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Capítulo 10 - El coche de Marcos

Chapter 10 - Capítulo 10 - El coche de Marcos

Camila fue informada del hallazgo mientras seguía bajo medidas cautelares. La noticia la enfrentó con una pregunta incómoda: si Marcos había protegido a Paloma, podía haber hecho algo correcto dentro de una cadena de encubrimientos.

—Quiero que sea completamente culpable —admitió a su terapeuta—. Sería más fácil separar lo que sentí por él de lo que hizo.

—¿Y si no lo es?

—Entonces tendré que aceptar que alguien puede salvar a una persona un día y destruir pruebas al siguiente.

La terapeuta le preguntó si esa complejidad cambiaba la responsabilidad.

—No —respondió Camila—. Cambia la forma en que dejo de contarme que fui engañada por un monstruo perfecto.

Cuando vio a Marcos en el juzgado, no le preguntó si alguna vez la amó. Le preguntó dónde estaba Paloma y por qué había guardado medicamentos.

Marcos pareció sorprendido por la ausencia de preguntas personales. Durante años, ambos habían utilizado las emociones para evitar hablar de acciones concretas. Camila empezaba a comprender que cerrar una relación no exigía resolver cada sentimiento. Exigía dejar de permitir que los sentimientos desviaran la investigación.

Marcos afirmó que el coche había sido robado.

La denuncia fue presentada dos horas después de que la policía solicitara las grabaciones de la residencia. En ella declaraba no haber usado el vehículo durante tres días, aunque una cámara de tráfico lo mostraba conduciendo la tarde anterior.

—¿Dónde estuvo? —preguntó Nuria.

—En casa de mi madre.

—Su madre vive en París.

—En una propiedad familiar.

—Deme la dirección.

Marcos pidió a su abogado.

Elena no asistió al interrogatorio. Había aprendido que conocer cada mentira en tiempo real no siempre ayudaba. A veces solo permitía que la persona que había mentido siguiera ocupando espacio dentro de su cabeza.

Helena le llevó un resumen.

La policía encontró en el garaje cajas de midazolam, antipsicóticos y etiquetas de Santa Amalia. Marcos aseguró que Ignacio las colocó allí para incriminarlo.

—¿Es posible? —preguntó Elena.

—Sí. También es posible que Marcos las guardara como seguro contra Beatriz.

Elena abrió la agenda de Ana.

Un símbolo azul aparecía junto al nombre de Marcos. En la última página había una nota: «M.L. visita a la paciente. Parece asustado, no sorprendido».

Marcos sabía más de lo que admitía.

Octavio fue suspendido de todas sus funciones por orden judicial. El consejo de Grupo Alcázar debía elegir una dirección provisional.

Varios miembros propusieron a Elena.

Ella se negó.

—Aún estoy recuperándome y no he revisado las cuentas. Nombrarme porque soy la heredera sería repetir la misma costumbre de confundir sangre con capacidad.

Pidió un comité independiente formado por empleados, especialistas externos y representantes de pacientes de la Fundación.

La prensa interpretó la decisión como debilidad.

Un periódico publicó que Elena sufría pérdidas de memoria y episodios paranoides. Citaba fuentes médicas anónimas y sugería que León la había convencido de asumir una identidad ajena.

La fotografía elegida mostraba su rostro vendado al entrar en la boda.

—Quieren que parezcas una aparición, no una persona —dijo Helena.

Elena pidió una conferencia de prensa.

Los médicos desaconsejaron el esfuerzo. Ella negoció veinte minutos, sentada, sin preguntas sobre detalles clínicos.

—No necesito demostrar que soy perfecta para demostrar que soy Elena Alcázar —declaró—. Tengo lesiones, lagunas de memoria y miedo. Nada de eso autoriza a otra persona a firmar por mí, sedarme o decidir qué patrimonio puedo controlar. Solicitaré una evaluación independiente y aceptaré sus límites. Lo que no aceptaré es que quienes manipularon mis informes utilicen ahora las consecuencias de ese daño como prueba de que tenían razón.

La declaración cambió el tono público.

Varias antiguas pacientes de Santa Amalia contactaron con la fiscalía.

Una de ellas afirmó haber visto a Paloma Sáenz en una finca de los Legrand años atrás.

La propiedad pertenecía a Alicia Legrand, madre de Marcos y miembro honorario de la Fundación Alcázar.

Nuria registró la finca.

Encontraron el coche desaparecido en un cobertizo. Dentro había restos de sedante, una manta de la residencia y una nota de Paloma.

«Marcos no me secuestró. Me sacó antes de que Beatriz pudiera hacerlo. Pero no confío en él y he escapado».

Marcos cambió su declaración.

Admitió que recibió una llamada de Paloma. Ella llevaba años reuniendo pruebas y temía que Gálvez hubiera entregado su ubicación antes de morir. Marcos la recogió y la llevó a la finca.

—¿Por qué no avisó a la policía? —preguntó Nuria.

—Paloma dijo que había agentes pagados por Ignacio.

—¿Y los medicamentos?

—Me los dio ella. Eran muestras de Santa Amalia.

Nuria no creyó todo, pero parte podía verificarse.

Paloma llamó a Elena desde un teléfono público.

—No puedo entregarme todavía —dijo—. Hay un documento que todos están buscando.

—¿Cuál?

—El consentimiento original de tu madre para la Fundación.

Isabel había creado una cláusula de disolución: si se demostraba que la Fundación utilizó clínicas para retener pacientes sin consentimiento, todos sus activos pasarían a una entidad administrada por víctimas y trabajadores sanitarios.

—¿Dónde está? —preguntó Elena.

—Ana lo encontró. Se lo dio a Marcos.

Elena cerró los ojos.

—Él dice que no.

—Entonces pregúntale qué quemó la noche antes de su boda.

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La policía revisó la chimenea de la casa de Marcos.

Entre las cenizas encontraron fragmentos de papel notarial y el sello de Isabel Alcázar.

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