Capítulo 04 - El notario que no había muerto

Chapter 04 - Capítulo 04 - El notario que no había muerto
El número empezaba con +34, y a Olivia le tembló una parte del cuerpo que creía educada para no temblar.
Durante un instante volvió a ser la chica de veintiún años que corría por la calle Goya bajo una lluvia fina, con una carpeta universitaria contra el pecho y su padre esperándola en una cafetería de mesas de mármol. La camarera siempre les dejaba dos churros de más porque Gabriel arreglaba la puerta del local sin cobrar. “El mundo se sostiene por gente que hace bien lo pequeño”, decía él, limpiándose azúcar de los dedos.
Olivia contestó la llamada sin quitar la vista de Nathan, que seguía frente al coche con la paciencia peligrosa de los hombres acostumbrados a que una puerta se abra tarde o temprano.
—¿Señora Whitaker? —preguntó una voz masculina, ronca, con acento de Madrid.
—Antes Ortega —respondió ella sin pensar.
El hombre guardó silencio un segundo.
—Su padre me dijo que, si alguna vez contestaba así, yo debía confiar en usted.
Olivia sintió que la garganta se le cerraba.
—¿Quién habla?
—Julián Cárdenas. Fui notario de Gabriel Ortega. Oficialmente estoy jubilado. Para algunas personas, incluso muerto.
Caleb se inclinó hacia delante, atento. En sus ojos no había curiosidad infantil, sino esa concentración silenciosa con la que seguía las sumas difíciles.
Elena, todavía en la otra línea mediante llamada combinada, habló de inmediato.
—Señor Cárdenas, soy Elena Soria, abogada de Olivia. Necesitamos verificar su identidad.
—Naturalmente —respondió él—. Pero no por teléfono. La carpeta de Gabriel tenía una condición. Si Nathan Whitaker intentaba expulsar a Olivia de su matrimonio usando dinero, debía abrirse el sobre azul.
Olivia miró los billetes tirados más allá del cristal del garaje.
El sobre azul.
Su padre siempre había usado carpetas de colores: rojo para urgencias, verde para impuestos, amarillo para garantías. Azul era la carpeta de lo que debía leerse despacio.
—¿Dónde está? —preguntó.
—No en Madrid —dijo Cárdenas—. Su padre no era tan ingenuo. Está en manos de una mujer que usted conoce, aunque tal vez ella haya cambiado de apellido.
Nathan abrió la puerta del lado del conductor sin permiso. Olivia había olvidado bloquearla.
—Baja del coche —dijo.
Caleb se encogió. Olivia levantó una mano para calmarlo, pero su mirada no se apartó de Nathan.
—Estoy hablando con mi abogado.
—Tú no tienes nada que hablar con nadie hasta que firmes.
La frase fue exacta. Demasiado exacta. Como si Nathan ya hubiera vivido ese momento en su cabeza muchas veces.
Del teléfono salió la voz de Julián Cárdenas, serena:
—Señor Whitaker, le recomiendo no tocar a la señora Ortega ni al menor.
Nathan parpadeó.
—¿Quién demonios es usted?
—El hombre que autenticó la firma que usted intentó falsificar.
Por primera vez en la mañana, Nathan no encontró una frase a la altura de su traje.
Olivia aprovechó ese hueco. Cerró la puerta, activó el seguro y arrancó el coche. El motor sonó bajo, elegante, casi indiferente. Al salir del garaje, las ruedas pasaron junto a los billetes dispersos. Ninguno valía ya lo que había valido diez minutos antes.
Condujo hasta la calle arbolada sin mirar atrás. Beverly Hills estaba ridículamente hermosa: buganvillas, jardines recién regados, mujeres con ropa deportiva carísima llevando vasos de café verde. Olivia pensó que el escándalo también podía ocurrir bajo un cielo perfecto. A veces ocurría mejor así, porque nadie sospechaba del dolor en los barrios donde las casas olían a jazmín y a seguridad privada.
—Mamá —dijo Caleb—, ¿vamos con el juez?
—Primero vamos a un lugar seguro.
—¿Rosa viene?
La pregunta la golpeó con una ternura inesperada. Caleb no preguntaba por juguetes, ni por ropa, ni por la habitación con estanterías de roble que Nathan había mandado decorar sin consultarlo. Preguntaba por Rosa. Por la mujer que le cortaba la fruta en estrellas cuando tenía miedo de los lunes.
Olivia llamó a Rosa. No contestó.
Volvió a llamar.
Nada.
A la tercera, el teléfono de Rosa envió un mensaje de voz de apenas tres segundos. No era una frase. Era un ruido: una respiración agitada, el golpe de algo contra madera y, al fondo, la voz de Vanessa diciendo:
—Si Olivia quiere sus recibos, que venga sola.
Elena oyó el mensaje.
—Olivia, no vuelvas.
Pero Olivia ya había detenido el coche junto a la acera, con las manos apretadas al volante y el cuaderno negro de Caleb en el asiento del copiloto.
Entonces el niño señaló la última página.
—Mamá, Vanessa no es la jefa.
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Olivia bajó la vista.
En la esquina del papel, Caleb había dibujado un nombre con letras torcidas: “Abuela Whitaker”.