Capítulo 05 - La mujer del helipuerto

Capítulo 05 - La mujer del helipuerto
Mateo no subió solo.
Subió primero el orgullo.
Después la rabia.
Y, por último, subió Teresa Romero con un paraguas cerrado en la mano, como si una mujer de sesenta y un años no pudiera hacer frente a un chantaje sin un objeto doméstico bien elegido.
—Le han dicho solo —murmuró Mateo al verla entrar en el ascensor.
—Y a mí mi madre me dijo que no me casara con un músico. Todos damos consejos que la vida luego corrige.
Doña Inés quiso acompañarlos, pero la pierna no le permitió discutir demasiado. Se quedó en la planta cuarenta y dos con Valeria, Nicolás, Armando y los de seguridad, que ya no sabían muy bien a quién vigilar.
El helipuerto estaba frío.
La noche había caído sobre Madrid y el viento movía la lona de las barandillas con un ruido seco. Las luces de la ciudad temblaban abajo, ajenas a las familias ricas que se despedazaban en lo alto de una torre.
Junto al círculo blanco del aterrizaje había una mujer de abrigo gris.
Cristina Valdeón.
Tenía cincuenta y siete años y una belleza conservada con disciplina, no con alegría. Llevaba el pelo corto, pendientes pequeños y una calma tan pulida que parecía comprada en una joyería.
—Has crecido —dijo.
Mateo sintió una punzada absurda. Durante años, Cristina le había enviado libros, mensajes breves, algún recuerdo de su padre. Nunca fue madre. Tampoco enemiga. Había habitado ese lugar cómodo donde la traición duerme mejor: la cortesía.
—Devuelva lo que sacó de la caja.
Cristina miró a Teresa.
—No recuerdo haber invitado al servicio.
Teresa abrió el paraguas aunque no llovía.
—Y yo no recuerdo haber pedido permiso para respirar.
Cristina sonrió apenas.
—Sigues igual.
—Usted también. Eso es lo preocupante.
Mateo dio un paso. La pierna protestó. Él la ignoró.
—La grabación.
Cristina sacó una memoria pequeña del bolsillo del abrigo.
—Tu madre era más lista de lo que Rafael soportaba.
—No hable de ella como si la hubiera querido.
—La admiraba. Es distinto.
—Sí. Admirar a alguien no obliga a protegerlo.
La frase la tocó.
Sólo un poco.
Cristina miró hacia las luces.
—Rafael iba a quitarle a Armando la concesión de las obras. Había descubierto desvíos. Tu madre encontró los pagos. Yo... yo tenía dinero metido en una sociedad de Monforte. Si aquello salía, me hundía con ellos.
—¿Y mi padre?
—Tu padre discutió con Armando. Hubo amenazas. No puedo probar más.
—¿Qué hay en la grabación?
Cristina sostuvo la memoria entre dos dedos.
—Suficiente para destruir a Armando. No suficiente para encerrarme a mí.
Teresa soltó una risa.
—Qué tranquila se queda una cuando mide la culpa en años de cárcel.
Cristina la miró con frialdad.
—Usted no sabe nada de culpa.
—He limpiado habitaciones después de que señoras como usted lloraran sin desmaquillarse. Créame, la culpa deja manchas bastante reconocibles.
Mateo alargó la mano.
—La memoria.
Cristina no se la dio.
—Primero quiero garantías.
—No está en posición de pedirlas.
—Siempre se está en posición de pedir algo cuando se tiene una copia.
El viento se hizo más fuerte.
Mateo comprendió entonces que Cristina no había subido para entregar pruebas. Había subido para vender su supervivencia.
—¿Qué quiere?
—Salir del país sin que Inés me convierta en el demonio de la familia. Dinero suficiente para desaparecer. Y que Valeria cargue con el teatro de esta noche.
Mateo la miró en silencio.
—Valeria es muchas cosas —dijo al fin—. Pero no manipuló los frenos de mi coche.
Cristina no respondió.
La respuesta estaba en su silencio.
Teresa bajó el paraguas.
—Fue usted.
—No sea ridícula.
—No lo digo por intuición. Lo digo porque el taller donde revisaron el coche era de su primo. Y porque el chico que cambió las piezas vino a mi cocina dos días después con miedo hasta en las uñas. Me pidió agua. Dijo que no quería que nadie muriera.
Mateo giró hacia ella.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Teresa tragó saliva.
—Porque usted estaba en la UCI. Porque el chico desapareció. Porque yo no tenía pruebas. Y porque cuando una mujer sin apellido acusa a una señora con abrigo de cachemira, la primera que acaba interrogada es la mujer sin apellido.
Mateo quiso contestar.
No encontró una frase que no sonara pobre.
Cristina aprovechó el silencio.
—Qué emotivo. Pero seguimos igual.
Sacó el móvil.
—Si no aceptas, la grabación sale editada. Parecerá que tu padre sobornó a Armando, que tu madre lo encubrió y que tú has montado esta noche para salvar el apellido. Ya tengo a un periodista esperando.
Teresa levantó el paraguas como quien levanta un arma.
—Señora, no me obligue a convertirme en noticia.
Mateo respiró hondo.
Por primera vez en horas, tuvo ganas de sentarse.
No por debilidad.
Por cansancio de descubrir que cada persona que decía “por tu bien” había querido decir “por mi conveniencia”.
Entonces se abrió la puerta del helipuerto.
Valeria apareció con el vestido rojo moviéndose como una bandera en guerra. Detrás de ella, un hombre de seguridad intentaba alcanzarla.
—No firmes nada —dijo.
Mateo se quedó quieto.
Cristina se rió.
—Mira quién viene a hacerse útil.
Valeria no la miró.
Miró a Mateo.
—Mi padre guardaba una copia en una caja de vinos. La he visto. No sabía qué era, pero la vi. Si Cristina tiene una memoria, Armando tiene otra.
Mateo no suavizó la voz.
—¿Por qué me lo dices?
Valeria apretó los labios. Por primera vez no parecía estar eligiendo la frase más elegante, sino la menos cobarde.
—Porque creí que humillarte me salvaría de caer con ellos. Y acabo de entender que ellos ya tenían pensado dejarme caer sola.
Cristina la fulminó.
—Niña tonta.
—Sí —dijo Valeria—. Pero no tanto como usted esperaba.
De su bolso rojo sacó un teléfono y pulsó la pantalla.
Se oyó una voz grabada.
Armando Monforte, hablando esa misma tarde:
“Si Valeria se pone nerviosa, diremos que todo fue idea suya. La pobre siempre ha sido dramática.”
Valeria mantuvo el móvil en alto.
No lloró.
Todavía no.
—Mi padre me llamó dramática toda la vida. Hoy se le olvidó que las mujeres dramáticas también aprenden a grabar.
Cristina dio un paso hacia ella.
Teresa interpuso el paraguas.
—Ni se le ocurra.
El móvil de Mateo vibró de nuevo.
Un mensaje de Doña Inés:
“La policía está en el vestíbulo. Mantén a Cristina hablando.”
Mateo guardó el móvil.
Por primera vez en toda la noche, miró a Valeria sin amor y sin odio.
Sólo con la tristeza de ver a alguien elegir tarde lo correcto, pero elegirlo al fin.
Cristina, sin saber que abajo ya esperaban agentes, sonrió con la serenidad de quien cree tener todavía la salida cerrada para los demás.
No vio que detrás de ella, en el cristal de la puerta, parpadeaba una cámara nueva.
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Y esa cámara no pertenecía a Mateo.
Pertenecía a Doña Inés.