Capítulo 04 - El notario muerto

Chapter 04 - Capítulo 04 - El notario muerto
La fecha de la fotografía no podía ser un error.
Aparecía impresa en el reverso por el laboratorio del hospital y coincidía con el brazalete visible en la muñeca de Marian.
Samuel Ortega había muerto el 8 de octubre.
La fotografía era del 12.
—Puede ser otro hombre —dijo Grant.
Evelyn amplió la imagen en el teléfono.
El reflejo mostraba parte del rostro, una cicatriz junto a la ceja y el anillo cuadrado que Samuel llevaba en actos oficiales.
—Es él.
Sonia pidió una copia forense.
Grant sostuvo la fotografía con ambas manos.
—¿Cómo puede estar muerto y aparecer cuatro días después?
—O la fecha de su muerte es falsa —respondió Evelyn—. O alguien utilizó su identidad.
Samuel murió oficialmente por un infarto en su apartamento. No hubo autopsia. El certificado lo firmó el doctor Martin Keane, médico privado de los Mercer durante veinte años.
El mismo médico que atendió a Marian.
Evelyn recordó que Keane había insistido en limitar las visitas durante los últimos días.
—Tenemos que hablar con él.
—Se jubiló —dijo Grant—. Vive en Florida.
Sonia encontró una dirección y solicitó una entrevista remota. Keane aceptó con la condición de que no se grabara.
—Entonces no será útil —dijo Evelyn.
—Puede orientarnos —respondió Sonia—. Después decidiremos si pedimos una declaración formal.
La videollamada se realizó esa tarde.
Martin Keane tenía setenta y ocho años, la piel tostada y una voz todavía firme. Al ver la fotografía, guardó silencio.
—Ese hombre no es Samuel.
—¿Quién es? —preguntó Evelyn.
—Su hermano gemelo.
Nadie en la familia conocía la existencia de un gemelo.
Keane explicó que Samuel y Tomás Ortega crecieron separados después del divorcio de sus padres. Tomás trabajó como empleado administrativo, tuvo problemas de juego y perdió su licencia de gestor.
—Celeste lo conocía —dijo.
—¿Cómo?
—Ella lo contrató para revisar archivos antes de la muerte de Marian.
—¿Firmó la revocación?
Keane miró hacia un lado.
—No puedo saberlo.
—Usted certificó la muerte de Samuel.
—Sí.
—¿Vio el cuerpo?
Keane tardó demasiado.
—El hospital recibió la notificación.
—¿Vio el cuerpo?
—No.
Evelyn sintió que cada capa de respetabilidad familiar descansaba sobre otra persona que había firmado algo sin mirar.
—¿Marian estaba lúcida el 12 de octubre?
Keane respiró.
—Tenía periodos de confusión por la medicación, pero podía comprender decisiones.
—¿Podía firmar?
—Sí, con testigos adecuados.
—¿Firmó una revocación?
Keane cerró los ojos.
—No delante de mí.
La llamada terminó cuando Sonia mencionó una citación.
Keane dijo que su salud no soportaría un proceso.
—La salud de mi madre tampoco soportó lo que hicieron —respondió Evelyn.
Después, Grant recibió una llamada de Celeste.
No contestó.
—¿Por qué me das esto? —preguntó Evelyn.
—Porque quiero saber qué hizo.
—¿Y si saberlo te cuesta la presidencia?
Grant miró el suelo.
—Hasta ayer creía que ser presidente demostraría que yo valía más que tú.
La sinceridad era fea, pero útil.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que mamá me preparó para ocupar una silla mientras ella seguía decidiendo.
Evelyn observó a su hermano.
Había disfrutado de privilegios. Había repetido insultos. Había usado su cercanía con Richard y Celeste para apartarla.
También era un hombre al que habían enseñado que el amor familiar dependía de obedecer.
Eso no lo absolvería.
Pero explicaba por qué la verdad le resultaba tan nueva.
Sonia consiguió localizar a Tomás Ortega. Vivía bajo otro nombre en un centro asistido de Nevada.
Aceptó declarar a cambio de protección.
Contó que Celeste le pagó para hacerse pasar por Samuel en dos reuniones. Le entregó sellos, documentos y fotografías de firmas.
—¿Firmó la revocación de Marian? —preguntó Sonia.
—Sí.
—¿Marian estuvo presente?
—No.
Richard se encontraba en la habitación, añadió Tomás. Celeste le dijo que Marian había dado consentimiento verbal y que necesitaban formalizarlo antes de que la enfermedad avanzara.
—¿Richard sabía que usted no era Samuel?
Tomás miró a la cámara.
—Me llamó Tomás una vez.
Evelyn sintió un golpe frío.
Su padre sabía.
Quizá no desde el principio.
Pero supo lo suficiente.
—¿Qué recibió a cambio? —preguntó.
—Celeste pagó mis deudas. Richard firmó una carta diciendo que yo había actuado de buena fe.
Sonia pidió la carta.
Tomás la había guardado.
La firma de Richard era auténtica.
Cuando lo confrontaron, Richard no negó reconocer a Tomás.
—Samuel había muerto —dijo—. La operación de Marian necesitaba continuidad.
—No era una operación —respondió Evelyn—. Era robarme la herencia y borrar a cientos de trabajadoras.
—La empresa habría colapsado.
—Eso te dijiste.
Richard se levantó de su escritorio.
—Tú eras una adolescente. Grant era un niño. Había tres mil empleados. Marian se moría y Celeste me aseguró que el fideicomiso nos impediría conseguir crédito.
—Entonces elegiste la empresa.
—Elegí a todos.
—No. Elegiste seguir siendo el hombre que decidía.
Richard miró la fotografía de Marian.
Por primera vez, no pareció enfadado. Pareció viejo.
—Creí que podría corregirlo después.
Evelyn pensó en Lydia.
En Grant.
En Keane.
En todos los que habían aplazado la verdad hasta que el silencio se convirtió en estructura.
—¿Y cuándo era después?
Richard no respondió.
El teléfono de Sonia sonó.
Una de las auditoras había encontrado transferencias recientes desde Voss Capital a una cuenta personal.
La titular era Celeste.
El dinero no correspondía a una comisión por la venta.
Era un pago de cuarenta millones, liberable solo si Richard perdía el control del consejo después de la operación.
Celeste no intentaba salvar el legado Mercer.
Intentaba provocar una caída, cobrar por ella y colocar a Grant como rostro culpable.
Pero cuando Evelyn fue a buscarla, encontró el despacho vacío.
Sobre la mesa había una nota.
«Marian no creó el fideicomiso para ti. Lo creó porque sabía que no eras hija de Richard».
Evelyn leyó la frase una vez.
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Después otra.
Y comprendió que Celeste aún conservaba un arma diseñada para destruirla desde dentro.