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Capítulo 03 - El cuarto donde cantaba la lluvia

Capítulo 03 - El cuarto donde cantaba la lluvia

La puerta del ala oeste se abrió con un quejido largo, como si la madera protestara por haber guardado silencio demasiado tiempo.

María esperaba polvo, sábanas blancas sobre muebles, olor a cerrado. Lo que encontró fue peor: una habitación intacta.

No abandonada.

Conservada.

Las cortinas de flores estaban limpias. En la cama pequeña, una colcha bordada seguía estirada sin una arruga. Había libros infantiles ordenados por tamaño, un caballito de madera junto a la ventana y, sobre una mesa baja, una caja de acuarelas reseca. En la pared, docenas de dibujos pegados con cinta amarillenta mostraban soles torcidos, mariposas azules y arcoíris sobre narices humanas.

María miró el rostro de Ethan.

El mismo sol. La misma mariposa. El mismo arcoíris.

Sophia no había inventado nada. O, si lo había hecho, había inventado algo que ya existía.

—No puede ser —murmuró la señora Baines detrás de ellos.

Vivienne no había entrado. Permanecía en el umbral, rígida, con los ojos clavados en su hijo.

Ethan se acercó a la pared y tocó un dibujo. Era de una niña, sin duda Olivia, pintando la cara de un niño más mayor sentado bajo un árbol. Abajo, con letras infantiles, alguien había escrito: “Ethan triste. Yo lo hago bonito”.

María sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Sophia dijo exactamente eso.

Ethan no respondió. Se había quedado mirando el papel como si acabara de recibir un golpe en el pecho.

Sophia, en cambio, caminó hacia la mesa baja y dejó a Noodle junto a la caja de acuarelas.

—Este era su sitio —dijo.

—¿Cómo lo sabes, cariño? —preguntó María, temblando.

La niña se encogió de hombros.

—Porque Noodle estaba solo.

Vivienne dio un paso dentro.

—Basta. Esta criatura está repitiendo cosas que ha oído.

—¿A quién? —preguntó Ethan, sin apartarse de la pared—. Nadie habla de Olivia en esta casa.

—Precisamente.

—Entonces explícamelo tú.

Vivienne alisó la manga de su abrigo. Era un gesto pequeño, pero María comprendió que aquella mujer necesitaba tocar algo perfecto para no desmoronarse.

—Tu hermana murió. Tú eras un niño. Tu padre estaba destrozado. Yo también. Cerramos esta habitación porque era la única manera de seguir respirando.

La señora Baines bajó la mirada.

—No fue así del todo —susurró.

Vivienne giró hacia ella con una lentitud helada.

—Cuidado, Eleanor.

María memorizó el nombre. Nadie llamaba Eleanor a la señora Baines. Era como descubrir que un mueble antiguo tenía un compartimento secreto.

Ethan también lo notó.

—¿Qué quieres decir?

La anciana tragó saliva.

—La noche de la tormenta, su padre no estaba en casa. La señora me ordenó decir que sí. Que él había llegado tarde, que usted estaba jugando con Olivia, que la niña salió al jardín…

—Eleanor —cortó Vivienne.

—Me he callado veinticuatro años —dijo la señora Baines, y por primera vez su voz sonó vieja de verdad—. Ya he enterrado demasiadas noches.

Ethan avanzó un paso.

—Sigue.

—Olivia no salió por el jardín. Yo la vi subir al coche con su madre.

El silencio que siguió no fue silencio. Fue una casa entera rompiéndose sin ruido.

María apretó a Sophia contra su costado. La niña no parecía asustada. Miraba a Vivienne con una seriedad extraña, impropia de sus años.

—¿Qué estás insinuando? —preguntó Vivienne.

—No insinuo nada —respondió Eleanor—. Estoy diciendo lo que vi.

Ethan se volvió hacia su madre. Tenía la cara manchada de colores infantiles y los ojos de un niño abandonado.

—Me dijiste que fue culpa mía.

Vivienne no negó. Ese fue el detalle que heló a María.

—Te dije lo que necesitabas creer para dejar de hacer preguntas.

Ethan retrocedió como si la frase lo hubiera empujado físicamente.

—Tenía siete años.

—Y eras incontrolable. Preguntabas, llorabas, despertabas a todo el personal. Tu padre se habría vuelto contra mí.

María sintió náuseas. No era solo una madre cruel. Era una mujer acostumbrada a reorganizar el dolor ajeno como si fueran muebles.

—¿Qué hizo con Olivia? —preguntó.

Vivienne la miró con odio.

—Usted no tiene derecho a hablar en esta habitación.

—Soy madre —dijo María—. Eso me da más derecho que muchos apellidos.

Sophia levantó la cara hacia ella, y María supo que esa frase se le quedaría grabada.

Ethan abrió un cajón del escritorio infantil. Dentro había cintas del pelo, pegatinas secas y una caja de música. Al levantarla, algo cayó al suelo: un sobre pequeño, amarillento, dirigido a mano.

“Para Ethan, cuando mamá deje de mentir.”

Vivienne se lanzó hacia él.

Ethan fue más rápido.

Tomó el sobre y lo guardó contra el pecho.

—No abras eso —dijo Vivienne.

Su voz ya no sonaba elegante. Sonaba desesperada.

—¿Por qué? —preguntó Ethan—. ¿También está muerto?

Eleanor empezó a llorar en silencio.

María vio que Sophia se agachaba junto a la cama y sacaba algo de debajo: una segunda caja, metálica, decorada con pegatinas de estrellas. La arrastró hacia su madre con esfuerzo.

—Aquí hay más secretos —dijo la niña.

Vivienne palideció.

Ethan abrió la caja metálica.

Dentro no había joyas ni juguetes.

Había una pulsera de hospital, una fotografía de una niña en una cama blanca y un recorte de periódico de hacía dieciocho años, doblado en cuatro.

Ethan desplegó el papel con manos temblorosas.

El titular decía: “Niña sin identificar ingresada en clínica privada tras accidente de tráfico”.

María no entendió al principio. Luego vio la fecha.

Seis años después de la supuesta muerte de Olivia.

Ethan levantó la vista hacia su madre.

—Estaba viva.

Vivienne dio un paso atrás.

Y en ese momento, desde el pasillo, sonó otra voz masculina:

—Yo que tú no seguiría leyendo, primo.

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Harrison Cole, el heredero que nadie había mencionado hasta entonces, acababa de llegar a la puerta con una sonrisa demasiado tranquila.

Y traía en la mano el teléfono de María.

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