Capítulo 14 - El poder en manos de Pike

Chapter 14 - Capítulo 14 - El poder en manos de Pike
Richard insistió en que no sabía que Adrian Pike estaba implicado.
La frase ya no sorprendió a nadie.
—Pike fue mi abogado durante veinticinco años —dijo—. El documento de transferencia se firmó antes de que desapareciera.
—¿Cuándo? —preguntó Sonia.
—La mañana del cumpleaños.
Evelyn sintió que la confesión pública de su padre acababa de cambiar de significado. Richard no había entregado el poder después de asumir culpa. Había activado un acuerdo preparado antes.
—¿Por qué le diste tus votos? —preguntó.
—Si la venta generaba una disputa familiar, necesitaba un tercero estable.
—Elegiste al abogado de Celeste.
—También era el mío.
—Ese es el problema.
Pike apareció a través de una videollamada desde un lugar no identificado. Negó estar fugado. Dijo que había viajado por motivos de seguridad y que ejercería el poder conforme a los intereses de Richard.
Su primera decisión fue convocar una votación para destituir a Evelyn como representante provisional.
Su segunda decisión fue reactivar negociaciones con Voss bajo un precio revisado.
Gabriel negó haberlo solicitado.
—No aceptaré una operación aprobada por Pike —dijo.
Sonia lo miró con cautela.
—Eso no impide que otro fondo la compre después.
Pike controlaba el veintinueve por ciento de Richard. Celeste conservaba un doce. Grant tenía seis. Gabriel podía influir sobre deuda y bancos. Evelyn representaba cuarenta y uno entre su participación disputada y el fondo.
La compañía estaba dividida en bloques capaces de bloquearse mutuamente.
—Marian diseñó esto para obligar a negociar —dijo Lydia.
—O para demostrar que una familia que no sabe confiar tampoco sabe compartir poder —respondió Evelyn.
La reunión de beneficiarias se celebró en el salón de empleados del primer hotel.
Acudieron casi trescientas personas en persona y cientos por conexión remota. Había antiguas camareras, cocineras jubiladas, hijos de recepcionistas fallecidas y empleadas actuales que nunca habían oído hablar del fondo hasta aquella semana.
Marta abrió la sesión.
—Durante años nos dijeron que la empresa era una familia. Ahora sabemos que la palabra se utilizaba para pedir sacrificios sin enseñar cuentas. Hoy no venimos a pedir cariño. Venimos a exigir derechos.
Evelyn presentó los documentos, el codicilo y las dos opciones.
Una mujer de setenta y cinco años levantó la mano.
—Si transfieres tus acciones al fondo, ¿seguirás dirigiendo?
—No automáticamente.
—¿Quieres hacerlo?
Evelyn pensó antes de responder.
—Quiero asegurarme de que la empresa no vuelva a utilizar a nadie como garantía secreta. No sé si eso significa ser presidenta.
Un empleado joven preguntó por los puestos de trabajo si Voss retiraba la financiación.
—Podrían ser necesarias ventas de activos —explicó Sonia—. Pero no se tocarán pensiones ni participaciones sin voto de beneficiarios.
Otra mujer habló desde la última fila.
—Mi madre limpió habitaciones aquí treinta y cuatro años. Murió creyendo que no había dejado nada. ¿Por qué debería confiar en otra Mercer?
Evelyn sostuvo su mirada.
—No debería confiar por mi apellido. Debería exigir documentos, auditorías y capacidad para destituirme si alguna vez ocupo un cargo.
Marta la observó con atención.
La reunión no terminó con aplausos unánimes. Terminó con preguntas, propuestas y una votación para crear un comité temporal elegido por beneficiarios.
Eso era más valioso.
Durante una pausa, una mujer se acercó a Evelyn.
Se llamaba Ana Ruiz y era hija de Rosa Ruiz, la contable original del primer hotel. Rosa había muerto quince años atrás en un incendio ocurrido en un almacén de archivos.
—Mi madre decía que alguien buscaba el libro verde —contó Ana.
Evelyn miró el registro fundacional.
—¿El que encontramos tras la placa?
—Sí. Lo escondió allí el día antes de morir.
Lydia se quedó inmóvil.
—Yo creía que Marian lo había guardado.
Ana negó.
Rosa descubrió que Richard preparaba una nueva historia corporativa para una salida a bolsa. Copió el libro y escondió el original. Al día siguiente, fue al almacén a recoger las copias.
El incendio se atribuyó a un cortocircuito.
—¿Cree que fue provocado? —preguntó Sonia.
—Mi madre me llamó quince minutos antes. Dijo que Adrian Pike había llegado y quería hablar.
Pike trabajaba para Richard desde entonces.
Ana conservaba el mensaje de voz.
En él se oía a Rosa decir:
—Si algo me pasa, el libro no está aquí. Dígale a Marian que lo puse detrás de su nombre.
Marian había muerto dos años antes.
Rosa hablaba como si siguiera viva.
—Tal vez se confundió —dijo Lydia.
Ana negó.
—Mi madre no se confundía con eso.
Después del incendio, Rosa recibió una llamada desde un número de Suiza. Ana contestó. Una mujer preguntó si el libro estaba a salvo.
—¿Reconoció la voz? —preguntó Evelyn.
—Años después escuché entrevistas antiguas. Era Marian.
El salón quedó en silencio.
La muerte de Marian, aceptada como centro de toda la historia, acababa de abrir una grieta.
Ana sacó una postal fechada un año después del funeral.
Llevaba una frase escrita con la letra de Marian:
«La caja de plata solo debe abrirse cuando Evelyn pueda elegir sin Richard».
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Marian podía haber sobrevivido a la fecha oficial de su muerte.
O alguien había continuado utilizando su voz y su letra mucho antes de que Celeste lo hiciera.