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Capítulo 07 - El bebé de Arturo

Chapter 07 - Capítulo 07 - El bebé de Arturo

Remedios pidió agua antes de seguir. Bebió despacio, con las dos manos alrededor del vaso, como si el vidrio pudiera sostenerla. Afuera, la tarde caía sobre los tejados con una luz dorada de barrio antiguo. En algún balcón, una radio cantaba una copla suave, ajena a las familias que se pudren por dentro.

—Yo trabajaba por horas en casa de los Morell cuando era joven —dijo al fin—. Antes de que don Julián se casara. Antes incluso de que usted conociera a esa gente.

Inés se sentó frente a ella.

Mateo dibujaba en el suelo con un bolígrafo azul que Clara le prestó. Había dibujado otra casa. Esta no tenía puerta.

—Arturo tuvo una hija fuera del matrimonio —continuó Remedios—. Una niña. La madre trabajaba en una fábrica textil. Leonor lo descubrió y la echó de la ciudad con dinero y amenazas.

Clara frunció el ceño.

—¿Qué relación tiene eso con Camila?

Remedios cerró los ojos.

—Camila es esa niña.

El silencio fue tan largo que Mateo dejó de dibujar y miró a las tres mujeres.

Inés sintió que las piezas cambiaban de sitio.

Camila no era solo amante. No era solo una joven ambiciosa seducida por una casa elegante y un hombre con apellido. Era hija de Arturo. Media hermana de Julián. O al menos eso parecía.

—No puede ser —dijo Clara—. Si Julián...

No terminó la frase.

Remedios negó rápido.

—No sé si Julián lo sabe. La señora Leonor sí. Y Arturo también, claro. Camila apareció hace tres años en una gala de la fundación. Leonor la reconoció por los ojos de la madre. Desde entonces la acercó a la familia, pero no como hija. Como arma.

Inés se levantó y caminó hasta la ventana.

El aire entraba con olor a pan caliente de la cafetería de abajo. Un olor normal. Cruelmente normal.

—Leonor metió en mi casa a la hija de su marido para destruir mi matrimonio —dijo.

—Y quizá para tenerla controlada —añadió Clara.

—¿Y Julián?

Nadie respondió.

Porque había preguntas que no necesitaban respuesta inmediata para dar asco.

Esa noche, Inés durmió poco. Clara la llevó a un apartamento pequeño de una amiga suya en las afueras, con una cocina estrecha, una mesa de madera y cortinas amarillas. No era lujoso. Era mejor: nadie allí le había dicho que sobraba.

Mateo cenó tortilla francesa y yogur. Se quedó dormido entre Inés y Nono en un colchón bajo, con el pulgar cerca de la boca. Inés lo miró respirar y pensó en todas las mujeres que habían dormido alerta al lado de sus hijos, escuchando puertas, mensajes, respiraciones ajenas.

A las dos de la madrugada, recibió una llamada.

No era Julián.

—Soy Camila —dijo la voz.

Inés se incorporó.

—¿Cómo has conseguido este número?

—Da igual. Necesito hablar contigo.

La voz no sonaba arrogante. Sonaba rota.

Inés pensó en la bata esmeralda, en la taza azul, en la sonrisa de Camila en la cocina. Pensó también en una niña expulsada de una ciudad antes de aprender a pronunciar su apellido verdadero.

—No tengo nada que hablar contigo.

—Sí tienes —dijo Camila—. Porque Julián acaba de descubrir quién soy.

Inés se quedó helada.

—¿Y?

—Y Leonor me ha llamado monstruo.

Hubo un ruido al otro lado, como tráfico lejano. Camila lloraba, pero intentaba hacerlo sin ruido, igual que las mujeres que han entendido tarde que fueron usadas.

—Yo no sabía que Arturo era mi padre hasta hace seis meses —dijo—. Leonor me lo contó. Me dijo que tú le habías robado a su hijo, que si yo la ayudaba a sacarte de la casa, por fin me reconocería como familia.

Inés cerró los ojos.

La frase de Julian volvió como un cuchillo: “Ella se muda aquí.”

—¿Julián sabía que eras su hermana?

Camila tardó demasiado.

—No al principio.

Inés agarró el borde de la mesa.

—¿Y después?

—Después dijo que ya era tarde para deshacerlo todo.

La cocina pequeña del apartamento pareció encogerse.

Camila sollozó.

—Tengo documentos. Mensajes de Leonor. Transferencias. Todo. Pero si voy sola, me destruirán. Y yo... yo no estoy embarazada, Inés. Eso también fue mentira.

Inés miró hacia el colchón donde Mateo dormía.

—¿Por qué me llamas?

La respuesta llegó como una piedra.

—Porque Leonor no quiere solo tu casa. Quiere a tu hijo. Dice que Mateo es el único nieto “limpio” que le queda.

Inés sintió que el miedo se convertía en una línea recta dentro de su pecho.

—Ven al despacho de Clara mañana a las nueve.

—¿Me ayudarás?

Inés miró la bata esmeralda doblada dentro de la maleta. Ya no le parecía suya. Le parecía una piel vieja.

—No —dijo—. Pero si dices la verdad, tal vez puedas ayudarte a ti misma.

Colgó.

A los pocos segundos llegó una foto al móvil.

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Camila estaba frente a una puerta de hotel, con un sobre en la mano. En el sobre se leía: “Prueba de ADN - Arturo Morell.”

Y detrás de ella, reflejado en el cristal del pasillo, se veía a Julián.

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