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Capítulo 03 - Una venta antes del postre

Capítulo 03 - Una venta antes del postre

Maren leyó el mensaje dos veces. No porque no lo entendiera, sino porque el cuerpo a veces necesita un segundo para aceptar lo que la cabeza ya sabe.

Beckett acaba de intentar vender la casa esta mañana.

Al otro lado de la isla, Beckett fingía mirar hacia el árbol, hacia las luces, hacia cualquier cosa que no fuera el móvil. Talia seguía de pie junto a él, preciosa en su vestido verde oscuro, con esa belleza bien entrenada que había aprendido de Celeste: el pelo perfecto, la sonrisa medida, la crueldad envuelta en perfume caro.

—¿Qué pasa? —preguntó Talia.

Maren apagó la pantalla.

—Nada que no supiera ya.

Mentira. Sí había algo nuevo. Había imaginado que querían echarla porque les molestaba, porque Wren les recordaba la mala suerte, porque una viuda sin marido en una casa elegante era una grieta en la pintura. No había imaginado que la cena de Navidad fuera también una reunión de negocios.

Miró alrededor. Los invitados. Las copas llenas. El señor Hamilton, amigo de Beckett, con su esposa y una carpeta de cuero apoyada junto a la silla. La prima Eliza, que apenas conocía a Wren pero le había regalado un estuche de lápices como si eso comprara conciencia. Los ojos que se apartaban.

—¿Quién es el comprador? —preguntó Maren.

La frase cayó sin aviso.

Beckett soltó una carcajada falsa.

—¿Comprador de qué?

—De la casa.

Grant levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué?

Esa sorpresa sí fue real. Maren la vio, y le dolió admitir que su padre, cobarde como era, quizá no sabía toda la historia.

Celeste se recompuso antes que nadie.

—No digas tonterías. Nadie va a vender nada.

—Entonces no te importará que le pregunte al señor Hamilton.

El hombre de la carpeta se puso rojo hasta las orejas.

—Yo… creo que esto es un asunto familiar.

—Qué curioso —dijo Maren—. Hace un minuto todos parecían muy interesados en si mi hija y yo éramos familia.

La tía Judith hizo un gesto con la servilleta. Beckett apretó los dientes.

Talia dio un paso adelante.

—Maren, estás haciendo el ridículo.

—No. Lo hice durante dos años. Hoy solo estoy dejando de hacerlo.

Maren tomó el primer documento y lo giró para que todos pudieran ver el sello del registro. No explicó más de lo necesario. Sabía que la verdad, cuando es sólida, no necesita adornarse.

—Cualquier venta firmada sin notificarme puede quedar bloqueada. Cualquier intento de ocultar deudas garantizadas puede considerarse fraude. Y cualquier persona que haya recibido un adelanto por una venta que no podía realizarse tiene un problema.

El señor Hamilton se levantó.

—Beckett, dijiste que la casa estaba limpia.

Talia giró lentamente hacia su marido.

—¿Qué adelanto?

Por primera vez en toda la noche, Beckett perdió el color de su arrogancia. No fue un derrumbe espectacular. Fue peor. Fue un parpadeo demasiado rápido, una gota de sudor en la sien, el cuello rígido de quien acaba de quedarse sin salida.

—Solo fue una reserva —dijo.

—¿Una reserva? —repitió Grant.

Celeste cerró los ojos un segundo.

Ese gesto la delató más que cualquier confesión.

Maren sintió que algo le pesaba en el estómago. No solo por la venta. Por Grant. Por su padre, que acababa de descubrir, delante de todos, que su esposa y su yerno habían estado moviendo los cimientos de su vida sin decirle nada. Y aun así, Maren no se permitió suavizar la verdad. Había suavizado demasiadas cosas.

—¿Cuánto? —preguntó.

Beckett miró a Celeste.

Talia lo vio.

—¿Por qué miras a mi madre?

Celeste soltó la copa. El vino rojo manchó el mantel blanco como una herida abierta.

—Porque yo lo autoricé —dijo al fin.

El salón entero pareció respirar al revés.

—Celeste —murmuró Grant.

—Había que hacer algo —respondió ella, de pronto furiosa—. Esta casa nos está ahogando. Las facturas, el mantenimiento, los impuestos… ¿qué querías? ¿Pedirle más dinero a Maren y aguantar su cara de mártir otros diez años?

Wren bajó los ojos. Maren notó cómo le ardía la garganta.

—No hables de mí delante de mi hija como si fuera una factura vencida.

Celeste se rio, pero ya no tenía fuerza.

—Siempre tan digna.

—Siempre tan cansada, mamá.

La frase salió baja, casi sin filo. Y por eso mismo hizo daño.

Talia parecía desorientada. Su mundo, construido sobre la idea de que su madre la protegía y su marido controlaba, empezaba a sonar hueco.

—Beckett —dijo—. ¿Cuánto dinero recibiste?

Él se ajustó el puño de la camisa.

—Veinticinco mil.

Grant se apoyó en una silla.

—Dios mío.

—¿Dónde está? —preguntó Maren.

Beckett no contestó.

La mirada de Talia se endureció.

—¿Dónde está el dinero?

El silencio fue respuesta suficiente.

Maren pensó en los regalos bajo el árbol, en el vestido nuevo de Celeste, en el reloj de Beckett, en las cenas en restaurantes donde Talia pedía vino sin mirar el precio. Pensó en Wren guardando monedas en un tarro para comprarle a su madre una bufanda.

—Hay otra cosa —dijo Maren.

Todos la miraron.

Ella levantó el tercer sobre.

—Esto no tiene que ver con el préstamo. Tiene que ver con la razón por la que mamá necesitaba que yo me fuera antes de medianoche.

Celeste se quedó inmóvil.

—No te atrevas.

Maren sostuvo su mirada.

—Me atreví a venir. Me atreví a quedarme. Me atreví a no romperme. Abrir un sobre es lo de menos.

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Pero antes de que pudiera rasgar la solapa, Grant dijo algo que nadie esperaba:

—No lo abras, Maren. Si es lo que creo… tu madre no fue la única que mintió.

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