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Capítulo 10 - La cafetería de Lavapiés

Chapter 10 - Capítulo 10 - La cafetería de Lavapiés

Madrid despertaba distinto en los recuerdos de Olivia que en las noticias.

Para ella no era postal ni palacio ni museo. Era el sonido de una persiana subiendo a las ocho, el olor a pan caliente en una esquina de barrio, el roce de las bolsas de la compra contra las piernas de las señoras que volvían del mercado hablando de tomates como si discutieran política internacional. Era su padre comprando naranjas, ella quejándose del calor, una radio vieja narrando partidos que nadie miraba del todo.

Volver no estaba en los planes.

Pero tres días después del vestíbulo lleno de billetes, Olivia aterrizó en Madrid con Caleb, Elena y un permiso judicial temporal que impedía a Nathan acercarse a ellos. Nathan había intentado bloquear el viaje, por supuesto. Alegó inestabilidad emocional, manipulación del menor, fuga. El juez, al revisar las primeras pruebas del cuaderno negro, le había pedido a su abogado que no confundiera pánico con argumento.

Aun así, Olivia no se sintió victoriosa. Se sintió cansada, alerta, viva en el modo en que una se siente viva cuando deja de dormir profundo.

Lavapiés los recibió con paredes de colores, balcones llenos de ropa tendida y una mezcla de idiomas que a Caleb le hizo abrir los ojos.

—Aquí las casas hablan mucho —dijo.

Olivia sonrió por primera vez en días.

—Sí. Y algunas dicen la verdad.

La Media Luna tenía la persiana bajada hasta la mitad. En el cristal, detrás del polvo, quedaban pegatinas viejas, un horario escrito a mano y una maceta seca. La nota de “Cerrado por duelo” seguía allí, pero la cinta estaba nueva.

Elena llamó a la puerta metálica. Nadie respondió.

Una vecina del portal de al lado, con bata azul y una bolsa de pan colgando del brazo, los observó sin disimulo.

—Si vienen por Alba, llegan tarde —dijo.

Olivia sintió que el aire se le detenía.

—¿Qué le pasó?

La mujer los midió. Sus ojos se quedaron en Caleb y se ablandaron apenas.

—¿Familia?

—Sí —respondió Olivia, aunque todavía no sabía qué significaba esa palabra en aquel caso.

La vecina suspiró.

—Alba no ha muerto, si eso preguntan. Pero alguien quiso que pareciera. Se fue anoche con una maleta y un miedo que no le cabía en la cara. Antes me dejó esto.

Sacó del bolsillo una llave pequeña atada a una cinta roja.

—Dijo que si venía una mujer rubia con ojos de haber llorado por dentro, se la diera.

Olivia, que no era rubia, miró a Elena. Elena, morena, también negó. Entonces la vecina señaló a Caleb.

—Y un niño que contara las baldosas.

Caleb bajó la vista al suelo. Había contado dieciocho desde la esquina hasta la cafetería.

Entraron agachándose bajo la persiana.

La Media Luna olía a café antiguo, azúcar, madera húmeda. Había sillas subidas sobre mesas, una vitrina vacía y fotografías clavadas detrás de la barra. En una de ellas aparecía Alba junto a Gabriel Ortega, ambos con delantales, sonriendo como sonríe la gente que ha encontrado tarde pero de verdad.

Olivia tocó la foto con dos dedos.

—Papá.

Caleb recorrió la cafetería sin tocar nada. Se detuvo frente a una pared cubierta de azulejos blancos con una media luna azul en el centro.

—La luna de mi cuaderno.

Elena levantó el azulejo con cuidado. Detrás había un hueco. Dentro, una pequeña caja de madera.

No contenía dinero.

Contenía una carta de Alba.

“Olivia: si estás leyendo esto, Gabriel no se equivocó contigo. Me ofrecieron vender mi parte de Olmo. Me negué. Entonces me enviaron una amenaza con el nombre de tu hijo. No sé si puedo confiar en nadie, pero Gabriel decía que tú eras de las que no confunden prudencia con cobardía. Busca a Mendoza. Él no trabaja para Nathan. Trabaja para Margaret desde antes de que Nathan supiera firmar.”

Elena leyó la última frase dos veces.

—Esto cambia todo.

Olivia miró a Caleb. El niño estaba mirando una taza rota detrás de la barra.

—Mamá.

—¿Qué pasa?

Caleb señaló el borde interior de la taza.

Había un papel diminuto enrollado dentro.

Olivia lo sacó. Solo tenía una dirección y una hora.

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“Templo de Debod. Puesta de sol. No lleves a nadie que lleve perlas.”

Margaret Whitaker siempre llevaba perlas.

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