Capítulo 10 - La noche del incendio

Chapter 10 - Capítulo 10 - La noche del incendio
Naomi recordaba humo, una manta mojada y una mujer gritándole que no mirara atrás.
Durante años creyó que aquella mujer era Margaret Vale.
Al observar la fotografía de la caja musical, comprendió que podía haber sido Joanna.
—¿Dónde ocurrió el incendio? —preguntó Sonia.
—En una casa de Connecticut.
Los registros indicaban que Edward y Margaret murieron allí. El cuerpo de una niña fue identificado como Lily Vale por objetos personales y un informe dental incompleto. Naomi apareció dos días después en un hospital de otro condado bajo el nombre de “menor desconocida”.
Un abogado la trasladó antes de que la policía conectara ambos casos.
Ese abogado era Samuel Ortega.
—El notario de los contratos —dijo Claire.
Naomi asintió.
Samuel trabajaba para Malcolm y conocía el acuerdo de Aurelia. Según los papeles encontrados, Joanna recuperó temporalmente la custodia de Lily después de demostrar irregularidades en la adopción. Vivieron juntas tres meses en la casa de Connecticut con Thomas y la bebé Claire.
—Yo estaba allí —murmuró Claire.
—Tenías menos de un año.
La noche del incendio, Joanna y Thomas habían salido para reunirse con Malcolm. Margaret y Edward cuidaban a las niñas, intentando facilitar una transición pacífica.
El fuego empezó en el garaje.
—¿Dónde estaba el bebé? —preguntó Claire.
Naomi se llevó las manos a la cara.
—Recuerdo una cuna vacía.
Miriam aportó otra pieza. Joanna llegó al taller aquella madrugada con Claire en brazos y las manos quemadas. Dijo que Malcolm envió un chófer para sacar al bebé antes del incendio, pero que nadie encontraba a Lily.
—¿Por qué creyeron que Naomi murió? —preguntó Sonia.
—Patricia llevó una pulsera y un abrigo al lugar —respondió Miriam—. Dijo que los encontraron junto al cuerpo.
Naomi miró la pulsera roja en la fotografía.
La misma que David guardaba en su despacho.
David fue citado nuevamente.
Esta vez no llevó abogado. Parecía no haber dormido.
Confesó que sabía que Naomi sobrevivió. Samuel la sacó del hospital porque Patricia afirmó que Joanna había provocado el incendio para recuperar a la niña. David tenía nueve años y creyó aquella versión.
—¿Quién era el cuerpo? —preguntó Claire.
—Una niña acogida por los Vale durante unas semanas. Se llamaba Amelia Stone.
La habitación quedó en silencio.
Amelia tenía seis años. Su familia había muerto en otro accidente y esperaba una colocación permanente. Apenas existían fotografías ni registros dentales completos.
La identificaron como Lily para cerrar el caso.
—¿La familia de Amelia supo dónde fue enterrada? —preguntó Naomi.
—No tenía familiares conocidos.
Claire sintió una indignación distinta. Una niña sin apellido poderoso había sido utilizada para borrar a otra.
—Tenemos que devolverle su nombre —dijo.
Sonia anotó la solicitud para reabrir la identificación.
—¿Quién provocó el incendio? —preguntó.
David negó saberlo. Samuel investigó durante años y sospechaba de un empleado de seguridad contratado por Patricia. El hombre murió antes de declarar.
—¿Malcolm sabía que Naomi estaba viva? —preguntó Claire.
—Sí.
La respuesta ya no sorprendía.
Malcolm aceptó mantenerla oculta porque Samuel aseguró que Patricia intentaría recuperarla para controlar las acciones de Joanna. La colocaron con otra familia y cambiaron su nombre.
—¿Por qué no se lo dijeron a mi madre?
—Samuel temía que Joanna la buscara y revelara la ubicación.
Naomi cerró los ojos.
—Me escondieron de mi propia madre para protegerme de una mujer que decía que mi madre era peligrosa.
David se cubrió el rostro.
—Yo era un niño.
—Después creciste —respondió Naomi.
La frase no necesitaba más.
Los resultados de ADN llegaron dos días después.
Claire y Naomi eran hermanas biológicas por parte de madre y padre. Thomas Hart era el padre de ambas.
Naomi leyó el informe sentada en la cocina de Claire. Lily coloreaba en la habitación contigua.
Ninguna de las dos supo qué hacer con las manos.
—Hola —dijo Naomi al final, con una sonrisa triste—. Soy tu hermana.
Claire empezó a llorar.
No la abrazó de inmediato. Primero dejó que la tristeza por los años perdidos existiera sin convertirla en reconciliación instantánea.
Después extendió la mano.
Naomi la tomó.
—Necesito tiempo —dijo Claire.
—Lo tendrás.
—Y no volverás a decidir qué verdad puedo soportar.
—No.
—Aunque creas que me protege.
—No.
Claire asintió.
Era un principio, no un final.
La cláusula de Aurelia reconocía derechos iguales a las dos hijas de Joanna. Naomi controlaría el treinta y cinco por ciento de las acciones y Claire otro treinta y cinco. El treinta restante pertenecía al fondo de empleados.
Ninguna podía vender sin la otra y sin el consentimiento del fondo.
—Joanna diseñó esto para impedir que una sola persona se convirtiera en Patricia —dijo Sonia.
Naomi soltó aire.
—No quiero dirigir una empresa de joyas.
—No tienes que hacerlo —respondió Claire—. Pero tienes derecho a decidir.
Acordaron no anunciar aún la relación. Primero debían proteger a Naomi, corregir la identidad de Amelia y asegurar los activos.
La discreción duró seis horas.
Un periódico publicó la historia de “la hermana secreta que reclama la fortuna Voss”. Incluía la dirección de Naomi, detalles del ADN y una fotografía de Lily saliendo de la escuela.
Claire sintió que el miedo le atravesaba el cuerpo.
Solo siete personas conocían la prueba.
Sonia, Claire, Naomi, Miriam, David, el técnico del laboratorio y Grant.
—¿Quién filtró? —preguntó Naomi.
Sonia revisó el artículo.
La periodista citaba “documentos entregados por una fuente cercana a la defensa de Patricia Voss”.
Patricia estaba detenida y sus comunicaciones vigiladas.
Harrison tenía acceso a su equipo legal.
Pero la fotografía de Lily se había tomado aquella mañana desde un coche aparcado frente a la escuela.
Grant llamó en ese momento.
—No llevéis a Lily a casa —dijo—. Mi madre pagaba a una empresa privada para seguirla.
—Patricia está bajo custodia.
—La cuenta sigue activa.
—¿Quién la controla?
Grant guardó silencio.
—Harrison.
Claire miró a Sonia.
Su exmarido acababa de prometer colaborar con la fiscalía.
Sin embargo, alguien había utilizado sus credenciales para convertir a su hija en una imagen pública.
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La pregunta ya no era si Harrison seguía mintiendo.
Era si lo hacía voluntariamente o si Patricia aún podía manejarlo incluso desde una celda.