Capítulo 09 - La cinta de la carretera

Capítulo 09 - La cinta de la carretera
Ethan se colocó delante de María sin pensarlo.
María lo apartó del brazo sin pensarlo tampoco.
—No soy un jarrón —susurró.
Harrison soltó una carcajada.
—Me gusta esta mujer. Tiene más carácter que todo el consejo de administración.
Beatrice entró en el despacho con una calma insultante. Se quitó los guantes negros dedo por dedo, como si la pistola de Harrison no fuera más que un paraguas mojado.
—Gracias por abrir la caja, Ethan. Richard siempre tuvo una vena melodramática. Música, cerraduras, pistas escondidas. Creía que la verdad era más noble si costaba encontrarla.
—La verdad es noble aunque la escondan las personas podridas —dijo María.
Beatrice la miró.
—Usted debería cuidar su lengua. Tiene una hija.
La amenaza fue tan clara que María sintió una calma extraña. El miedo, cuando llega al límite, a veces se transforma en una habitación blanca donde todo se ve con nitidez.
—Precisamente por eso la cuido —respondió—. Para que mi hija no crezca creyendo que las mujeres elegantes pueden destruir vidas y seguir sirviendo té.
Harrison apuntó al suelo, no a ellos. Quería asustar, no disparar. O al menos eso esperaba María.
—Dame la cinta —ordenó.
Ethan sostuvo el vídeo contra el pecho.
—Primero dime por qué murió Diego.
—Porque se metió donde no debía.
—Era inocente.
—La inocencia es una excusa que usan los pobres cuando no tienen abogados.
María sintió el impulso de lanzarse contra él. Ethan le rozó la mano, apenas un contacto. No para detenerla; para recordarle que había que salir vivos.
Beatrice avanzó hacia la caja roja.
—Harrison, por favor. La violencia directa siempre ensucia. Vamos a ofrecer un trato.
—No quiero tratos —dijo Ethan.
—Querrás este. Nos entregas la caja, la cinta y el pendrive que la señora Delgado cree haber escondido tan ingeniosamente en el dobladillo del abrigo de su hija…
María se quedó helada.
—…y Olivia seguirá en Larkspur, tranquila, medicada, sin sobresaltos. Sophia seguirá con su madre. Y tú, Ethan, conservarás la empresa, la mansión, tu papel de niño triste que por fin ha superado el pasado.
—¿Y si no?
Beatrice sonrió.
—Entonces Olivia se desestabiliza. Harrison se asusta. La prensa recibe un expediente sobre una empleada doméstica que introdujo a una menor en una casa privada para manipular a un heredero vulnerable. Y quizá servicios sociales haga preguntas sobre dónde estaba Sophia durante un tiroteo.
María sintió que le faltaba aire.
Ahí estaba. La verdadera pistola. No la de Harrison, sino la amenaza de quitarle a su hija con papeles, sellos y sonrisas profesionales.
Ethan dio un paso adelante.
—Si toca a Sophia, la destruiré.
—Qué masculino —dijo Beatrice—. Pero poco práctico.
María cerró los ojos un segundo. Pensó en Diego diciendo su nombre en una grabación. Pensó en Sophia pintando un sol en una cara triste. Pensó en todas las veces que las mujeres como ella habían perdido antes de empezar porque les habían convencido de que la única opción era obedecer.
Abrió los ojos.
—Ya no tiene el pendrive.
Beatrice parpadeó.
—¿Perdón?
—No lo tengo yo. Ni Sophia. Ni Ethan.
Harrison la apuntó por primera vez.
—No juegues.
—No estoy jugando.
Era mentira a medias. El pendrive seguía cosido en el abrigo de Sophia, sí, pero María había activado una copia automática aquella mañana desde el teléfono roto, usando la cuenta en la nube que Diego había creado para guardar fotos familiares. No sabía si había subido todo. No sabía si serviría. Pero sabía que Tomás tenía acceso.
Y sabía otra cosa: Ethan, antes de entrar en la casa, había dejado una llamada abierta con su jefe de seguridad.
Lo supo porque él le apretó la mano una vez.
Una señal.
—La grabación de Diego ya no depende de nosotros —dijo Ethan.
Beatrice lo estudió.
—Mientes.
—Puede ser.
Harrison se acercó, furioso.
—Dame la cinta.
Ethan levantó la cinta.
—Aquí está el accidente de Diego. ¿Verdad?
—Dámela.
—No.
Harrison disparó.
El tiro no dio a nadie. Rompió un marco en la pared, pero el ruido hizo que María se agachara por reflejo. Ethan aprovechó ese segundo para lanzar la cinta hacia la chimenea apagada. Harrison se giró, y entonces la puerta principal estalló en golpes.
—¡Policía! ¡Suelten el arma!
Beatrice no perdió la compostura, pero Harrison sí. Levantó la pistola hacia Ethan.
María tomó el pisapapeles de mármol y se lo lanzó a la mano.
Fue un gesto torpe, desesperado, nada cinematográfico. Pero acertó. Harrison gritó, la pistola cayó al suelo y Ethan la pateó lejos.
Los agentes entraron.
Todo terminó deprisa, como terminan las escenas que una ha temido durante años: no con música, sino con órdenes, esposas y olor a madera mojada.
Beatrice miró a María mientras la esposaban.
—No has ganado nada. Olivia no soportará la verdad.
—La verdad no la va a romper —dijo María—. La rompió usted escondiéndosela.
Ethan recogió la cinta de la chimenea. Estaba intacta.
María se permitió respirar.
Pero al llegar al hospital, Eleanor los recibió con la cara desencajada.
—Sophia está bien —dijo antes de que María pudiera gritar—. Pero ha venido una mujer preguntando por ella.
—¿Qué mujer?
Eleanor levantó una fotografía que alguien había dejado en recepción.
Era Olivia.
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Y en el reverso había escrito con letra temblorosa:
“Dile a la niña del conejo que recuerdo su canción.”