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Capítulo 03 - La cláusula de los incapaces

Capítulo 03 - La cláusula de los incapaces

El notario llegó con el cuello sudado.

No era una buena señal en un hombre que cobraba por parecer invisible.

Se llamaba Anselmo Grau y había sido amigo del padre de Mateo durante veinte años. Llevaba una carpeta marrón contra el pecho, como si dentro no hubiera papeles sino un animal vivo intentando escapar.

Doña Inés lo miró de arriba abajo.

—Qué puntualidad tan curiosa, Anselmo. Llegas siempre cuando alguien rico necesita llamar legal a una vergüenza.

El notario hizo una sonrisa breve.

—Doña Inés, no creo que sea conveniente continuar esta conversación en un espacio abierto.

—La azotea también es mía en parte —respondió ella—. Y el aire, por ahora, no lo ha comprado ningún Monforte.

Algunos invitados fingieron toser para esconder la risa.

Armando no rió.

Valeria tampoco.

Mateo permanecía de pie junto a la silla de ruedas, con el abrigo polvoriento doblado sobre el respaldo. El cuerpo empezaba a pasarle factura. Aún no podía mantenerse mucho tiempo sin dolor. La pierna izquierda le temblaba apenas bajo el pantalón del esmoquin, y Sonia, la fisioterapeuta, le habría mandado sentarse con una palabra fea y mucha razón.

Pero aquella noche sentarse era concederles demasiado.

Anselmo abrió la carpeta.

—Se trata de un acuerdo preventivo. Nada más.

—Léalo —dijo Mateo.

—No es necesario delante de...

—Léalo.

El notario miró a Nicolás.

Nicolás miró a Armando.

Armando miró a Valeria.

Valeria, por primera vez, no supo a quién obedecer.

Doña Inés se acercó un paso.

—Si el documento es limpio, no debería avergonzarse de la luz.

Anselmo tragó saliva y leyó.

La cláusula decía que, ante una alteración emocional grave de Mateo Aldama durante un acto público, y considerando su reciente accidente, la administración de ciertos activos del Grupo Liria podía pasar de forma provisional a un comité de confianza compuesto por Nicolás Aldama, Armando Monforte y Valeria Monforte como futura cónyuge.

Futura cónyuge.

Valeria bajó los ojos.

Mateo soltó una risa seca.

—Qué bonito. Me dejabas y, al mismo tiempo, seguías siendo mi futura esposa en el papel.

—El documento no se iba a usar así —dijo ella.

—Entonces explícame cómo.

No pudo.

Porque había documentos que sólo funcionan mientras nadie los lee en voz alta.

El plan era sencillo. Cruel, pero sencillo. Valeria humillaría a Mateo delante de socios, invitados y cámaras privadas. Él, vulnerable y aparentemente desesperado, aceptaría firmar una retirada temporal para “evitar más escándalo”. Nicolás asumiría la gestión. Armando salvaría sus deudas con contratos de obra. Y Valeria, libre de un prometido incómodo, conservaría una posición suficiente para casarse más tarde con quien de verdad le convenía.

Mateo miró a Nicolás.

—¿Ibas a dejar que me firmaran como a un mueble roto?

—No exageres.

—Contesta.

Nicolás abrió la boca, la cerró, y en ese gesto infantil Mateo vio al niño que rompía juguetes ajenos y luego decía que se habían caído solos.

—No pensé que te hiciera tanto daño —murmuró.

Doña Inés se llevó una mano al pecho.

—Ay, qué frase tan moderna. La usan cuando ya no pueden negar lo que hicieron.

Valeria recuperó un poco de voz.

—Mateo, tú no entiendes la presión que hemos tenido. El mercado, los acreedores, la prensa... Tú desapareciste después del accidente.

—Me rompí la columna, Valeria. No me fui a descansar a Marbella.

La frase la alcanzó.

Durante un segundo pareció avergonzada.

Luego miró alrededor y recordó que la vergüenza no le servía para salvarse.

—¿Y tú? —dijo, levantando la barbilla—. ¿Qué clase de hombre finge no poder andar para poner a prueba a la mujer con la que iba a casarse?

Varios invitados se removieron.

Mateo notó el golpe. Valeria sabía encontrar el punto exacto donde la verdad podía parecer mentira. Él no había fingido el dolor; sólo había ocultado su mejoría.

Antes de que él respondiera, Teresa Romero dio un paso al frente.

—No fingió nada.

Valeria la miró con desprecio.

—Usted no pinta nada aquí.

Teresa sonrió sin alegría.

—Los de servicio siempre pintamos algo, señorita. Lo que pasa es que ustedes no miran la pared hasta que se cae encima.

Doña Inés murmuró:

—Bien dicho.

Teresa sacó del bolso otro sobre.

—El señor Mateo empezó a caminar hace cuatro semanas. Cinco pasos primero. Luego diez. Luego los suficientes para descubrir quién se ponía nervioso al verlo intentar vivir.

Sostuvo una hoja con registros de rehabilitación.

—Aquí está la doctora Sonia. Aquí están los informes. Aquí está la fecha en que le recomendaron usar aún la silla para trayectos largos, porque caminar todavía le duele.

Mateo la miró.

No esperaba esa defensa.

Teresa no le devolvió la mirada. Seguía mirando a Valeria.

—La silla no era una mentira. La mentira era creer que un hombre sentado no escucha.

La azotea se quedó en silencio.

Nicolás intentó acercarse al notario.

El jefe de seguridad se interpuso.

—Tranquilo —dijo Mateo—. Todavía falta lo mejor.

Valeria se tensó.

—¿Qué más vas a inventar?

Mateo sacó la sortija del bolsillo y la puso sobre la mesa del champán. El diamante capturó la luz del atardecer y la devolvió rota sobre las copas.

—Esta sortija era de mi madre. Cuando murió, dejó una instrucción privada. Si algún día yo era presionado para ceder la Torre Liria, debía abrirse su caja fuerte delante de un testigo externo.

Anselmo palideció tanto que Inés ladeó la cabeza.

—Vaya. Veo que el testigo externo recuerda la caja.

—No sé de qué habla —balbuceó el notario.

Teresa sacó una pequeña llave antigua.

—Yo sí.

Valeria miró la llave como si fuera un arma.

Mateo también.

—¿De dónde ha salido eso?

Teresa tragó saliva.

—De la última chaqueta de su madre. La guardé porque ella me dijo que un día usted no necesitaría que le dieran flores. Necesitaría que alguien le devolviera las llaves.

La garganta de Mateo se cerró.

No por Valeria.

Por Isabel, que llevaba cinco años muerta y seguía empujando puertas desde algún lugar más limpio que aquel ático.

Armando dio un paso hacia la salida.

—Esto ha ido demasiado lejos.

La puerta del ascensor seguía cerrada.

Doña Inés sonrió.

—No, Armando. Por fin ha llegado justo donde tenía que llegar.

El jefe de seguridad recibió una llamada, escuchó unos segundos y se acercó a Mateo.

—Señor Aldama, han localizado la caja fuerte en la planta cuarenta y dos. Pero hay un problema.

Mateo no apartó los ojos de Valeria.

—Dígalo.

—Alguien la abrió esta mañana.

La sonrisa de Valeria desapareció.

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Y en ese instante, todos entendieron que las rosas pisadas no eran el final de la traición.

Sólo eran la parte que ella no había tenido tiempo de esconder.

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