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Capítulo 04 - La notaría de la calle Larios

Chapter 04 - Capítulo 04 - La notaría de la calle Larios

La notaría estaba en una calle estrecha del centro, entre una farmacia antigua y una cafetería donde el café olía a hogar de otros. Inés no vivía en Málaga desde hacía años, pero al ver los balcones de hierro, las macetas de geranios y las persianas verdes, sintió que una parte de ella regresaba a un tiempo en que su madre aún contestaba el teléfono con alegría.

Clara había insistido en conducir. Mateo se quedó dormido en el asiento trasero con Nono abierto en el regazo, la llave diminuta envuelta en una servilleta como si fuera una reliquia.

—No tienes obligación de ser fuerte todo el rato —dijo Clara, sin apartar la vista del tráfico.

Inés miró por la ventana.

—Si paro, me desarmo.

—A veces desarmarse también es sobrevivir.

Inés no contestó. Las mujeres de más de cincuenta que cruzaban la acera con bolsas de pan y chaquetas ligeras la hicieron pensar en su madre. En cómo Irene Valera podía comprar tomates, discutir con el frutero, arreglar una cortina y detectar una mentira en la misma mañana.

Irene nunca confió del todo en Julián.

Lo dijo una sola vez, una tarde de lluvia, mientras cosía el dobladillo de la bata esmeralda.

—Ese hombre sonríe con demasiados dientes, hija.

Inés se enfadó entonces. Defendió a su marido como defienden las recién casadas: con más miedo a equivocarse que certeza de amar bien. Su madre no insistió. Solo cosió, dentro del forro de la bata, un papel doblado y dijo:

—Hay cosas que una mujer debe tener aunque nunca las use.

Inés olvidó el papel.

Hasta esa mañana.

El notario, don Esteban Robles, tenía ochenta años, dedos manchados de tinta y una manera lenta de quitarse las gafas que daba importancia a todo. Reconoció el apellido Valera antes de que Inés terminara de hablar.

—Su madre vino aquí tres veces el año que murió —dijo.

Inés sintió un golpe debajo de las costillas.

—¿Tres?

—La última, muy preocupada.

Clara dejó la llave sobre la mesa. Don Esteban la sostuvo entre dos dedos, miró la etiqueta y asintió.

—Caja privada número diecisiete.

El despacho olía a madera, polvo limpio y papeles que habían visto más secretos que bodas. Don Esteban salió unos minutos. Inés oyó voces detrás de una puerta, el sonido de un archivador, una tos vieja. Mateo seguía dormido en el sofá pequeño, la boca entreabierta.

—¿Qué puede haber ahí? —preguntó Clara.

—No lo sé.

Pero sí lo sabía un poco. Lo sabía en ese sitio del cuerpo donde las hijas guardan las advertencias de sus madres aunque hagan como que no escuchan.

Don Esteban regresó con una caja estrecha de metal gris. La abrió con una segunda llave que llevaba colgada del cuello. Dentro había tres cosas: una escritura antigua, un sobre lacrado y una memoria USB envuelta en papel de seda.

El sobre tenía el nombre de Inés escrito a mano.

Hija.

No era una palabra dramática. Era peor. Era la letra de su madre, la inclinación de la h, la presión firme en el trazo, el modo en que la j bajaba un poco más de la cuenta.

Inés abrió el sobre.

No lloró al principio. Solo leyó.

“Igual me equivoco, pero si algún día llegas aquí, será porque Julián o su familia han intentado convencerte de que no tienes nada. No es verdad. Nunca lo fue.”

Clara se llevó una mano a la boca.

La carta continuaba explicando que Irene había protegido una parte del patrimonio familiar a nombre de Inés y Mateo. La casa, sí. Pero también algo más: una participación silenciosa en la empresa donde Julián trabajaba como director financiero antes de fundar su consultora. Una participación que él desconocía porque estaba a nombre de una sociedad heredada.

—Dios mío —murmuró Clara.

Don Esteban abrió la escritura.

—Su madre era una mujer meticulosa.

Inés siguió leyendo.

“Si te dicen que estás loca, pide los análisis. Si te dicen que no puedes cuidar a tu hijo, busca al doctor Salvatierra en las facturas. Y si la mujer de la bata sigue cerca de tu casa, mira primero quién la presentó a Julián.”

La habitación se quedó sin aire.

Camila.

La carta mencionaba a Camila antes de que Camila apareciera oficialmente en su vida.

—¿Cómo podía saberlo? —susurró Inés.

Clara tomó la memoria USB.

—Vamos a averiguarlo.

Don Esteban dudó.

—Hay una cosa más. Su madre dejó instrucciones de no entregar esto salvo que usted viniera con la llave. Pero también pidió que, llegado el caso, se avisara a una persona.

—¿A quién?

El notario miró a Mateo dormido.

Luego a Inés.

—A su padre.

Inés se quedó inmóvil.

—Mi padre murió hace doce años.

Don Esteban negó despacio.

—Eso fue lo que su madre permitió que todos creyeran.

En ese instante, el teléfono de Clara vibró sobre la mesa.

Era un mensaje de Julián.

“Si quieres volver a ver a Mateo tranquila, no abras nada de lo que dejó tu madre.”

Inés miró a su hijo dormido.

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Después miró la USB.

Y entendió que la casa era apenas la primera puerta.

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