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Capítulo 08 - La primera esposa

Chapter 08 - Capítulo 08 - La primera esposa

La otra mujer se llamaba Maribel Fuentes.

El nombre no produjo en Olivia una explosión, sino un silencio. Algunas verdades son tan grandes que no entran de inmediato. Se quedan en la puerta, con el abrigo puesto, esperando a que una tenga fuerzas para invitarlas a destruirlo todo.

Maribel Fuentes. Treinta y nueve años. Nacida en Sevilla. Residencia en Miami. Firma al pie de un certificado de matrimonio emitido en Nevada. Fecha: sesenta y cuatro días antes de la boda de Olivia con Nathan.

—No puede ser válido —dijo Olivia, aunque ya sabía que sí podía.

Elena revisó el papel con una lupa pequeña que llevaba en el bolso como otras mujeres llevan perfume.

—Es una copia certificada. Necesitamos confirmación, pero si es auténtico… Nathan era bígamo cuando se casó contigo.

Lucía Rivas colocó una mano sobre la mesa.

—Gabriel lo descubrió tarde. Creyó que si te lo decía sin pruebas, Nathan lo usaría para pintarlo como un viejo enfermo.

Olivia miró la fotografía de su padre con Caleb. Había ternura en la postura de Gabriel, una mano arrugada apoyada en el hombro del niño. No parecía un hombre escondido por cobardía. Parecía un hombre esperando el momento exacto.

—¿Maribel está viva?

Elena ya estaba escribiendo.

—Voy a averiguarlo.

Caleb, sentado en una silla demasiado alta para sus piernas, habló sin levantar la voz.

—Ella tiene un perro blanco.

Todos lo miraron.

—¿Quién?

—La señora Maribel. Papá la llamó “la primera complicación”. La abuela Margaret dijo que los perros hacen ruido y que había que mudarla lejos.

Olivia sintió que el desayuno inexistente se le revolvía.

No era solo adulterio. No era solo dinero. Había gente movida como piezas de ajedrez, borrada de habitaciones, enviada lejos para que la vida de Nathan quedara presentable.

A media tarde encontraron a Maribel.

No fue difícil porque Maribel, a diferencia de Nathan, no se escondía detrás de abogados caros. Vivía en una casita de Coral Gables, trabajaba como restauradora de muebles y tenía, efectivamente, un perro blanco llamado Pancho. Contestó la videollamada con el pelo recogido y barniz en los dedos.

Cuando vio a Olivia, no preguntó quién era.

—Por fin —dijo.

La palabra no sonó hostil. Sonó cansada.

Olivia se sentó más recta.

—¿Usted sabía de mí?

Maribel miró hacia un lado. El perro ladró dos veces.

—Supe tarde. Nathan me dijo que el matrimonio estaba anulado por un error administrativo. Yo estaba embarazada entonces.

Olivia sintió un golpe bajo las costillas.

—¿Tuvo un hijo?

—Una niña. Murió al nacer.

La habitación entera pareció contener el aliento. Incluso Caleb bajó los ojos, como si entendiera que hay dolores que no se miran de frente sin permiso.

Maribel respiró hondo.

—Después de eso, Margaret vino a verme. Me dijo que Nathan necesitaba estabilidad, que yo era una etapa vergonzosa, que si reclamaba algo me hundirían con deudas médicas. Me dio dinero para desaparecer. Yo lo acepté. No porque no tuviera orgullo, señora Olivia, sino porque hay días en que una está tan vacía que firma cualquier cosa con tal de que la dejen dormir.

Olivia no juzgó. No podía. Las mujeres heridas reconocen el sonido de otra mujer intentando sobrevivir.

—Mi padre lo sabía.

—Su padre me encontró —dijo Maribel—. Fue el único hombre de esa familia que no me trató como un error. Me dijo que guardara todo. Yo guardé.

Elena se inclinó hacia la pantalla.

—Necesitamos su testimonio.

Maribel soltó una risa pequeña.

—Lo imaginaba. Por eso no tiré el vestido.

—¿Qué vestido?

—El que Margaret me obligó a ponerme para unas fotos de chantaje. Dijo que si algún día hablaba, haría creer que yo había seducido a Nathan por dinero. Hay fotos. Hay audios. Y hay algo más.

Olivia sintió que el aire volvía a tensarse.

Maribel miró a Caleb.

—Tu abuelo Gabriel me pidió que te diera un mensaje si alguna vez veía ese cuaderno.

Caleb se quedó inmóvil.

—¿A mí?

—Sí, cariño. Dijo: “Dile al niño que los números malos no lo hicieron malo a él”.

Caleb apretó los labios, luchando con una emoción demasiado grande para su cuerpo pequeño.

Maribel volvió a mirar a Olivia.

—Y dijo otra cosa. Que Nathan no podía tocar el Proyecto Olmo porque nunca le perteneció a usted sola.

—¿Entonces a quién?

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Maribel bajó la voz.

—A Caleb… y a una niña que la familia Whitaker hizo desaparecer de los papeles.

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