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Capítulo 06 - La voz de Vivienne

Capítulo 06 - La voz de Vivienne

La policía llegó siete minutos después, pero a María le parecieron siete años.

Los agentes encontraron dos casquillos en la acera, cristales por todo el suelo y una lavandería llena de gente temblando entre cestas de ropa. Nadie vio al tirador. Nadie vio la matrícula. Nadie, como siempre, parecía haber visto lo suficiente cuando los culpables llevaban traje y apellido.

Sophia no soltó a María ni cuando una paramédica le ofreció una manta con ositos. La niña tenía el rostro hundido en el cuello de su madre y repetía, muy bajo:

—No quiero que Noodle sea malo.

—Noodle no es malo, cariño —le susurró María—. Los malos son los adultos que esconden cosas dentro de los juguetes.

Ethan estaba hablando con un detective junto a la puerta rota. Se había limpiado la sangre de un pequeño corte en la ceja, pero no la pintura. A la luz blanca de la ambulancia, el arcoíris de su nariz parecía una herida absurda y tierna.

Cuando terminó, volvió hacia María con el móvil en la mano.

—La llamada se cortó.

—¿Era su madre?

—Sí.

La respuesta fue un hilo.

Tomás, sentado sobre una lavadora, negó con la cabeza.

—No lo entiendo. Vivienne nunca confiesa nada que no pueda usar.

—¿Qué dijo exactamente? —preguntó María.

Ethan reprodujo la grabación que el teléfono había guardado automáticamente. La voz de Vivienne sonó entre interferencias:

“Ethan… si estás escuchando esto, dile a mi hija que nunca debí dejarla en esa clínica. Dile que Harrison me juró que estaría cuidada. Dile que Richard no sabía lo peor. Y no confíes en…”

Ahí se cortaba.

—¿No confíes en quién? —preguntó María.

—Eso es lo que Harrison quería que no oyéramos —dijo Ethan.

Tomás se frotó la cara.

—O lo que Vivienne quería que pensaras.

María lo miró.

—¿Cree que pudo preparar todo esto?

—Señora, con esa familia no creo nada. Yo solo sé que Diego murió después de acercarse a Olivia. Nora desapareció después de encontrarla. Y ahora nos disparan después de escuchar el nombre.

Sophia levantó la cabeza.

—La señora triste no está muerta.

Nadie habló.

María le acarició el pelo, intentando que su voz no temblara.

—¿Qué señora, mi amor?

—La del piano. Pero no se acuerda de su canción.

Ethan cerró los ojos.

—Olivia.

Un policía se acercó para pedirles declaración. Ethan respondió con precisión, pero María notó que una parte de él ya no estaba allí. La llamada de Vivienne lo había arrancado del presente y lo había dejado frente a una niña perdida que quizá seguía respirando en algún lugar.

A medianoche, Ethan insistió en llevarlas a un hotel seguro. María se negó al principio. Luego recordó los disparos, la pantalla rota, la forma en que Harrison había sostenido su teléfono, y aceptó. La dignidad no sirve de abrigo cuando tienes una hija dormida y alguien te está apuntando desde un coche sin luces.

El hotel no era ostentoso, pero tenía pasillos silenciosos y puertas que cerraban bien. Ethan pidió dos habitaciones comunicadas. María quiso protestar por el gasto.

—Se lo descontaré de mi sueldo si hace falta.

Ethan la miró como si la frase le doliera.

—María, después de lo que he oído esta noche, su sueldo es lo menos importante.

—Para usted.

Él aceptó el golpe sin defenderse.

—Tiene razón.

En la habitación, Sophia se durmió en cinco minutos, agotada. María se quedó sentada junto a la ventana, con el pendrive en la mano y Noodle en el regazo. La ciudad brillaba abajo, indiferente. Pensó en Diego, en su última llamada, en cómo había pronunciado su nombre sin poder despedirse de ella.

Al otro lado de la puerta comunicante, Ethan hablaba por teléfono en voz baja. María no quería escuchar. No era su costumbre pegar la oreja a los secretos ajenos. Pero cuando oyó su propio nombre, se quedó inmóvil.

—Quiero protección para María Delgado y su hija —dijo él—. Sí, permanente hasta nueva orden. Y busquen a Nora Whitman. Si está viva, la encontrarán antes que Harrison.

Pausa.

—No, no me importa el consejo de administración. Si Harrison movió dinero de la fundación y mi madre lo cubrió, voy a quemarlo todo.

María se apartó de la puerta.

Quemarlo todo.

Los ricos decían esas cosas como quien cambia de coche. Los pobres sabían que el fuego siempre alcanzaba primero las cortinas más baratas.

A la una y cuarto, llamaron a la puerta.

María se levantó sobresaltada. Ethan salió de la habitación contigua al mismo tiempo, móvil en mano.

—No abra.

—Servicio de habitaciones —dijo una voz femenina al otro lado.

—No hemos pedido nada —respondió Ethan.

Silencio.

Luego algo se deslizó bajo la puerta.

Un sobre blanco.

Ethan lo recogió con cuidado. Dentro había una fotografía Polaroid, reciente. Mostraba a una mujer de unos treinta años en una cama de hospital, mirando a la cámara con los ojos vacíos. Tenía el pelo oscuro, muy corto, y una cicatriz fina junto a la sien.

En el reverso, una frase escrita con rotulador negro:

“Olivia vive. Pero no le digas la verdad si quieres que siga respirando.”

María se tapó la boca.

Ethan miraba la imagen como si estuviera cayendo por dentro.

—Es ella —susurró.

—¿Está seguro?

Él asintió, pero sus ojos se clavaron en otro detalle. En la muñeca de la mujer de la foto había una pulsera tejida con colores infantiles: amarillo, azul, verde.

Los mismos colores que Sophia había usado en su cara.

En la cama, la niña se removió y abrió los ojos.

—Mamá —dijo medio dormida—, la señora del piano quiere agua.

Ethan dobló la fotografía con tanto cuidado que parecía tocar piel.

—Mañana vamos a encontrarla.

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Pero antes de que amaneciera, recibieron una noticia que cambió todos los planes.

Vivienne Cole había aparecido inconsciente en la fuente de la mansión, con una nota en la mano que decía: “Yo no fui la peor”.

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