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Capítulo 06 - Las copias de los cobardes

Capítulo 06 - Las copias de los cobardes

Doña Inés siempre había desconfiado de los hombres que decían “esto queda entre nosotros”.

Le parecían peligrosos por una razón sencilla: casi siempre el “nosotros” excluía a la persona que iba a pagar el precio.

Por eso, años atrás, cuando su hermana Isabel empezó a sospechar que Rafael había firmado papeles bajo presión, Inés instaló cámaras discretas en tres zonas de la Torre Liria. No en dormitorios. No en baños. En pasillos, despachos y aquel helipuerto donde los hombres importantes subían a hablar como si el cielo les garantizara impunidad.

—Las alturas marean a los necios —decía Isabel.

Y esa noche, desde la planta cuarenta y dos, Inés veía a Cristina Valdeón hablar bajo la luz azulada de la cámara con una claridad casi perfecta.

La policía llegó cuando Cristina todavía estaba explicando que no había querido matar a Mateo, sólo “apartar temporalmente un obstáculo”.

Esa frase, repetida después en un juzgado, perdería toda elegancia.

En el helipuerto, Cristina vio a los agentes y dejó de ser de cachemira.

—Esto es una trampa.

Teresa cerró el paraguas.

—No, señora. Una trampa es empujar a un hombre hacia una silla y luego venderle compasión. Esto es más bien ventilación.

Los agentes recogieron la memoria, el teléfono de Valeria y las primeras declaraciones. Mateo se sentó por fin en la silla de ruedas que uno de seguridad había subido sin preguntar. Esta vez no le dolió usarla.

Le dolió necesitar tanto tiempo para entender que una silla no era una vergüenza.

Vergüenza era lo que otros habían intentado hacer con ella.

Valeria permaneció de pie junto a la barandilla, abrazándose a sí misma. El vestido rojo, que una hora antes parecía una corona, ahora parecía una herida.

—No voy a pedirte perdón —dijo ella.

Mateo levantó la vista.

—Mejor.

La respuesta la sorprendió.

—¿Mejor?

—Esta noche todo el mundo está usando el perdón como si fuera una toalla para secar pruebas. No lo hagas tú también.

Valeria bajó los ojos.

—Yo quería salir de una vida que mi padre había diseñado por mí. Tú eras parte de ese diseño. Un novio útil. Un apellido. Luego llegó el accidente y pensé que la única forma de no hundirme contigo era hundirte primero.

—Eso no te hace víctima.

—Lo sé.

Fue la primera frase decente que le oyó en meses.

Abajo, en el despacho de Isabel, Armando Monforte intentaba borrar llamadas del móvil cuando un agente le pidió que lo dejara sobre la mesa. Nicolás lloraba sin lágrimas, una habilidad desagradable que Mateo le conocía desde niño. Anselmo Grau repetía que sólo había obedecido instrucciones. Nadie parecía haber actuado nunca por voluntad propia.

Los cobardes, descubrió Mateo, siempre tienen superiores invisibles.

Doña Inés abrió la caja de vinos de Armando con una satisfacción que no intentó esconder. No estaba en una bodega, sino en un armario privado que el empresario había exigido durante la reforma del ático. Dentro había botellas de gran reserva y, al fondo, una caja metálica.

La copia estaba allí.

También había recibos.

Transferencias a talleres.

Pagos a médicos.

Y una grabación de Rafael Aldama discutiendo con Armando tres días antes de morir.

La voz de Rafael sonaba cansada.

“Si no devuelves el dinero, voy a denunciarte. Y si Cristina está dentro, también caerá.”

Armando respondió:

“Tu mujer te ha vuelto blando.”

Rafael se rió.

“No. Mi mujer me ha vuelto decente. Entiendo que te cueste distinguirlo.”

Mateo no pudo seguir escuchando.

Salió al pasillo.

Teresa lo encontró allí minutos después, sentado, con las manos sobre las rodillas.

—Su padre tenía buena voz —dijo ella.

Mateo soltó una risa rota.

—Eso es lo que se te ocurre.

—Cuando alguien se muere, a veces lo primero que se recuerda es una tontería. Es una manera de no caerse del todo.

Mateo se cubrió los ojos.

No lloró mucho.

Lloró lo suficiente para dejar de sostener la cara que todos esperaban de él.

Teresa no lo tocó.

Las mujeres que han servido casas ajenas conocen el valor de no invadir un dolor sólo porque se tiene ternura.

—Mi madre lo sabía —dijo él.

—Su madre sospechaba.

—Y nadie la creyó.

—Yo sí.

Mateo la miró.

Teresa respiró despacio.

—Pero creer sin poder hacer nada se parece demasiado a callar. He vivido con eso.

La frase quedó entre ellos.

No como disculpa.

Como verdad.

A medianoche, la azotea estaba vacía. Los invitados habían sido acompañados abajo, no sin antes firmar declaraciones básicas y descubrir que el champán de las grandes familias puede calentarse igual que el de cualquiera cuando nadie se atreve a beber.

Mateo volvió al lugar donde Valeria había pisado las rosas.

El ramo seguía allí, destrozado.

El diamante ya no estaba entre los pétalos, pero la marca del tacón había quedado sobre varios tallos. Se agachó con dificultad y recogió una rosa que todavía conservaba medio botón cerrado.

Valeria apareció detrás de él.

—No debería estar aquí —dijo Mateo.

—Lo sé.

—Entonces váyase.

—Mi padre va a decir que yo lo organicé todo.

—Probablemente.

—Cristina también.

—Seguro.

Valeria tragó saliva.

—Tengo más audios. No los entregué antes porque me protegían a mí. Ahora creo que también pueden proteger la verdad.

Mateo se incorporó despacio.

—¿Por qué no se los diste directamente a la policía?

Ella sostuvo su mirada.

—Porque hay uno donde hablo yo. Y no quedo como una mujer confundida. Quedo como lo que fui.

Mateo esperó.

—Dámelo.

—Si lo escuchas, me vas a odiar más.

—No estoy intentando quererte.

La frase cerró algo entre los dos de manera definitiva.

Valeria sacó una memoria roja, pequeña, casi ridícula en una mano tan bien cuidada.

—Aquí está la conversación en la que acepto humillarte en público. Y otra en la que mi padre habla de tu accidente como “la segunda oportunidad”.

Mateo sintió que el aire se volvía más frío.

—¿La segunda?

Valeria asintió.

—Creo que la primera fue tu padre.

Mateo tomó la memoria.

Por debajo de la rabia, algo empezó a ordenarse.

No venganza.

Algo más difícil.

Justicia.

Pero cuando Valeria dio media vuelta para irse, se detuvo junto a la puerta de cristal.

—Mateo.

Él no respondió.

—Hay una tercera oportunidad mencionada en ese audio.

Mateo levantó la vista.

Valeria estaba pálida.

—No era contra ti.

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El viento movió los pétalos sobre el cemento.

—Era contra Doña Inés.

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