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🧥 Primero, Quítate Mi Bata / Chapter 12 / 18

Capítulo 12 - El matrimonio elegido

Chapter 12 - Capítulo 12 - El matrimonio elegido

La palabra estrategia persiguió a Inés durante toda la vuelta. Se sentó en el asiento trasero del coche de Clara con la foto en la mano, mirando por la ventana los pinos, las gasolineras, los bloques de pisos, las mujeres que empujaban carritos de la compra sin saber que en otro coche alguien acababa de descubrir que su historia de amor tenía autores ocultos.

Julián la conocía antes de que ella lo conociera.

Esa idea le daba más asco que la infidelidad.

Porque una infidelidad puede nacer de una debilidad concreta, de una vanidad, de una mentira que se alimenta sola. Pero aquello era otra cosa. Era acercamiento, cálculo, paciencia. Era recordar su café favorito, fingir casualidades, aprender el nombre de su madre, besarla en el portal después de la tercera cita mientras quizá ya sabía lo que ella heredaría.

—Para en un momento —pidió.

Clara aparcó junto a una acera tranquila.

Inés abrió la puerta y vomitó junto a un árbol.

Nadie dijo nada. Clara le ofreció agua. Camila, desde el asiento delantero, no se atrevió a mirarla.

—Perdón —murmuró Inés.

—No pidas perdón por expulsar veneno —dijo Clara.

Esa tarde citaron a Julián para una comparecencia ampliada. Llegó sin Leonor. Parecía un hombre al que le hubieran quitado el decorado: mismo cuerpo, mismo pelo, pero sin luz prestada.

Inés lo vio entrar y buscó dentro de sí algún resto de la mujer que una vez se arregló el vestido antes de verlo. No encontró nada. Ni amor. Ni odio ardiente. Solo una especie de cansancio blanco.

Clara puso la fotografía sobre la mesa.

—Explique esto.

Julián miró la imagen y cerró los ojos.

—No sabía quién era ella entonces.

—Pero después sí —dijo Inés.

Él abrió la boca. La cerró.

—Mi madre me habló de ti cuando enfermo tu padre.

—Mi padre no murió entonces.

Julián bajó la mirada.

—Tu madre necesitaba proteger cosas. La mía quería recuperarlas.

—¿Recuperarlas? Eran nuestras.

—Eso decía tu madre.

Inés apoyó las manos sobre la mesa.

—Cuidado, Julián. Todavía puedes elegir si la última imagen que tengo de ti es la de un cobarde o la de un cobarde que por fin dijo una verdad.

La frase le dolió. Se le notó en la boca.

—Mi madre me convenció de que Irene había arruinado a la familia Morell. Que tu familia se había quedado con contratos que pertenecían a mi abuelo. Que acercarme a ti era… equilibrar las cosas.

Clara anotaba sin parpadear.

—¿Se casó con ella por eso?

Julián miró a Inés.

—Al principio sí.

La habitación no explotó.

Inés tampoco.

Solo recordó un vestido azul, una cena con velas, el primer viaje a Córdoba, Julián comprándole un pañuelo porque hacía frío. Todo se volvió sospechoso de golpe, incluso los recuerdos buenos.

—¿Y después? —preguntó ella.

Julián tragó saliva.

—Después te quise.

Inés sintió una risa amarga en la garganta.

—Qué mala suerte para mí que tu amor se pareciera tanto a tu ambición.

Julián se cubrió la cara con las manos.

No lloró de manera bonita. Lloró como lloran algunos hombres cuando ya no hay público que los salve: con vergüenza, rabia y miedo a perderlo todo.

—Cuando Mateo nació quise parar.

—No paraste.

—No sabía cómo.

—Se dice la verdad. Es bastante antiguo el método.

Clara intervino.

—¿Su madre ordenó manipular informes médicos?

Julián asintió apenas.

—Sí.

—¿Usted participó?

Otra pausa.

—Sí.

Inés miró al techo. Por un segundo, se permitió no ser madre, ni demandante, ni heredera de nada. Solo una mujer a la que el hombre que dormía a su lado había mirado debilitarse sin detener el daño.

—¿Y lo de Mateo?

Julián se enderezó.

—Yo nunca quise quitarte a Mateo.

—Firmaste papeles.

—Mi madre dijo que sería temporal. Que necesitabas tratamiento.

—Y tú preferiste creerle porque así te quedabas la casa.

Él no respondió.

Eso fue respuesta.

Al salir, Inés no sintió victoria. Sintió duelo. No por Julián. Por ella misma. Por la mujer que había amado creyendo elegir.

Esa noche, Mateo cenó sopa de fideos en el apartamento de Lucía. Se manchó la camiseta y pidió pan para mojar. Inés lo miró con tanta ternura que le dolieron los ojos.

—Mamá —dijo el niño—, ¿tenemos casa?

Inés respiró.

—Sí. Pero quizá no sea la misma.

—¿Tiene puerta?

—Tendrá todas las puertas que necesitemos.

Mateo sonrió y volvió a la sopa.

Más tarde, cuando él dormía, Clara llamó.

—Tenemos confesión parcial de Julián grabada. Pero hay algo más.

—¿Qué?

—El juez autorizó revisar los contratos originales. Uno de ellos no está a tu nombre.

Inés cerró los ojos.

—¿A nombre de quién está?

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Clara tardó un segundo.

—De Mateo.

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