Capítulo 08 - La madre de Camila no estaba muerta

Chapter 08 - Capítulo 08 - La madre de Camila no estaba muerta
Gálvez había sido una presencia habitual en los almuerzos familiares. Llevaba regalos caros que nadie recordaba haber pedido y contaba anécdotas sobre la infancia de Octavio como si el acceso a los recuerdos demostrara lealtad.
Elena recordó que, cuando tenía dieciséis años, quiso leer una copia del testamento de Isabel. Gálvez le acarició la cabeza y dijo que las jóvenes no debían llenar sus mejores años con lenguaje jurídico.
Camila tenía otro recuerdo. A los dieciocho, el notario le pidió practicar su firma en varias hojas porque algún día tendría documentos importantes que firmar. Ella lo interpretó como una promesa de reconocimiento.
—Nos preparaba para utilizarnos de maneras distintas —dijo Camila.
Nuria revisó los archivos personales de Gálvez. Encontró calendarios donde las reuniones con mujeres de la familia aparecían anotadas como asuntos domésticos, mientras cualquier conversación con un hombre se registraba por su contenido financiero.
Aquella clasificación sencilla mostraba una parte del sistema: los documentos de las mujeres eran tratados como asuntos familiares hasta que resultaban útiles para mover dinero. Entonces aparecían sellos, notarios y urgencias.
El notario se llamaba Ernesto Gálvez.
Había trabajado cuarenta años para la familia Alcázar y conocía todos los documentos que convertían secretos privados en verdades legales. Certificó la muerte de Isabel, el fideicomiso, la tutela de Elena y el reconocimiento retirado de Camila.
La policía encontró en su caja fuerte una carpeta con una sola palabra: RETORNOS.
Dentro había certificados de defunción, fotografías y expedientes clínicos de siete mujeres declaradas muertas entre 1998 y 2024. Cuatro aparecían después con nombres diferentes en centros financiados por la Fundación.
La segunda fotografía pertenecía a Marta Ríos.
Camila dejó de respirar.
Su madre había muerto cuando ella tenía cuatro años, según la historia repetida por Beatriz: una infección pulmonar rápida, funeral íntimo y una niña demasiado pequeña para entrar en la habitación del hospital.
La imagen del expediente estaba fechada trece años después.
Marta aparecía en el jardín de una residencia de Segovia. Tenía el cabello corto, una manta sobre las piernas y la misma forma que Camila de inclinar la cabeza cuando miraba al sol.
—Quiero ir ahora —dijo Camila.
Nuria organizó el traslado con dos agentes y una psicóloga. Elena decidió acompañarla, aunque aún necesitaba la silla de ruedas para distancias largas.
—No tienes que hacerlo —dijo Camila.
—Lo sé.
—¿Por qué vienes?
Elena miró la fotografía de Marta.
—Porque sé lo que es despertar y descubrir que otros han contado tu vida mientras tú no podías hablar.
La residencia se llamaba Los Olmos. No pertenecía oficialmente a la Fundación, pero recibía pagos mensuales de una sociedad administrada por Ernesto Gálvez.
La directora afirmó que Marta se llamaba Teresa Luna y que había ingresado diecinueve años atrás tras sufrir daño neurológico severo. No tenía familia conocida. Beatriz la visitaba dos veces al año bajo el nombre de señora Blanco.
Camila tuvo que sentarse.
—Me dijo que mi madre había muerto entre sus brazos.
La psicóloga le recordó que Marta podía no reconocerla.
Camila respondió:
—Yo tampoco sé si voy a reconocerla a ella.
Marta estaba en una sala de costura. Levantó la vista cuando entraron.
Sus ojos se detuvieron primero en Elena y luego en Camila.
—Beatriz —dijo.
Camila retrocedió.
—No. Soy Camila.
Marta comenzó a temblar.
—La niña no puede verla. Octavio prometió.
La psicóloga se agachó a su lado.
—Camila es adulta. Está aquí porque quiere conocerla.
Marta miró el rostro de su hija durante un largo minuto.
Después levantó una mano y tocó el aire, sin llegar a rozarla.
—Te corté el pelo una vez —susurró—. Tu tía dijo que parecía de pobre.
Camila cayó de rodillas.
Elena apartó la vista para concederles una intimidad que ninguna de las dos sabía cómo usar.
Los recuerdos de Marta estaban fragmentados, pero conservaba escenas precisas. Beatriz le llevaba medicinas después de que Octavio rechazara reconocer a Camila. Una noche, Marta se desplomó. Despertó en una clínica y oyó a su hermana hablar con Gálvez sobre un certificado de muerte.
—¿Beatriz intentó matarla? —preguntó Nuria.
Marta negó.
—Quería que durmiera. Yo bebí más de lo que dijo.
Beatriz había añadido sedantes al vino para evitar que Marta acudiera a la prensa. La combinación provocó falta de oxígeno y daño cerebral. Al creer que Marta no recuperaría la capacidad de hablar, la declararon muerta y Beatriz asumió la tutela de Camila.
—¿Octavio sabía que estaba viva? —preguntó Elena.
Marta cerró los ojos.
—Vino una vez.
Camila dejó de llorar.
—¿Cuándo?
—Tú tenías… dientes nuevos. Siete años quizá.
Octavio vio a Marta en la residencia. Beatriz le dijo que no reconocía a nadie y que mostrarla a Camila destruiría a la niña. Él aceptó pagar el cuidado y no volvió.
—Otra puerta —murmuró Elena.
Camila se puso de pie.
—No voy a preguntarle por qué. Ya sé la respuesta.
Marta pidió ver el collar de Isabel. Cuando Camila le mostró una fotografía, la mujer señaló el cierre.
—Beatriz buscaba la llave. Gálvez tenía la copia.
El notario había ayudado a Isabel a diseñar el fideicomiso y luego vendió información a Beatriz. Al final de su vida intentó protegerse guardando pruebas.
—¿Por qué escribió que otra paciente debía regresar? —preguntó Nuria.
Marta respondió con una palabra:
—Paloma.
Paloma Sáenz había sido secretaria personal de Isabel y testigo de la auditoría original. Murió oficialmente en un incendio doméstico dieciséis años atrás.
En los archivos de Gálvez aparecía ingresada bajo otro nombre en una residencia de Toledo.
Pero cuando la policía llegó, la habitación estaba vacía.
La cama aún estaba caliente.
Sobre la almohada había un sobre dirigido a Elena.
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Dentro, Paloma había escrito:
«No confíes en la grabación de Ana hasta escuchar la parte que León cortó».