Capítulo 03 - La hija que nadie reconoció

Chapter 03 - Capítulo 03 - La hija que nadie reconoció
Octavio pidió que detuvieran la entrevista.
La inspectora Nuria Campos se negó.
—La señora Ríos es adulta y ha decidido declarar.
—Está alterada.
—Todos en este edificio están alterados. No es motivo para borrar una frase.
Camila miraba el suelo.
Elena sintió que el salón, la boda y la mujer enterrada se alejaban por un momento. Solo permanecía aquella palabra: padre.
Camila Ríos había crecido dentro de la casa Alcázar como sobrina de Beatriz. Su madre, Marta, era la hermana menor de Beatriz y murió cuando Camila tenía cuatro años. Octavio pagó colegios, vacaciones y estudios. Siempre lo presentó como un gesto de generosidad familiar.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó Elena.
Camila apretó los dedos sobre el vestido.
—Desde los diecisiete.
—¿Y yo?
—Nunca.
Octavio entró en la sala a pesar de las protestas.
—Elena, puedo explicarlo.
—Once años de diferencia entre nosotras. Una hermana viviendo en mi casa con otro nombre. Adelante.
Octavio se sentó como si de pronto tuviera veinte años más.
Había mantenido una relación con Marta durante una separación breve de Isabel, la madre de Elena. Cuando Marta quedó embarazada, Octavio volvió con su esposa. Beatriz aceptó criar a Camila como sobrina para proteger a su hermana del escándalo.
—Marta no quería dinero —dijo Octavio—. Quería que yo reconociera a la niña.
—Y no lo hiciste.
—Isabel estaba enferma.
Elena soltó una risa amarga.
—Siempre encuentras una mujer enferma cuando necesitas justificar una cobardía.
Camila levantó la vista.
—Beatriz prometió que me reconocerías cuando cumpliera treinta.
Elena miró el collar de esmeraldas.
—Y mientras tanto te preparó para ocupar mi lugar.
Camila negó.
—Yo no quería tu lugar.
—Llevas mi collar y estabas a punto de casarte con el hombre con quien yo iba a casarme.
Marcos fue conducido a la sala contigua. Oyó la frase a través de la puerta entreabierta.
Camila se quitó por fin las esmeraldas y las dejó sobre la mesa.
—Marcos y yo nos enamoramos después de tu funeral.
—¿Antes o después de visitarme sedada?
Camila cerró los ojos.
—Después.
Nuria tomó nota.
La inspectora pidió una prueba genética urgente entre Octavio y Camila. Ambos aceptaron. También solicitó una muestra independiente de Elena.
—No quiero que otra familia pague el laboratorio —dijo Elena.
Nuria escogió un centro forense público.
Mientras los técnicos trabajaban, la policía revisó la maleta de León. Entre los documentos había una copia del testamento de Isabel Alcázar.
Elena nunca lo había visto completo.
Su madre le dejó el cincuenta y uno por ciento de un fideicomiso que controlaba acciones de Grupo Alcázar y de la Fundación. La administración pasaría a Elena al cumplir treinta años o al casarse, lo que ocurriera primero.
Si Elena moría sin descendencia reconocida, el fideicomiso pasaría a la siguiente hija biológica de Octavio.
Elena levantó la mirada.
—Camila.
Camila palideció.
—Yo no conocía esa cláusula.
Beatriz estaba detrás del cristal, inmóvil.
—Ella sí —dijo León.
Mostró un correo enviado desde la oficina de Beatriz al abogado del fideicomiso tres meses antes del accidente. Preguntaba qué documentos serían necesarios para reconocer tardíamente a otra descendiente.
Octavio se llevó una mano al rostro.
—Beatriz sabía el contenido del testamento.
—Era tu esposa —respondió Elena—. Todo el mundo sabía algo menos yo.
Marcos pidió declarar.
Nuria lo hizo entrar.
Él miró a Elena con una emoción difícil de nombrar.
—Creí que estabas muerta.
—Durante casi un año, quizá.
—¿Qué significa eso?
León colocó sobre la mesa una copia de un correo anónimo enviado a Marcos seis semanas antes de la boda.
Contenía una fotografía de Elena en Santa Amalia y la frase: «La mujer con la que ibas a casarte sigue viva».
Marcos no tocó el papel.
Camila lo miró.
—¿Recibiste eso?
—Pensé que era una extorsión.
—No me lo contaste.
—El rostro estaba cubierto.
Elena se inclinó.
—¿Lo denunciaste?
Marcos guardó silencio.
—¿Fuiste a la clínica?
—Llamé al director.
—Salgado.
—Me aseguró que era una paciente con delirios y que varias familias famosas recibían mensajes parecidos.
—¿Y eso te bastó para casarte hoy?
Marcos apretó la mandíbula.
La boda activaba una fusión entre Legrand Energía y Grupo Alcázar. Si Elena aparecía viva antes de la firma, la operación quedaba congelada. Los bancos podían retirar financiación.
—Había miles de empleos en juego —dijo.
Elena lo observó largo rato.
—Siempre hay miles de personas detrás de las decisiones que os benefician.
Camila se levantó.
—¿Sabías que podía estar viva y aun así ibas a casarte conmigo?
Marcos no pudo responder.
La novia arrancó el anillo de su dedo y lo dejó junto a las esmeraldas.
—La boda ha terminado.
No fue una declaración de inocencia. Solo la primera decisión que tomó fuera del guion de Beatriz.
Durante la espera, Camila pidió agua y no pudo sostener el vaso. Elena recordó que de niñas —cuando todavía creía que Camila era solo la sobrina de Beatriz— le enseñó a montar en bicicleta en el jardín. Camila se cayó, se abrió la rodilla y Elena mintió a los adultos para evitar que le prohibieran seguir jugando.
El recuerdo no la volvió más compasiva de inmediato. La hizo más triste. El daño no había ocurrido entre desconocidas. Había crecido dentro de una relación real, hecha de veranos compartidos, cumpleaños y pequeñas lealtades que Beatriz convirtió después en competencia.
—¿Alguna vez me quisiste? —preguntó Camila.
Elena miró la venda de su mano.
—Sí.
Camila cerró los ojos.
—Eso lo empeora.
—No. Lo vuelve más verdadero. Querer a alguien no impide traicionarlo. Solo impide fingir que la traición no costó nada.
Nuria dejó que la conversación terminara antes de llamar al laboratorio. La inspectora sabía que un resultado genético podía nombrar un vínculo, pero no explicar lo que las personas habían hecho con él.
Los resultados preliminares llegaron al amanecer.
Elena era hija biológica de Octavio.
Camila también.
La inspectora Nuria abrió un segundo sobre.
Había una tercera coincidencia genética parcial en la base de datos familiar.
Otra mujer, registrada años atrás durante un tratamiento médico, compartía el mismo padre.
Su nombre era Ana Morales.
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La enfermera enterrada como Elena no era una desconocida.
Era otra hija de Octavio Alcázar.