Capítulo 09 - La hija de Rafael

Chapter 09 - Capítulo 09 - La hija de Rafael
Durante la espera de la prueba genética, Lucía perdió la confianza en gestos que antes consideraba propios. Se preguntó si eligió Derecho por influencia de un padre desconocido, si su facilidad para detectar contradicciones procedía de Julián o de Rafael y si cada ayuda recibida escondía una orden futura.
Teresa, aún ausente, había dejado una caja con las cartas escolares de Lucía. Camila consiguió recuperarla. En una redacción de los nueve años, Lucía escribió que quería ser jueza «para que nadie pudiera cambiar la historia después de que alguien pequeño la contara». Aquella frase existía mucho antes de la beca anónima. Le recordó que las influencias no eran cadenas perfectas.
Sofía, a pesar de su desconfianza, dejó un vaso de leche junto a la cama de Lucía. No pidió disculpas por haber dudado. Tampoco era necesario. Al día siguiente preguntó si una persona podía seguir siendo familia cuando una prueba decía que no compartían sangre. Lucía respondió que la sangre explicaba parentescos; el cuidado construía otras palabras.
Álvaro escuchó la conversación desde el pasillo y comprendió que su prueba positiva tampoco garantizaba nada. Ser padre biológico era un hecho. Convertirse en alguien a quien Sofía llamara cuando tuviera miedo sería un trabajo mucho más lento.
Lucía leyó la partida sin reconocer nada.
Lugar de nacimiento: Madrid. Madre: Teresa Ferrer. Padre: Rafael Quiroga Salas.
—Mi padre se llamaba Andrés —dijo.
—¿Lo conociste? —preguntó Camila.
—Murió cuando yo tenía seis años.
—¿Viste el certificado?
Lucía pensó en las cajas de su madre, en las fotografías escasas y en la costumbre de cambiar de tema cuando ella preguntaba por el pasado.
—No.
Sofía se acercó.
—¿Tú tampoco sabías quién era tu padre?
Lucía negó.
La semejanza entre ambas situaciones no alivió a ninguna.
Camila solicitó una prueba genética. Lucía aceptó, aunque le dolía que un documento anónimo pudiera poner en duda toda su vida.
Álvaro pidió que no la apartaran de Sofía hasta tener resultados.
—Eso decide Camila —dijo Mateo.
Camila permitió el contacto supervisado.
—No creo que Lucía sea responsable de quién pudo ser su padre —explicó—. Pero si Rafael la utilizó para acercarse a Sofía, debemos saberlo.
Lucía recordó cómo consiguió el trabajo en Casa Aurora. Una recomendación anónima pagó su último año de estudios. Después, la directora recibió fondos para contratarla.
—Siempre pensé que era una beca —murmuró.
Mateo rastreó el dinero.
Provenía de una empresa vinculada a Orbis.
Sofía retrocedió.
—¿Rafael te mandó a buscarme?
—No sabía que existías.
—Eso dices.
Lucía sintió la acusación como un corte, aunque comprendió de dónde venía.
—Tienes derecho a desconfiar.
—No quiero tener derecho. Quiero saber quién dice la verdad.
Los resultados tardarían cuarenta y ocho horas.
Mientras esperaban, Rafael publicó un vídeo.
Aparecía sentado frente a una pared blanca, con el cabello gris y una cicatriz junto a la boca.
—Sofía —decía—, no soy el monstruo que te describen. Protegí a tu madre durante años. Elena y Amalia me contrataron. Cuando el dinero se agotó, hice lo que pude para mantenerlas ocultas.
Álvaro golpeó la mesa.
—Miente.
Rafael mostró fotografías de Clara y Sofía en Montreal, tomadas desde lejos. También enseñó recibos médicos y pagos de alquiler.
—Beatriz y Esteban querían recuperar las pruebas. Yo fingí trabajar para ellos mientras protegía a Clara.
—Entonces ¿por qué alteró su medicación? —preguntó Lucía a la pantalla.
El vídeo parecía anticipar la pregunta.
—Clara sufría dolor terminal. El medicamento que le llevé era paliativo. Beatriz ha convertido un acto de compasión en acusación de asesinato.
Sofía miró a Camila.
—Mamá tenía mucho dolor.
—Eso no demuestra quién le dio qué —respondió Camila.
Rafael terminó con una advertencia.
—El mayor peligro no soy yo. Es Amalia. Lleva toda su vida usando a otras mujeres para corregir la vergüenza de una familia que la ocultó. Sofía no es una heredera para ella. Es la última pieza de un plan.
El vídeo se volvió viral.
Helena Crowe solicitó al tribunal trasladar a Sofía a una residencia privada administrada por el fideicomiso. Alegó que Casa Aurora, Lucía y Álvaro estaban contaminando su testimonio.
Camila se opuso.
La audiencia se celebró a puerta cerrada.
Sofía pidió hablar.
—Todos dicen que quieren protegerme y después enseñan papeles para decidir dónde debo estar. Quiero quedarme con Lucía hasta que sepamos la verdad. Si ella es hija de Rafael, sigue siendo la persona que se puso delante cuando Beatriz me golpeó.
La jueza observó a Lucía.
—¿Aceptaría una tutela temporal sin acceso al patrimonio ni a los documentos financieros?
—Sí.
—¿Incluso si la prueba confirma el parentesco?
Lucía miró a Sofía.
—Mi padre no decide qué clase de persona soy.
La jueza permitió que continuaran juntas bajo supervisión de Camila.
Álvaro no solicitó custodia.
—¿Por qué no? —preguntó Sofía después.
—Porque que seas mi hija no significa que me conozcas. Quiero ganarme el derecho a estar, no obtenerlo con un juez.
Por primera vez, Sofía lo abrazó.
Fue breve. Casi accidental.
Álvaro no cerró los brazos demasiado fuerte.
Al día siguiente llegaron los resultados.
Lucía no era hija biológica de Rafael Quiroga.
La partida era falsa.
Pero la prueba reveló una coincidencia inesperada con una muestra existente en el expediente de Santa Irene.
Lucía compartía parentesco de primer grado con una antigua paciente.
La paciente se llamaba Teresa Ferrer.
Su madre.
Teresa no había muerto cuando Lucía tenía seis años, como le habían dicho.
Había sido internada en Santa Irene y permaneció allí durante otros catorce años.
El alta llevaba la firma de Clara Valmont.
Y la fecha era de hacía cinco años.
May you like
Clara había conocido a la madre de Lucía.
Pero nunca se lo contó.