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Capítulo 05 - La última llamada de Diego

Capítulo 05 - La última llamada de Diego

María no fue sola.

Eso fue lo primero que decidió aquella noche, mientras Sophia dormía en el asiento trasero del coche de Ethan con Noodle apretado bajo la barbilla. Durante años, María había sobrevivido obedeciendo: pague esto, firme aquello, no pregunte, no moleste, no llore delante de la niña. Pero el mensaje de Tomás Rivas tocó un lugar de ella que ya no aceptaba órdenes.

—Dijo que viniera sola —murmuró, mirando la pantalla rota.

—Y Harrison dijo que yo seguía vivo por no saber nada —respondió Ethan al volante—. Hoy no confío en las frases de nadie.

Había salido de la mansión sin limpiarse la cara. El sol amarillo seguía en su mejilla, más pálido, corrido por una lágrima que él no había admitido. María lo observó de reojo y sintió una ternura incómoda. No quería sentirla. La ternura hacia los hombres poderosos podía ser una trampa: una empieza disculpando heridas ajenas y acaba escondiendo las propias.

—Debería limpiarse —dijo.

—Sophia me pidió que no lo hiciera hasta mañana.

—Sophia pide muchas cosas.

—Esta me pareció razonable.

María miró por la ventanilla. Nashville pasaba húmeda y amarilla, con luces de bares reflejadas en los charcos, como si la ciudad también estuviera pintada con acuarelas cansadas.

Tomás Rivas los esperaba en el aparcamiento trasero de una lavandería abierta veinticuatro horas. Era un hombre menudo, con gorra de béisbol, barba de varios días y ojos de no haber dormido bien desde hacía años. María lo reconoció al bajar: había trabajado con Diego en la empresa de transporte.

—No tenías que traerlo —dijo Tomás, señalando a Ethan con la barbilla.

—Tampoco tú tenías que callarte dos años —contestó María.

La frase le salió antes de medirla. Tomás bajó la mirada.

—Tu marido me hizo prometer que si le pasaba algo no me acercaría a ti hasta estar seguro.

—¿Seguro de qué?

Tomás sacó un pendrive del bolsillo.

—De que Harrison no me encontraba primero.

Ethan se tensó.

—¿Harrison Cole?

—El mismo. Aunque tu madre tampoco sale limpia, si quieres mi opinión.

Entraron en la lavandería. El calor de las secadoras les envolvió con olor a detergente barato. María dejó a Sophia dormida en una silla de plástico, envuelta en su abrigo rosa. Ethan se quedó junto a la puerta, vigilando la calle.

Tomás conectó el pendrive a un portátil viejo. Tardó una eternidad en abrir una carpeta llamada “DIEGO”. María no pudo apartar la mirada del nombre. Durante dos años, Diego había sido una tumba, una caja de facturas, un olor que desaparecía de las camisas. De pronto volvía como archivo digital, reducido a letras en una pantalla.

—La llamada es de la noche del accidente —dijo Tomás—. Me la dejó en el buzón de voz. Yo estaba conduciendo y no la escuché hasta la mañana siguiente. Para entonces ya estaba muerto.

Pulsó reproducir.

La voz de Diego llenó la lavandería con un temblor de carretera.

“Tomás, escucha. Si no llego, dile a María que no fue culpa mía. Llevo documentos de la fundación Cole. Harrison está moviendo dinero a una clínica privada donde tuvieron escondida a una niña llamada Olivia. Olivia Cole. No murió. Repito: no murió. Richard Cole lo supo antes de fallecer. Vivienne lo tapó. Y ahora quieren cargarme a mí las transferencias. Hay una llave dentro del conejo de la niña. No sé cómo demonios llegó a la caja de donaciones, pero es la misma. Si me paran…”

La grabación se cortó con un golpe seco, luego lluvia, luego un ruido de frenos.

María se llevó una mano al pecho.

Nadie habló.

Ethan parecía de piedra.

—Vuelva a ponerlo —dijo.

Tomás obedeció. La voz de Diego regresó. “Hay una llave dentro del conejo de la niña”.

Sophia se removió en la silla, pero no despertó.

—¿Qué conejo? —preguntó María.

Tomás tragó saliva.

—Diego estuvo en un almacén de donaciones de la fundación dos días antes de morir. Me dijo que encontró una caja con pertenencias infantiles antiguas marcadas como material para destruir. Entre ellas estaba el conejo. Le pareció raro y se lo llevó. Luego… luego ya sabes.

María miró a Noodle, medio asomado bajo el brazo de Sophia. El juguete que su hija había elegido en un mercadillo no había llegado allí por casualidad. Diego lo había rescatado. De alguna manera, después de su muerte, el conejo había vuelto al circuito de donaciones hasta acabar en manos de Sophia.

—Mi marido intentó proteger la prueba —susurró.

—Y a ti —dijo Tomás—. Siempre quiso protegerte.

El dolor, cuando viene mezclado con orgullo, pesa el doble.

Ethan se acercó al portátil.

—¿Tiene los documentos?

Tomás negó.

—Diego llevaba una carpeta física. Desapareció del coche antes de que llegara la policía.

—Harrison —murmuró María.

—O alguien suyo.

Las luces de la lavandería parpadearon.

Ethan miró hacia la puerta. Un coche negro acababa de aparcar al otro lado de la calle con los faros apagados.

—Tenemos que irnos —dijo.

Tomás cerró el portátil deprisa.

—Yo no he venido aquí para que me maten ahora.

—Nadie va a…

Un disparo rompió el cristal de la puerta.

María no gritó. Se lanzó sobre Sophia por puro instinto, cubriéndola con el cuerpo. Ethan empujó a Tomás detrás de una lavadora industrial. Otro disparo hizo estallar una máquina de refrescos.

—¡Al suelo! —ordenó Ethan.

Sophia despertó llorando. María le tapó la boca contra su hombro para que el miedo no la delatara. Todo se volvió ruido: lluvia, alarmas, monedas cayendo, el pitido de una secadora terminada en medio del caos.

Ethan, agachado, sacó el móvil.

—Seguridad. Policía. Ahora.

Tomás le entregó el pendrive a María con manos temblorosas.

—Si salimos de esta, no me lo devuelvas. Si no salgo yo, llévalo a una periodista. Se llama Nora Whitman.

—¿Por qué no se lo diste antes?

—Porque Nora desapareció hace tres días.

María sintió que el mundo se abría bajo sus rodillas.

Ethan la miró.

—¿Quién es Nora Whitman?

Tomás respondió mientras otro cristal se rompía:

—La única persona que encontró a Olivia viva.

Y entonces, en la pantalla del teléfono de Ethan, apareció una llamada entrante sin nombre.

Él contestó en altavoz.

Una voz de mujer, débil y rota, dijo:

—Ethan… si estás escuchando esto, dile a mi hija que nunca debí dejarla en esa clínica.

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Ethan dejó de respirar.

Porque aquella voz era la de su madre.

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