras. Maren lo sostuvo con cuidado. La oreja perdida había sido cosida de forma torpe por Elliot mucho antes del hospital. Pero al palpar la costura del lomo, notó un bulto fino.
Wren se llevó las manos a la boca.
—¿Está enfermo?
Maren soltó una risa llorosa.
—No, amor. Creo que papá le escondió un secreto.
Nora fue a buscar unas tijeras pequeñas. Maren descosió apenas un tramo, con una delicadeza absurda para un peluche viejo. Dentro había una bolsita de plástico doblada muchas veces. Y dentro, una memoria USB diminuta y una nota.
La letra de Elliot.
“Para cuando Maren necesite pruebas y yo no pueda dárselas.”
Maren tuvo que dejar el conejo sobre la cama. La emoción le subió tan fuerte que no pudo hablar.
Wren tocó la nota con un dedo.
—Papá sabía que nos iban a hacer daño.
—Sabía que podía pasar —dijo Maren—. Y quiso cuidarnos.
Inés conectó la memoria a su portátil. Había tres archivos: una copia digital de la carta, documentos sobre la cuenta de emergencia y un audio.
Maren no estaba segura de poder escucharlo. Pero Wren se sentó a su lado y le cogió la mano.
—Quiero oír a papá.
Maren miró a Inés. La abogada dudó, luego asintió.
El audio empezó con un ruido de sábana y una respiración débil. Después, la voz de Elliot llenó la habitación, más frágil que en los recuerdos y, aun así, suya.
“Maren, mi amor. Si estás oyendo esto, perdóname. Quise dejarlo todo ordenado y no sé si me dio tiempo. No firmes nada con Beckett. No dejes que Celeste convierta tu bondad en una cadena. Y dile a Wren que los valientes también tienen miedo. Lo único que hacen distinto es no dejar que el miedo elija por ellos.”
Wren empezó a llorar en silencio.
Maren la abrazó.
El audio continuó.
“Hay algo sobre la casa de los Vale. Rosalind me lo contó antes de morir. Celeste no quería que lo supieras. La cláusula no solo protege a Maren por el dinero que ponga. También protege a cualquier menor descendiente que sea expulsado de la vivienda familiar sin causa justificada. Wren no puede ser echada de esa casa sin que se active una revisión de la propiedad.”
Inés levantó la cabeza de golpe.
Maren dejó de respirar.
La voz de Elliot se volvió más baja.
“Si alguna vez usan la puerta contra vosotras, usa la puerta contra ellos.”
El archivo terminó.
Durante unos segundos solo se oyó el zumbido del portátil.
Inés fue la primera en hablar.
—Maren, esto cambia la estrategia por completo.
—¿Qué significa?
—Significa que anoche, al echaros delante de testigos, Celeste y Talia pudieron activar exactamente la condición que llevaban años intentando ocultar.
Wren se secó la cara con la manga.
—¿Papá nos ayudó desde Bun?
Maren besó su pelo.
—Sí, amor.
Alguien llamó a la puerta.
Nora fue a abrir. En el pasillo estaba Grant. Tenía el rostro blanco y el móvil en la mano.
—Maren —dijo—. Celeste acaba de llamar a un cerrajero. Va a cambiar las cerraduras antes de que volváis.
Inés cerró el portátil con un golpe suave.
—Perfecto —dijo—. Que lo haga.
Maren la miró sin entender.
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La abogada sonrió, y por primera vez en dos días aquella sonrisa no era consuelo: era pólvora.
—Si cambia las cerraduras después de conocer la cláusula, nos acaba de regalar el caso.