CapĂtulo 06 - La taza azul

Chapter 06 - CapĂtulo 06 - La taza azul
La mujer se llamaba Remedios, aunque todos en la casa la habĂan llamado Reme sin preguntarle si le gustaba. TenĂa cincuenta y nueve años, manos de limpiar cristales y una mirada de quien ha aprendido a entrar en las habitaciones sin dejar huella.
InĂ©s la conocĂa poco, y eso le dio vergĂŒenza.
Durante dos años, Remedios habĂa doblado sĂĄbanas, limpiado migas de Mateo y soportado las instrucciones de Leonor con una paciencia que InĂ©s confundiĂł con carĂĄcter reservado. Ahora estaba en el rellano del despacho de Clara, sosteniendo la taza azul rota como si fuera un pĂĄjaro muerto.
âLa tirĂł la señorita Camila âdijoâ. No por accidente.
Inés tomó los pedazos.
La grieta antigua seguĂa en el borde, pero habĂa una nueva fractura que atravesaba el fondo. Entre la cerĂĄmica apareciĂł un cĂrculo diminuto de plĂĄstico negro.
Clara se inclinĂł.
âNo es una cĂĄmara. Parece un micrĂłfono.
A Inés se le secó la boca.
âÂżEn mi taza?
Remedios asintiĂł.
âLa señora Leonor me pidiĂł que recogiera todo lo que fuera suyo antes de que usted âhiciera teatroâ. La señorita Camila bebiĂł cafĂ© en esa taza, luego dijo que era fea y la dejĂł caer. Cuando barrĂ, vi eso.
Mateo, sentado en el escalĂłn con Nono, mirĂł la taza.
âEsa era de la abuela Irene.
Inés se agachó.
âSĂ, mi amor.
Remedios bajĂł la voz.
âHay mĂĄs cosas. Yo no querĂa meterme. Tengo una hija en paro, un nieto con asma. Necesito trabajar. Pero cuando escuchĂ© lo del niñoâŠ
No terminĂł. No hacĂa falta.
En el despacho, Clara preparó té. Remedios se sentó en la silla mås cercana a la puerta, como quien no se permite ocupar demasiado espacio. Las mujeres mayores, pensó Inés, saben pedir perdón incluso por tener miedo.
âLa señora Leonor hablaba mucho por telĂ©fono en la despensa âdijo Remediosâ. Siempre con el mismo hombre. Salvatierra. Yo pensaba que era cosa de mĂ©dicos. Hasta que oĂ lo de âdebilitarla antes de la audienciaâ.
Clara levantĂł la cabeza.
âÂżPuede declarar eso?
Remedios apretĂł el bolso.
âSi me protegen el trabajo, sĂ.
Inés la miró de verdad por primera vez.
âYo la protegerĂ©.
Remedios no sonriĂł. Las mujeres que han vivido de promesas ajenas no sonrĂen enseguida.
âTambiĂ©n vi a don JuliĂĄn firmar papeles con su nombre, señora.
La habitaciĂłn cambiĂł de temperatura.
âÂżCon mi nombre?
âPracticar, quiero decir. TenĂa hojas en el despacho. Su firma repetida. Yo entrĂ© a vaciar la papelera y Ă©l se enfadĂł mucho.
Clara abriĂł una libreta.
âÂżCuĂĄndo?
âHace tres semanas. El dĂa que usted llevĂł al niño al dentista.
InĂ©s recordĂł aquel dĂa. Mateo saliĂł con una pegatina de dinosaurio y miedo al torno. Ella volviĂł a casa con helado de vainilla para consolarlo. JuliĂĄn estaba en su despacho, pĂĄlido, y dijo que tenĂa migraña.
Firma repetida.
Informes falsos.
MicrĂłfonos.
Camila con su bata.
Cada detalle, visto por separado, parecĂa un disparate. Juntos formaban una casa distinta bajo la casa visible. Una estructura de madera podrida escondida tras paredes blancas.
Clara tomĂł los restos de la taza.
âEsto puede abrir una lĂnea penal seria. Pero necesitamos saber quĂ© documento intentĂł firmar.
Remedios tragĂł saliva.
âYo guardĂ© una hoja.
SacĂł del bolso un papel doblado cuatro veces.
âNo sĂ© si hice mal.
âHizo bien âdijo InĂ©s.
El papel tenĂa su nombre completo: InĂ©s Valera Cifuentes. Y debajo, una autorizaciĂłn para trasladar a Mateo a un centro de evaluaciĂłn familiar durante âel proceso de estabilizaciĂłn maternaâ.
Inés no entendió al principio.
Clara sĂ.
âQuerĂan separar al niño de ti antes de que pudieras reaccionar.
El suelo desapareciĂł un segundo.
InĂ©s sintiĂł el impulso animal de coger a Mateo y correr hasta que el mundo no tuviera apellidos Morell. Pero Mateo estaba allĂ, mirando sus zapatos, confiando en que ella supiera respirar por los dos.
âNo lo firmĂ© âdijo InĂ©s.
âPero alguien pudo intentarlo.
Remedios señaló una esquina.
âHabĂa un sello. No sĂ© de quĂ© organismo. Y un sobre para el doctor.
Clara miró a Inés.
âVamos a pedir medidas hoy. No mañana.
El móvil de Inés vibró.
Un mensaje de un nĂșmero desconocido.
âCamila no es quien crees. Pregunta por el bebĂ© que perdiĂł Leonor.â
Inés leyó la frase tres veces.
âÂżQuĂ© bebĂ©? âpreguntĂł Clara.
Remedios se puso blanca.
âAy, Virgen.
Inés levantó la mirada.
âReme. ÂżQuĂ© sabe?
La mujer agarró su bolso como si el pasado fuera a salir de él.
âNo era un bebĂ© de Leonor âsusurrĂłâ. Era de Arturo. Y su madre lo sabĂa.
La taza azul, rota sobre la mesa, pareciĂł entonces una cosa viva.
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Porque si Irene lo sabĂa, tal vez la guerra no habĂa empezado con JuliĂĄn.
Tal vez habĂa empezado mucho antes de que InĂ©s naciera.