Capítulo 08 - Nueve de la mañana

Chapter 08 - Capítulo 08 - Nueve de la mañana
A las nueve menos diez, Clara ya había preparado tres sillas, dos grabadoras y una jarra de agua. Inés llegó con Mateo de la mano y el pelo recogido de cualquier manera. No llevaba maquillaje. Su belleza aquella mañana no venía de arreglarse, sino de no esconderse.
Lucía, la amiga del apartamento, se quedó con Mateo en la sala de al lado. Le dio lápices de colores y una caja de galletas. Mateo preguntó si las galletas eran de quedarse o de visita. Lucía, que tenía dos hijos mayores y un divorcio a la espalda, entendió demasiado bien.
—De quedarse mientras hagan falta —respondió.
Camila llegó a las nueve y siete.
No llevaba tacones ni vestido. Llevaba vaqueros, una chaqueta negra y el rostro lavado de una mujer que ha envejecido diez años en una noche. En la mano traía el sobre de ADN y un bolso pequeño. Se quedó junto a la puerta hasta que Clara le indicó la silla.
Inés no la saludó.
Camila tampoco esperó saludo.
—Antes de empezar —dijo—, quiero decir que lo siento.
Inés la miró sin odio visible. Eso la hizo parecer más lejos.
—No empieces por lo que quieres que yo te dé. Empieza por lo que hiciste.
Camila tragó saliva.
Y habló.
Contó que su madre murió sin darle el apellido del padre. Contó que, al ordenar papeles viejos, encontró una pulsera de bebé con las iniciales A.M. y una carta sin enviar. Contó que buscó a Arturo Morell por necesidad, no por dinero. Y que Leonor la recibió con una sonrisa de hielo, no con rechazo.
—Me dijo que Arturo era débil, que jamás me reconocería si yo no demostraba lealtad.
—¿Lealtad a quién? —preguntó Clara.
—A ella.
Camila dejó el sobre sobre la mesa.
—Me pidió acercarme a Julián. Al principio solo era trabajo. Eventos, reuniones, cenas. Luego él empezó a escribirme. Yo debí parar.
Inés se mantuvo inmóvil.
—Sí —dijo—. Debiste.
Camila aceptó el golpe.
—Cuando Julián supo lo de Arturo, se asustó. Dijo que si salía, Leonor perdería el control de la familia y él perdería contratos. Me pidió que fingiera no saber nada hasta que el divorcio estuviera cerrado.
Clara anotó.
—¿Y el embarazo?
Camila bajó la cabeza.
—Fue idea de Leonor. Dijo que Inés firmaría antes si creía que había otro hijo.
Inés sintió una náusea seca.
Habían usado un niño inexistente para quitarle al suyo.
—¿Tienes pruebas?
Camila sacó un teléfono antiguo.
—Audios.
Clara conectó el dispositivo. La voz de Leonor llenó el despacho, nítida, casi elegante:
“Una madre cansada firma cualquier cosa si cree que ya no tiene lugar. Haz que vea la bata, la taza, el niño que podría venir. Que entienda que sobra.”
Inés cerró los ojos.
No lloró. Llorar habría sido regalarle a Leonor una escena.
Camila continuó.
—También hay algo de la empresa.
Clara levantó la vista.
—¿Qué empresa?
—Morell Servicios. Julián pidió préstamos usando como aval contratos de mantenimiento de comunidades que no existían. Algunas firmas son de Inés.
—Falsificadas —dijo Inés.
—Sí. Y una de Arturo.
La puerta de la sala de al lado se abrió apenas. Mateo apareció con una galleta en la mano.
—Mamá, Nono se ha roto más.
Inés se levantó enseguida. El oso se había abierto por la costura del vientre. Lucía, pálida, sostenía algo entre los dedos.
No era la medalla de San Antonio.
Era una tarjeta de memoria diminuta.
Clara la tomó con guantes improvisados de servilleta.
—¿Otra?
Inés recordó a su madre cosiendo el oso años atrás. Recordó sus manos, la lámpara encendida, la frase sobre las cosas reparadas.
Camila, desde la silla, susurró:
—Leonor buscaba ese oso ayer.
Todos la miraron.
—Cuando tú saliste con Mateo, ella gritó que encontraran “el muñeco”. Yo pensé que era por crueldad. Pero no.
Clara sostuvo la tarjeta como si pesara un kilo.
—¿Qué podría haber aquí?
Camila miró a Inés.
—Si tu madre conocía lo de Arturo, quizá grabó algo.
Inés acarició la cabeza de Mateo.
—Ve con Lucía, amor.
—¿Nono está enfermo?
—No. Nono acaba de acordarse de algo.
El niño aceptó la explicación con seriedad y volvió a la sala.
Clara insertó la tarjeta en un lector.
En la pantalla apareció un solo archivo de video.
Fecha: doce años atrás.
La imagen era oscura. Una cocina que Inés reconoció como la de su madre. Irene Valera estaba sentada frente a la cámara, más joven, pero ya enferma. A su lado, una taza azul intacta.
Irene miró directamente al objetivo.
“Si mi hija ve esto, significa que los Morell han venido a cobrar una deuda que nunca les perteneció.”
Inés se llevó una mano al pecho.
Entonces, fuera de plano, una voz masculina dijo:
“Diles lo de Julián, Irene. Antes de que se case con ella.”
Inés dejó de respirar.
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Porque esa voz no era de su padre.
Era de Arturo Morell.