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Capítulo 12 - La mujer de la libreta

Capítulo 12 - La mujer de la libreta

La antigua biblioteca de East River olía exactamente como Sophia había dicho: a libros mojados.

También a moho, madera vieja y promesas abandonadas. El edificio llevaba cerrado desde una inundación hacía cinco años, pero alguien había forzado una puerta lateral y colocado una cadena nueva por dentro. Ethan llamó a su equipo de seguridad. María le pidió que esperara dos minutos.

—Dos minutos pueden ser mucho —dijo él.

—También pueden ser la diferencia entre encontrar a Nora o asustarla para siempre.

Ethan guardó el teléfono.

María no supo por qué ese gesto le importó tanto. Quizá porque los hombres de dinero estaban acostumbrados a resolverlo todo llamando a otros. Ethan empezaba a escuchar antes de mandar. Era poco. Era mucho.

Entraron por la puerta lateral. Sophia se había quedado en el coche con Eleanor y un escolta, para alivio de María, aunque la niña insistió en que Noodle “quería venir”. Esta vez María fue firme. Una madre no siempre puede evitar el peligro, pero sí puede dejar de invitarlo a sentarse.

La luz entraba rota por las ventanas altas. Estanterías hinchadas por la humedad formaban pasillos estrechos. En el centro de la sala infantil, sobre una alfombra desteñida con dibujos de animales, había una mujer sentada con una libreta sobre las rodillas.

Nora Whitman.

María la reconoció por una foto que Tomás le había mostrado. En persona parecía más joven y más cansada. Pelo castaño recogido sin cuidado, abrigo ancho, ojos de quien ya no distingue del todo la prudencia del miedo.

—No se acerquen —dijo Nora.

Ethan levantó las manos.

—No venimos de parte de Harrison.

—Eso diría Harrison.

María avanzó un paso.

—Yo soy María Delgado. Mi marido era Diego.

La expresión de Nora cambió.

—Lo siento.

Dos palabras. Sin adornos. Sin “era un buen hombre” de manual. María las agradeció.

—¿Usted encontró a Olivia? —preguntó.

Nora asintió.

—La encontré hace tres meses siguiendo pagos de la fundación a Larkspur. Intenté publicar la historia, pero mi editor recibió amenazas, mi apartamento fue registrado y una fuente de la policía me avisó de que había una orden preparada para detenerme por robo de documentos. Desaparecí antes de que me desaparecieran ellos.

Ethan apretó los puños.

—Tenemos la caja roja.

—No basta.

—Tenemos la cinta de Diego.

—Tampoco basta.

María sacó la carta.

—Diego habló de la cuenta del piano.

Nora cerró la libreta lentamente.

—Entonces sí estamos cerca.

Les explicó que “Piano Trust” era una red de cuentas usadas durante años para desviar dinero de donaciones infantiles hacia gastos privados, clínicas, sobornos y silencios. Richard Cole empezó a recopilar pruebas cuando descubrió que Beatrice no solo había ocultado a Olivia, sino que había convertido su cuidado en excusa para lavar dinero.

—Richard quería denunciarlo —dijo Nora—. Pero murió antes.

—Infarto —dijo Ethan con amargura.

Nora lo miró.

—La autopsia fue firmada por el doctor Malcolm Voss. El mismo que certificó que Olivia no podía declarar. El mismo que evaluó a Diego Delgado póstumamente como conductor “con probable consumo de alcohol”.

María sintió una oleada de rabia tan pura que la sostuvo en pie.

—¿Dónde está ese doctor?

—Retirado. Vive en Florida. Pero tenemos su firma. Y algo mejor.

Nora abrió la libreta y sacó una tarjeta de memoria pegada con cinta.

—Richard Cole grabó reuniones. Una de ellas menciona el traslado de Olivia, el accidente de Diego y los pagos a un juez. Pero la tarjeta está cifrada. La contraseña es una frase que no he logrado descifrar.

Ethan tomó la tarjeta.

—¿Qué pista dejó mi padre?

Nora le entregó una hoja.

Había una frase escrita a mano:

“La niña que pintaba soles sabe cómo se llama la lluvia.”

María pensó en Sophia de inmediato.

—Olivia —dijo.

—O Sophia —respondió Ethan.

—Sophia no sabe contraseñas.

—No. Pero sabe escuchar donde nosotros no escuchamos.

Un ruido metálico sonó en la planta superior.

Nora apagó la linterna.

—No estamos solos.

María notó el frío subiéndole por la espalda. Ethan hizo una llamada silenciosa a seguridad, compartiendo ubicación. Nora recogió sus papeles deprisa.

—Hay un túnel de servicio hacia el aparcamiento trasero.

Corrieron entre estanterías. María tropezó con una caja de libros hinchados. Ethan la sostuvo del brazo. No hubo tiempo para miradas ni agradecimientos. Arriba, pasos. Luego una voz masculina:

—Sé que estáis ahí.

Harrison.

Nora abrió una puerta baja detrás de la sección de cuentos. El túnel olía a barro. Salieron al aparcamiento trasero justo cuando el coche de Ethan arrancaba para acercarse.

Eleanor estaba al volante, más pálida que nunca.

—¡Sophia! —gritó María.

La puerta trasera se abrió.

Sophia estaba allí, bien, con Noodle en brazos.

Pero a su lado, en el asiento, había un sobre.

Eleanor sollozó.

—Lo dejaron mientras miraba la entrada. No vi a nadie.

María lo abrió con dedos torpes.

Dentro había una fotografía de Diego, tomada la noche del accidente, todavía vivo junto a su coche.

En el reverso:

“Última oportunidad. Entregad la tarjeta o la próxima foto será de la niña.”

María no se mareó. No lloró.

Miró a Ethan y dijo:

—Ahora sí vamos a quemarlo todo.

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Y Sophia, desde el asiento trasero, susurró:

—La lluvia se llama Clara.

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