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Capítulo 12 - El testimonio del fundador

Chapter 12 - Capítulo 12 - El testimonio del fundador

Esteban pidió que le afeitaran antes de la videoconferencia. No por dignidad, sino porque durante toda su vida había controlado la imagen con la que otros recordaban sus actos. La enfermera portuguesa se negó a retrasar la declaración por apariencia. Fue una humillación pequeña y necesaria.

En su primera versión, Esteban hablaba de fondos desviados como si hubieran caminado solos de una cuenta a otra. Camila le exigió nombrar acciones: «Usted ordenó», «usted firmó», «usted ocultó». Cada verbo reducía el refugio de la voz pasiva.

Álvaro observó cómo el anciano intentaba conservar una idea de sí mismo como fundador brillante que se equivocó por amor a la institución. Recordó cuántas veces había usado la misma defensa en decisiones menores. El parecido le produjo miedo. Después de la audiencia, pidió a sus empresas una auditoría externa de operaciones que nadie había cuestionado porque llevaban su apellido.

Sofía no sintió compasión inmediata por Esteban, pero sí curiosidad por su miedo. Él confesó que fingió su muerte porque prefería perder su nombre públicamente antes que entrar en prisión. Vivió once años sin poder asistir a funerales, bodas ni nacimientos. «Elegí una vida larga donde nadie podía quererme abiertamente», dijo. La niña respondió: «Eso fue una condena que eligió. Clara no eligió la suya».

Esteban apareció ante un notario por videoconferencia.

Tenía el rostro más gris que en la llamada con Sofía, pero habló con claridad.

—El Fideicomiso Aurora se creó con bienes desviados ilegalmente de la Fundación Valmont —dijo—. Elena y Amalia no tenían autoridad para disponer de ellos. Solicito que todos los activos regresen a la fundación original.

Helena Crowe presentó la declaración al tribunal.

Si era válida, Sofía perdería el control antes de recibirlo. Peor aún, los bienes quedarían otra vez en manos del consejo infiltrado por Rafael.

—Está coaccionado —dijo Álvaro.

—Tenemos que demostrarlo —respondió Camila.

Sofía pidió hablar con Esteban.

La petición fue rechazada por los abogados de Helena. Alegaron que la niña podía manipular a un anciano enfermo.

—Qué conveniente —dijo Lucía—. Los adultos que la han manipulado durante años ahora la llaman manipuladora.

Amalia entregó los documentos originales de creación del fideicomiso. Parte de los bienes sí provenía de la fundación, pero otra parte pertenecía personalmente a Elena, heredada de su madre. La mezcla se hizo deliberadamente para impedir que Esteban pudiera recuperarlo todo.

—Elena sabía que él intentaría esto —dijo Amalia.

—¿Por qué no dejó las cuentas separadas? —preguntó Camila.

—Porque quería obligar a un tribunal a revisar el origen de cada dólar. Sabía que, al hacerlo, aparecerían los fraudes.

La estrategia era brillante y cruelmente complicada. También exponía a Sofía a una batalla que no había elegido.

Álvaro propuso renunciar públicamente a cualquier derecho derivado de su paternidad.

—Eso evitará que digan que quiero controlar el fideicomiso a través de ella.

Camila lo miró con sorpresa.

—También significa que no podrás administrar sus bienes aunque un juez te nombre custodio.

—Bien.

—¿Lo has pensado?

—Durante diez años no estuve. No voy a convertir el hecho de aparecer ahora en una recompensa financiera.

Sofía escuchó la decisión.

—¿Está renunciando a ser mi padre?

Álvaro se arrodilló frente a ella.

—No. Renuncio a ganar dinero por serlo.

La niña apoyó la frente en su hombro.

Camila presentó la renuncia. La prensa, que esperaba una guerra por la fortuna, comenzó a cambiar el relato.

Helena respondió filtrando fotografías del matrimonio de Álvaro y Camila. Sugería que la exesposa colaboraba para recuperar influencia en la familia.

Camila compareció ante las cámaras.

—Me divorcié porque durante años acepté que Beatriz decidiera qué debía pensar, vestir y perdonar. No busco volver. Busco que otra niña no aprenda que una familia poderosa puede sustituir su voz.

La declaración debilitó a Helena.

Mateo, mientras tanto, analizó el vídeo de Esteban. Una sombra en la pared indicaba que había una ventana. Se oía una campana cada quince minutos y un tren lejano.

Lucía reconoció el sonido.

Clara había grabado uno de sus últimos vídeos cerca del monasterio de São Vicente, en Lisboa.

La policía portuguesa localizó una residencia abandonada junto a la vía.

Encontraron a Esteban solo.

Rafael había huido horas antes.

Esteban estaba consciente, pero se negó inicialmente a retractarse.

—Firmé porque es verdad —dijo.

Álvaro viajó a Lisboa.

—¿Rafael lo obligó?

—Rafael me recordó lo que Elena hizo.

—¿Y Clara?

Esteban miró por la ventana.

—Clara murió creyendo que el fideicomiso podía reparar el daño. Pero no se repara una injusticia usando dinero robado a otras víctimas.

La objeción era legítima.

Esteban no defendía a Rafael. Defendía una última verdad incómoda: Aurora también se había financiado parcialmente con fondos desviados.

—Entonces ayude a separar lo que pertenece a las víctimas —dijo Álvaro—. No entregue todo al hombre que las explotó.

Esteban pidió una condición.

Declararía la coacción y entregaría su contabilidad completa si podía hablar con Sofía sin cámaras ni abogados.

Camila se negó a dejarla sola. Acordaron una conversación con una psicóloga presente.

Esteban miró a su bisnieta.

—No mereces heredar nuestras culpas.

—Entonces no me las deje escondidas.

Él lloró.

Entregó la ubicación de copias del libro azul.

Después reveló por qué Rafael necesitaba tanto el original.

No solo contenía nombres de cómplices.

Contenía un vídeo de la noche en que Elena murió.

En él aparecía Beatriz cambiando su medicación.

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Y detrás de la cámara estaba Mateo Rivas.

El hombre que llevaba semanas protegiendo a Sofía había presenciado la muerte de Elena.

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