Capítulo 03 - La dirección de Madrid

Chapter 03 - Capítulo 03 - La dirección de Madrid
Olivia no había pronunciado el nombre de su padre en la mansión Whitaker desde hacía años.
No porque no lo amara. Lo amaba en esos lugares donde el duelo no hace ruido: en la manera de doblar las servilletas, en el gusto por el pan ligeramente quemado, en la costumbre de dejar siempre una luz encendida en el pasillo cuando Caleb dormía. Su padre, Gabriel Ortega, había sido español de Granada, ingeniero de puentes y hombre de pocas promesas. “Lo que no puedas sostener con hechos, hija, no lo digas con la boca”, le repetía mientras arreglaba enchufes o revisaba cuentas en la mesa de fórmica del piso de Madrid.
Nathan lo había conocido solo dos veces y siempre había fingido admirarlo. Después de la muerte de Gabriel, había colocado una fotografía suya en el despacho, no por cariño, sino porque quedaba bien que un yerno millonario respetara al suegro inmigrante que había construido algo desde cero.
Olivia miró la dirección escrita en el recibo.
Calle de Don Ramón de la Cruz.
El pasado le subió a la garganta con olor a café con leche, persianas calientes y la voz de su padre diciendo que las grandes mentiras casi siempre entraban por una puerta pequeña.
—¿Qué tiene que ver mi padre con esto? —preguntó.
Nathan sonrió, pero esa vez la sonrisa no llegó a los ojos.
—Nada. Tu padre murió. Deja de buscar fantasmas.
Rosa hizo un gesto apenas visible hacia la puerta del servicio. Olivia entendió: no hables aquí. En esa casa las paredes tenían cámaras, asistentes inteligentes, micrófonos en lámparas que Nathan había mandado instalar “por seguridad”. Caleb también lo sabía. Por eso, antes de salir de la cocina, metió su cuaderno dentro de la mochila y no volvió a mirar a su padre.
En el garaje olía a goma caliente y gasolina cara. Olivia abrió la puerta trasera del coche, acomodó a Caleb y llamó a Elena Soria, su abogada. Elena era de esas mujeres que decían “buenos días” con la suavidad de quien trae malas noticias bien ordenadas. Habían sido compañeras en la universidad de Nueva York, cuando Olivia todavía soñaba con escribir ensayos sobre arquitectura urbana y no con defenderse de un hombre que había confundido matrimonio con adquisición.
—Dime que no has firmado —fue lo primero que dijo Elena.
—No he firmado.
—Bien. Entonces respira.
Olivia miró por el retrovisor. Nathan estaba en la puerta interior del garaje, hablando por teléfono con una mano en la cintura. Vanessa permanecía detrás, pálida, sin tocar ya los billetes.
—Caleb tiene un cuaderno —dijo Olivia—. Nathan mencionó un Proyecto Olmo. Rosa guardó recibos. Hay una dirección del antiguo piso de mi padre en Madrid.
Al otro lado de la línea no hubo respuesta inmediata.
—Elena.
—Estoy aquí —dijo la abogada—. Olivia, necesito que salgas de esa propiedad ahora. No vuelvas a entrar sin testigos.
—¿Por qué?
—Porque hace tres meses alguien pidió una copia certificada del último poder notarial de tu padre.
La mano de Olivia resbaló sobre el volante.
—Eso es imposible.
—Lo pidió una empresa pantalla vinculada a Whitaker Holdings. Yo lo bloqueé porque tu firma no coincidía con la muestra original.
Olivia cerró los ojos un segundo. La muestra original. La firma de su padre. El piso de Madrid. Proyecto Olmo.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque tú me pediste discreción mientras preparabas la separación. Y porque todavía no sabía quién estaba detrás. Ahora lo sabemos.
Caleb habló desde el asiento trasero.
—Mamá, en el cuaderno hay una página que dice “firma vieja”.
Olivia se giró hacia él con cuidado.
—¿Qué página?
Caleb abrió la mochila sin sacar del todo el cuaderno. Sus dedos pasaron las hojas con la prudencia de alguien que maneja algo vivo.
—Esta. Papá dijo: “si la firma vieja pasa, el chico no hereda nada”.
Elena lo oyó. Olivia lo supo por el modo en que su respiración cambió.
—Olivia —dijo la abogada—, quiero que escuches esto con calma. Tu padre no solo dejó dinero.
—¿Qué dejó?
Nathan golpeó la ventanilla del coche con los nudillos.
Olivia no bajó el cristal.
Elena habló más bajo.
—Dejó una participación oculta en Sterling Horizon y una cláusula de protección para Caleb. Si Nathan logra invalidarla, puede mover casi todo el patrimonio familiar antes del divorcio.
Olivia sintió que la casa, el vestíbulo, los billetes y hasta el vestido burdeos de Vanessa se encajaban en una figura nueva.
No era un divorcio.
Era un robo planeado con flores frescas en la entrada y un niño como obstáculo.
Nathan volvió a golpear la ventanilla.
—Abre, Olivia.
Caleb, desde atrás, susurró:
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—Mamá, él no sabe que copié el número del notario.
Y antes de que Olivia pudiera responder, su teléfono recibió una llamada internacional desde Madrid.