Capítulo 02 - La carta de Marian

Chapter 02 - Capítulo 02 - La carta de Marian
Richard leyó la carta tres veces.
La primera con rabia.
La segunda con miedo.
La tercera con la sensación de que Marian estaba sentada frente a él, observándolo con aquella paciencia severa que utilizaba cuando sabía que él iba a mentirse a sí mismo.
Celeste extendió la mano.
—Déjame verla.
Richard apartó el papel.
—¿Estabas en la habitación?
—¿Qué habitación?
—No juegues conmigo.
Grant cerró la puerta de la sala.
Afuera, la fiesta continuaba con música más baja. Los invitados no sabían aún que el anuncio de medianoche había sido cancelado. Algunos comenzaban a mirar sus teléfonos. La noticia del bloqueo ya circulaba entre banqueros y abogados.
Celeste respiró despacio.
—Estuve con Marian muchas veces durante su enfermedad. Era directora financiera. Firmaba documentos todos los días.
—La revocación.
—Richard, tu primera esposa tenía cáncer, tomaba medicación fuerte y cambiaba de opinión constantemente.
—Eso no responde.
—Sí, estaba allí cuando firmó.
Richard volvió a leer la frase.
«Celeste sabe quién alteró mis últimos documentos».
No decía quién firmó.
Decía quién alteró.
Grant se acercó a su madre.
—Dime que Evelyn está usando una carta falsa.
Celeste lo miró.
—Tu hermana lleva años obsesionada con convertir a Marian en una santa y a nosotros en ladrones.
—No te he preguntado eso.
Richard sintió una punzada amarga al escuchar a su hijo utilizar el mismo tono que Evelyn había empleado tantas veces con él.
El director financiero interrumpió.
—Necesito informar al consejo. Si la reclamación es válida, la venta no solo queda suspendida. Grant tampoco puede ser nombrado presidente.
Grant se volvió.
—¿Por qué?
—Los estatutos originales reservan el nombramiento a los titulares del setenta por ciento. Sin las acciones reclamadas, no alcanzamos el porcentaje.
Celeste cerró los ojos un instante.
Richard lo vio.
—Lo sabías.
—Sabía que existía un fideicomiso antiguo. También sabía que Marian lo revocó.
—¿Dónde está el original de la revocación?
—En el archivo corporativo.
—No. El archivo tiene una copia.
Celeste alzó la barbilla.
—Entonces pregúntale a Lydia. Ella custodiaba los originales antes de irse.
Richard tomó el teléfono y llamó a Evelyn.
No contestó.
Volvió a llamar.
Al cuarto intento, respondió Sonia Vidal.
—La señora Mercer no desea hablar esta noche.
—Soy su padre.
—Ese cargo no le concede acceso automático.
Richard apretó los dientes.
—Necesito saber dónde está Lydia Rowe.
—A salvo.
—La acusación que han presentado puede destruir la empresa.
—La empresa ya estaba en riesgo. Su hija ha evitado una venta que habría transferido activos mientras existían garantías duplicadas y deudas ocultas.
Grant miró a Celeste.
—¿Qué deudas?
Sonia continuó.
—Mañana a las nueve se entregará una copia completa al consejo. A las diez habrá una audiencia de emergencia. Le sugiero que abra los libros antes de culpar a Evelyn.
La llamada terminó.
Richard arrojó el teléfono sobre la mesa.
—¿Qué deudas, Celeste?
Ella se acercó a la ventana.
—La adquisición de Voss exigía financiación puente.
—Eso lo sé.
—Usamos dos hoteles como garantía.
—También lo sé.
—Y parte del fondo de pensiones como respaldo temporal.
El director financiero se puso de pie.
—Eso no fue aprobado.
Celeste se volvió con frialdad.
—Porque habría tardado semanas. Los fondos iban a regresar después de la venta.
Richard sintió un golpe en el estómago.
—¿Cuánto?
—Ciento ochenta millones.
Grant dejó la copa.
—Mamá.
—No dramatices. El acuerdo cubría la exposición.
—El acuerdo está bloqueado —dijo el director—. Si los bancos ejecutan, el fondo queda comprometido.
Richard comprendió entonces por qué Celeste había insistido tanto en cerrar antes del cumpleaños. No era una celebración. Era un plazo.
—Evelyn lo sabía —murmuró.
—Evelyn encontró algo —respondió Celeste—. No significa que entienda el negocio.
Grant comenzó a caminar.
—¿Y si el fideicomiso es real?
—No lo es.
—¿Y si lo es?
Celeste lo miró como una madre que reprende a un niño.
—Entonces tu hermana controla la votación y puede exigir una auditoría.
Richard recordó la caja en las manos de Evelyn. La cinta azul. La frase que ella había pronunciado antes de marcharse.
Deberías haberlo abierto.
A medianoche, la fiesta terminó sin anuncio. Los invitados salieron entre susurros. Celeste mantuvo la sonrisa hasta que se cerraron las puertas.
Evelyn llegó a casa de Lydia cerca de la una.
La vivienda estaba en un barrio tranquilo, lejos de las mansiones donde los Mercer celebraban sus victorias. Lydia abrió con la caja de plata bajo el brazo.
Tenía setenta y un años, cabello blanco y unos ojos verdes que Evelyn recordaba vagamente de la infancia.
—Te pegó —dijo al ver su mejilla.
Evelyn dejó el bolso.
—No es la primera vez que me humilla.
—No he preguntado por humillación.
Evelyn sostuvo su mirada.
—Es la primera vez que me golpea.
Lydia cerró la puerta.
—Entonces mañana no hablaremos solo de acciones.
Sobre la mesa había documentos ordenados en carpetas. Lydia había conservado copias de los primeros estatutos, correspondencia de Marian y registros del notario Samuel Ortega.
—¿Por qué esperaste tantos años? —preguntó Evelyn.
—Porque tu madre me pidió que no te entregara esto hasta que cumplieras treinta y dos o hasta que Richard intentara vender la empresa.
—Cumplí treinta y dos hace cuatro meses.
Lydia bajó los ojos.
—Lo sé.
—Entonces también llegaste tarde.
La mujer aceptó la acusación.
—Tenía miedo.
Evelyn soltó una risa cansada.
—Toda mi vida está llena de adultos que tenían miedo mientras yo pagaba las consecuencias.
Lydia colocó la caja sobre la mesa.
—Ábrela tú.
Evelyn retiró la cinta.
Dentro había una llave pequeña, la escritura original del fideicomiso, una fotografía de Marian en el primer hotel y una grabadora antigua.
También había un sobre cerrado con el nombre de Richard.
—La copia de la carta ya se entregó —dijo Lydia—. Pero el original contiene una página más.
Evelyn la sacó.
Marian describía cómo Celeste llevó a su habitación un documento de revocación. Ella se negó a firmarlo. Dos días después, Richard apareció con una copia supuestamente firmada.
«Le pedí que llamara al notario. Richard dijo que no quería convertir mis últimos días en una guerra».
Evelyn cerró los ojos.
Su padre no había falsificado el documento.
Había aceptado no comprobarlo.
Lydia encendió la grabadora.
La voz de Marian llenó la cocina.
—Si estás escuchando esto, Evelyn, quiero que sepas que Celeste no actuó sola.
Hubo un ruido de respiración.
—Grant era un niño. No lo culpes. La persona que entregó a Celeste muestras de mi firma fue Richard.
Evelyn se quedó inmóvil.
La grabación continuó.
—Tu padre creyó que eran para preparar tarjetas y cartas mientras yo estaba enferma. Quizá eso te parezca inocencia. A mí me pareció una forma de no querer saber.
Lydia detuvo el audio.
—Hay más.
—Ponlo.
—Evelyn…
—Ponlo.
La voz de Marian regresó.
—Y hay otra cosa. Las acciones del fondo de empleados no pertenecen a la empresa. Pertenecen a las mujeres que construyeron los primeros hoteles conmigo. Celeste intentará venderlas como si fueran capital familiar.
Evelyn miró la escritura.
Quince por ciento.
Cientos de millones.
—¿Quién administra el fondo?
Lydia respondió en voz baja.
—Yo.
Evelyn levantó la cabeza.
—Entonces tú también permitiste que lo usaran durante años.
Lydia apretó las manos.
—Sí.
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La aliada que había guardado la caja no era una testigo limpia.
Era otra persona que había decidido que esperar era menos peligroso que actuar.