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Capítulo 01 - Las rosas en el cemento

Capítulo 01 - Las rosas en el cemento

El ramo cayó antes que el sol terminara de ponerse.

No fue un accidente. No se le resbaló de las manos. Valeria Monforte lo empujó con una violencia medida, de esas que no buscan romper un objeto, sino poner a una persona en su sitio delante de todos.

Las rosas blancas se abrieron sobre el cemento de la azotea como una bandada pequeña y derrotada.

Mateo Aldama, sentado en la silla de ruedas junto a la mesa del champán, no intentó atraparlas. Sólo bajó la mirada. Llevaba un abrigo oscuro, polvoriento, demasiado tosco para el ático de cristal donde los camareros servían copas finísimas y las luces de Madrid empezaban a encenderse por debajo.

Debajo del abrigo, nadie había reparado en el corte impecable del esmoquin negro.

A Valeria eso le daba igual.

Ella estaba de pie frente a él con un vestido rojo que parecía hecho para que la ciudad se quedara mirando. Los tacones, también rojos, brillaban bajo el reflejo de las fachadas. Tenía el pelo recogido en un moño perfecto, los labios pintados con una precisión casi cruel y esa belleza fría que en ciertas mujeres no nace de la seguridad, sino de la costumbre de no ser contradichas.

—Lo nuestro se acabó —dijo.

No levantó la voz.

No hacía falta.

El silencio de los invitados hizo el resto.

A unos metros, los socios del Grupo Aldama fingían mirar el horizonte. Una prima de Valeria se llevó la copa a la boca y no bebió. Don Armando Monforte, su padre, apoyó una mano en el respaldo de una silla como si necesitara recordar que el suelo seguía en su sitio.

Mateo no respondió.

Miró las rosas.

Valeria sonrió apenas, como quien concede la última caridad a un perdedor.

—Pensé que lo entenderías sin esta escena —añadió—, pero parece que desde el accidente has perdido también el orgullo.

Entonces pisó el ramo.

El chasquido del tallo sonó demasiado claro en la azotea.

Una rosa se aplastó bajo el tacón. Los pétalos se pegaron al cemento húmedo por la brisa del atardecer. Otra flor rodó hasta el borde de la alfombra gris. Y entre los pétalos, durante un segundo, algo pequeño brilló como si el sol se hubiera escondido allí.

Una sortija.

Un diamante limpio, antiguo, demasiado sobrio para una mujer como Valeria.

Mateo lo vio. También lo vio ella.

La cara de Valeria no cambió de inmediato. La arrogancia a veces tarda en reconocer el peligro, sobre todo cuando lleva tacones caros.

—¿Eso era para mí? —preguntó, con una mueca—. Qué pena. Has elegido mal el momento, el ramo y la mujer.

Mateo levantó los ojos.

No había lágrimas en ellos.

Había algo peor para Valeria: calma.

Durante los meses anteriores ella había aprendido a leer su silencio como debilidad. Lo había visto entrar en salas en aquella silla, aceptar ayuda para subir una rampa, aguantar miradas compasivas en cenas de negocios. Lo había escuchado decir “estoy mejorando” con esa paciencia de hombre roto que todavía quiere parecer útil.

Y, poco a poco, había empezado a tratarlo como se trata un mueble caro que ya no encaja con la decoración.

Esa tarde, delante de treinta invitados, había decidido retirarlo.

—No te conviene seguir —dijo ella, inclinándose un poco—. No conviertas esto en algo más triste.

Mateo apoyó las manos en los brazos de la silla.

El gesto fue pequeño.

Lo bastante pequeño para que varios invitados no lo entendieran hasta que ya era tarde.

Primero se puso de pie despacio, como si el aire pesara. La silla se movió hacia atrás con un leve chirrido. Una camarera dejó caer una servilleta. Alguien soltó una exclamación que murió antes de llegar a grito.

Valeria retrocedió medio paso.

Mateo se quitó el abrigo polvoriento y lo dejó sobre el respaldo de la silla. Debajo apareció el esmoquin negro, perfecto, hecho a medida, con los hombros firmes y el cuello blanco sin una arruga.

No parecía curado de pronto.

Parecía que había dejado de fingir que ellos tenían derecho a compadecerlo.

—Mateo... —murmuró Armando Monforte.

Mateo no lo miró.

Se agachó, recogió el ramo aplastado y separó los pétalos con cuidado. No se apresuró. No se dejó dominar por el teatro de los demás. Cuando encontró la sortija, la sostuvo entre los dedos, limpia a pesar del cemento, brillante a pesar del desprecio.

Luego miró a Valeria.

—¿Qué pensabas realmente?

Su voz fue baja.

No hubo rabia visible. Eso la hizo más afilada.

—¿Que era una prueba de amor? ¿Que venía a suplicarte delante de tus amigas? ¿Que había subido a mi propia azotea para que me perdonaras la vida social?

Valeria abrió la boca, pero no salió nada.

Mateo dejó que el silencio le hiciera sitio.

—Todo siempre me ha pertenecido.

La frase cayó sobre la azotea con una elegancia brutal.

No sólo hablaba del edificio. Ni del ático de cristal. Ni de las copas, ni de los camareros, ni de las luces que empezaban a parpadear sobre la ciudad.

Hablaba de algo que Valeria creyó haberle quitado: la decisión.

Don Armando se puso pálido.

Una mujer mayor, Doña Inés Aldama, tía de Mateo, apareció junto a la barandilla con un bastón de madera clara y un abrigo azul noche. Nadie la había visto llegar. O tal vez todos la habían ignorado, como se ignora a las mujeres mayores hasta que una de ellas trae una verdad en la mano.

—Te dije que no la pisaría —dijo Inés.

Mateo miró la sortija.

—Yo quería equivocarme.

Valeria apretó la mandíbula.

—Esto es ridículo. ¿Has montado una escena para humillarme?

Mateo guardó la sortija en el bolsillo interior de la chaqueta.

—No. La escena la has montado tú. Yo sólo he dejado que hubiera testigos.

El viento movió los pétalos aplastados. La música de cuerda, que hasta entonces había flotado desde un altavoz oculto, se cortó de golpe.

Un hombre de seguridad cerró discretamente la puerta del ascensor.

Valeria lo vio.

—¿Qué significa eso?

Mateo giró apenas la cabeza.

—Que nadie sale todavía.

Armando soltó una risa seca, demasiado forzada.

—Mateo, no seas teatral. Esto es una ruptura, no una junta de accionistas.

—Se equivoca, don Armando —respondió Mateo—. Es exactamente una junta de accionistas.

A lo lejos, la ciudad se encendía como si nada importante estuviera ocurriendo en lo alto de aquel edificio.

Pero en la azotea, todos sabían que ya no estaban mirando a un hombre abandonado por una mujer hermosa.

Estaban mirando a un hombre que había vuelto de una silla de ruedas con una pregunta guardada en el bolsillo.

Mateo se acercó a Valeria hasta quedar a la distancia justa para que ella tuviera que levantar la barbilla.

—Y ahora vas a decirme una cosa —susurró—. ¿Quién te aseguró que yo no volvería a levantarme?

Valeria palideció.

Porque aquella pregunta no hablaba del amor que terminaba.

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Hablaba del accidente que alguien había dado por definitivo.

Y en el reflejo de sus ojos, Mateo vio por fin el primer nombre que ella intentó ocultar.

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