Capítulo 07 - Yo no fui la peor

Capítulo 07 - Yo no fui la peor
Vivienne Cole sobrevivió.
Eso fue lo primero que dijo el médico cuando Ethan llegó al hospital, y lo dijo con esa neutralidad profesional que a María le pareció casi indecente. Como si la supervivencia de una mujer capaz de destruir a su propio hijo fuera un dato más en una carpeta.
Vivienne estaba en una habitación privada, conectada a monitores, con el maquillaje corrido y el cabello suelto sobre la almohada. Sin perlas, sin abrigo camel, sin esa armadura de perfección que la hacía parecer invencible, era más pequeña. Más vieja. Casi humana.
Casi.
—La encontraron en la fuente —explicó un agente—. Presenta hipotermia leve y sedación por benzodiacepinas. No sabemos si fue intento de suicidio, agresión o montaje.
—En mi familia suele ser montaje hasta que se demuestre lo contrario —dijo Ethan.
María, que había dejado a Sophia con una escolta femenina en la sala contigua del hospital, se quedó junto a la puerta. No sabía si debía estar allí. No era pariente. No era amiga. Ni siquiera era ya solo empleada. Era algo incómodo entre testigo, víctima y madre demasiado cansada para seguir pidiendo permiso.
Ethan entró.
Vivienne abrió los ojos al oír sus pasos.
—Hijo.
La palabra sonó frágil. María no quiso creerla.
—No uses eso ahora —dijo Ethan—. No antes de explicarme dónde está Olivia.
Vivienne cerró los ojos.
—Si lo digo, la matarán.
—¿Quién?
—La mujer que la tiene.
María sintió que se le erizaba la piel.
—¿Harrison? —preguntó Ethan.
Vivienne soltó una risa amarga.
—Harrison es ambicioso. Cruel. Torpe cuando se enfada. Pero no fue él quien empezó.
—Entonces, ¿quién?
La puerta se abrió antes de que respondiera.
Una mujer mayor entró sin llamar. Tendría unos setenta años, delgada, con el cabello blanco recogido y un bastón de empuñadura de plata. Vestía de negro, pero no como quien está de luto, sino como quien nunca ha necesitado otro color.
—Yo —dijo.
Ethan se volvió.
Vivienne palideció.
—Beatrice.
María reconoció el apellido antes de que nadie lo pronunciara. Beatrice Cole. Hermana de Richard, tía de Ethan, presidenta honoraria de media docena de organizaciones benéficas y mujer cuyo retrato colgaba en el vestíbulo de la mansión con una sonrisa que nunca llegaba a los ojos.
—Qué habitación tan desagradable —comentó Beatrice, mirando alrededor—. Los hospitales públicos tienen más alma. Pero supongo que una no elige el escenario de sus confesiones.
Ethan apretó la mandíbula.
—¿Dónde está mi hermana?
Beatrice lo miró con una tristeza fingida.
—Tu hermana está donde siempre debió estar: lejos de esta familia.
—Usted la secuestró —dijo María.
Beatrice giró hacia ella lentamente.
—¿Y usted es?
—La madre de la niña que encontró la llave.
—Ah. La casualidad con uniforme.
María no bajó la vista.
—Prefiero eso a ser una desgracia con bastón.
Vivienne soltó un sonido que pudo haber sido una tos o una risa. Ethan miró a María un segundo, sorprendido, y por primera vez desde que lo conocía, casi sonrió sin tristeza.
Beatrice no se inmutó.
—Olivia era una niña enferma. Inestable. Después del accidente, Richard quiso llevarla a casa, pero habría arruinado el trato con los inversores de la fundación. Una heredera Cole con daño neurológico, en silla de ruedas quizá, convertida en noticia. Yo tomé una decisión.
—Era una niña —dijo Ethan.
—Las familias como la nuestra no sobreviven a base de ternura.
Vivienne giró la cabeza hacia la pared.
—Me dijiste que estaría cuidada.
—Y lo estuvo. Pagamos una clínica magnífica.
—¿Pagamos? —Ethan dio un paso—. ¿Con dinero de la fundación infantil?
Beatrice levantó una ceja.
—El dinero fue a una niña. Técnicamente.
María sintió ganas de abofetearla. No lo hizo porque Sophia estaba cerca, aunque en otra habitación, y porque las mujeres pobres aprenden pronto que un gesto de rabia puede usarse contra ellas mientras una vida de crueldad elegante se llama carácter.
—Diego Delgado descubrió las transferencias —dijo Ethan.
Beatrice miró a María con una chispa de interés.
—Su marido era insistente.
—Mi marido era honrado.
—Eso suele ser lo mismo en hombres que acaban mal.
María avanzó un paso. Ethan se colocó apenas delante, no para frenarla, sino para acompañarla. Ese detalle le importó más de lo que quería admitir.
—¿Lo mandó matar? —preguntó Ethan.
Beatrice suspiró.
—No dramatices. Hubo un accidente. La carretera estaba mojada.
Vivienne cerró los ojos con fuerza.
—Beatrice.
—¿Qué? ¿Ahora vas a descubrir la conciencia? Tú dejaste que tu hijo se culpara de la muerte de su hermana durante veinticuatro años porque así era más cómodo.
La frase cayó sobre Vivienne como una manta mojada. Esta vez no se defendió.
Ethan estaba blanco.
—Dígame dónde está Olivia.
Beatrice sonrió.
—No.
—La policía está fuera.
—La policía necesita pruebas. Tú tienes fotos, cuentos de una niña y la grabación de un muerto, si es que esa grabación aparece intacta. Yo tengo abogados, médicos jubilados y una familia que todavía depende de que el apellido Cole no se hunda.
María pensó en el pendrive escondido en el dobladillo del abrigo de Sophia. No en su bolso. No en su habitación. En el dobladillo, cosido deprisa esa misma mañana con hilo rosa. Por primera vez en dos días, sintió una pequeña ventaja.
Beatrice se volvió para irse.
—Una recomendación, Ethan: limpia esa pintura. Te hace parecer débil.
—No —dijo Sophia desde la puerta.
Todos se giraron.
La niña había escapado de la escolta y estaba allí, con su abrigo rosa abierto y Noodle en brazos.
—Le hace parecer bueno —añadió.
Beatrice la miró como se mira una mosca antes de cerrarle la ventana.
—Qué criatura tan inoportuna.
Sophia no entendió el insulto. O tal vez sí, a su manera. Caminó hasta la cama de Vivienne y puso Noodle sobre la manta.
—La señora del piano dice que la mala guarda las canciones en una caja roja.
Vivienne abrió los ojos.
Beatrice dejó de caminar.
Ethan preguntó muy despacio:
—¿Qué caja roja?
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Por primera vez, Beatrice Cole perdió el color.
Y María comprendió que su hija acababa de nombrar el objeto que podía tumbar a toda la familia.