Capítulo 13 - El precio de la proteína

Chapter 13 - Capítulo 13 - El precio de la proteína
Richard aceptó hablar desde la enfermería de la prisión.
Tenía una herida suturada y el aspecto de un hombre que había pasado toda la vida creyendo que el dinero podía retrasar cualquier consecuencia.
—Quiero un acuerdo —dijo.
Lena colocó el teléfono sobre la mesa.
—Una niña está en cuidados intensivos.
—Mi nieta.
Emily, conectada por videollamada, se inclinó hacia la pantalla.
—No vuelvas a llamarla así.
Richard bajó la mirada.
—El laboratorio está en el sótano B. El código cambia cada doce horas. Puedo conseguirlo.
—A cambio de qué.
—Protección para mí y una condena reducida.
Daniel sintió náuseas.
—Estás negociando con la vida de una niña.
—Estoy ofreciendo lo único que puede salvarla.
Emily mantuvo la voz fría.
—Si Mia muere porque retrasas esto, el acuerdo será lo menos importante que pierdas.
Richard la observó. Por un instante pareció recordar a la hija que había criado.
—No quería que las niñas enfermaran.
—Querías sus acciones.
—Quería mantener la empresa fuera de las manos de Marcus.
—Y para hacerlo entregaste nuestras vidas a Marcus.
Richard dio el código.
No obtuvo una promesa.
Un equipo federal entró en Vale Therapeutics. El laboratorio B estaba vacío, pero encontraron el contenedor criogénico detrás de una pared falsa.
La muestra seguía viable.
Fue trasladada en helicóptero al hospital.
Thomas preparó el bloqueo bajo supervisión. Mia recibió la proteína al amanecer.
El ritmo cardíaco comenzó a estabilizarse dos horas después.
La doctora permitió que Emily y Daniel entraran, pero les pidió que no despertaran a Mia. Se colocaron a ambos lados de la cama. Ninguno tomó la mano de la niña hasta comprobar que no interferían con las vías.
—Cuando nació Noah, discutimos sobre quién debía sostenerlo primero —susurró Emily.
Daniel recordó.
—Yo dije que llevaba nueve meses esperando.
—Y yo dije que yo también, desde fuera.
La memoria llegó limpia, sin dolor de cabeza ni imágenes añadidas. Emily sonrió y después se asustó de la alegría.
—No quiero que cada recuerdo bueno se convierta en una razón para volver contigo.
—No tiene que hacerlo. Puede ser solo un recuerdo bueno.
Ella lo miró.
—Gracias.
Aquella palabra no abrió una puerta romántica. Abrió algo más básico: la posibilidad de compartir una parte del pasado sin convertirla en un contrato sobre el futuro.
Nadie celebró todavía.
Daniel pasó la noche con Ava y Zoe en una sala familiar. Las niñas hicieron dibujos y preguntaron por cada ruido del pasillo.
—¿Por qué no vivías con nosotras? —preguntó Zoe.
—Porque no sabía dónde estabais.
—¿Y ahora vas a vivir con nosotras?
Daniel pensó antes de responder.
—Eso lo decidiremos entre todos, poco a poco.
—Los padres viven con sus hijos.
—A veces. Pero vuestra madre necesita una casa donde se sienta segura, y vosotras necesitáis tiempo para conocerme.
Ava dejó el lápiz.
—Richard decía que mamá necesitaba tiempo cada vez que quería decir que no.
Daniel sintió el peso de la comparación.
—Entonces no usaré el tiempo para retrasar una respuesta. Mi respuesta es que quiero estar en vuestra vida. No sé todavía cómo será, y no voy a decidirlo sin vosotras ni vuestra madre.
Las niñas aceptaron aquello con la seriedad de un contrato.
Mia despertó por la tarde.
Emily estaba dormida con la frente apoyada en el borde de la cama. Daniel permanecía en una silla cercana, pero no la tocaba. Cuando Mia abrió los ojos, ambos se levantaron al mismo tiempo y después se detuvieron para no asustarla.
—Parece que ensayaron —murmuró la niña.
El médico permitió que Ava, Zoe y Noah entraran de uno en uno. Los cuatro ignoraron la norma y aparecieron juntos detrás de Rachel. Mia pidió que no hablaran de enfermedades durante cinco minutos. Discutieron sobre la función escolar y sobre quién había comido las galletas de su mochila.
Daniel observó cómo la normalidad regresaba mediante detalles ridículos. Durante años había creído que salvar a alguien era resolver la amenaza más grande. Ahora entendía que también consistía en proteger el derecho a aburrirse, enfadarse por una galleta y planear el día siguiente sin convertir cada momento en una despedida.
Pidió agua y preguntó si había perdido la función de otoño en la escuela.
Emily se rio y lloró al mismo tiempo.
Thomas observaba desde la puerta. Rachel se colocó delante de él.
—No entres.
—Solo quería verla.
—Tú no tienes derecho a convertir su recuperación en alivio para tu culpa.
Thomas asintió.
—Tienes razón.
Se entregó formalmente a los agentes esa misma tarde. Proporcionó claves, nombres y documentos. No pidió inmunidad. Su abogado intentó detenerlo, pero él declaró que aceptaría los cargos relacionados con ensayos ilegales, encubrimiento y la muerte de Laura.
Rachel no lo perdonó.
Fue a verlo una vez antes de que lo trasladaran.
—Quiero saber por qué Catherine —dijo.
Thomas explicó que amó a Laura y también a Catherine, pero no tuvo valor para abandonar ninguna vida ni asumir públicamente a Emily. Convirtió su indecisión en secretos y los secretos en herramientas que Marcus utilizó.
—No fue amor —dijo Rachel—. Fue hambre de no perder nada.
Thomas bajó la cabeza.
—Sí.
Al regresar al hospital, Rachel encontró a Emily dormida junto a Mia. Daniel estaba sentado lejos, leyendo con Ava y Zoe. Noah había apoyado la cabeza sobre el hombro de su madre.
La imagen no era una familia reparada.
Era una familia reunida dentro de una herida abierta.
Margaret llamó desde Maine.
Había encontrado el testamento original de Catherine. Las acciones no pertenecían únicamente a Emily y las trillizas.
Catherine había dejado un cinco por ciento a Rachel, junto con poder para supervisar cualquier fideicomiso infantil.
—No quiero dinero de Vale —dijo Rachel.
—No es solo dinero —respondió Margaret—. Es voto.
La junta extraordinaria se celebraría en diez días. Marcus, desde prisión, conservaba acciones a través de Northline. Richard también. Sin una estrategia, sus aliados podían mantener el control.
Emily miró a Rachel.
—Necesito que aceptes.
—No quiero que vuelvas a necesitarme para reparar lo que otros hicieron.
—No te lo pido como una deuda. Te lo pido como socia.
Rachel no respondió.
Esa noche recibió un sobre sin remitente.
Dentro había una fotografía de Laura Cole antes de morir y una nota:
«Thomas no fue quien le administró la última dosis».
La firma era una sola letra.
M.
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Marcus todavía estaba enviando mensajes desde prisión.
Y sugería que el asesino de Laura seguía libre.