Capítulo 10 - Las dos madres de Santa Irene

Chapter 10 - Capítulo 10 - Las dos madres de Santa Irene
El viaje a Galicia obligó a Lucía a mirar el mar durante horas antes de tocar la puerta azul. Había imaginado a Teresa como víctima absoluta o como madre indiferente. La mujer real no encajaba en ninguna categoría. Había sobrevivido, había mentido y había seguido de lejos una vida en la que temía entrar.
Dentro de la casa, Teresa conservaba objetos que Lucía creyó perdidos: una cinta de gimnasia, la copia de un premio escolar y una postal sin enviar. No los mostró para exigir cariño. Explicó quién se los enviaba y cuánto pagaba por recibir noticias. Esa contabilidad del afecto resultó dolorosa.
Lucía preguntó si Julián la quiso. Teresa respondió que sí, pero que su amor siempre llegaba acompañado por un cálculo del riesgo. Pagó estudios, buscó médicos y escondió documentos; también firmó internamientos y dejó que otras mujeres fueran desacreditadas. «No quiero que lo conviertas en monstruo para olvidarlo ni en padre bueno para perdonarlo», dijo. «Fue ambas cosas en días distintos».
Antes de marcharse, Lucía dejó su número en la mesa. Teresa no prometió llamar. Esa falta de promesa le pareció más honesta que cualquier juramento. Dos días después recibió un mensaje sencillo: «Llegaste bien?». Lucía respondió: «Sí». Fue el comienzo menos cinematográfico y más verdadero que podían tener.
Teresa Ferrer estaba viva.
Vivía en un pueblo costero de Galicia bajo el apellido de su abuela. La encontraron gracias a un pago mensual procedente de Proyecto Luna.
Lucía viajó acompañada por Camila y una psicóloga. Sofía quiso ir, pero Lucía le pidió esperar.
—No sé en qué estado está mi madre.
—Yo tampoco sabía cómo estaba la mía cuando abrió los vídeos —respondió Sofía.
Lucía la abrazó.
—Por eso quiero hacerlo despacio.
Teresa abrió la puerta de una casa azul frente al mar.
Tenía cincuenta y tres años, el cabello blanco antes de tiempo y la misma forma de inclinar la cabeza que Lucía veía en el espejo.
No intentó abrazarla.
—Pensé que tardarías más —dijo.
Lucía sintió rabia.
—¿Sabías que te buscaría?
—Clara dijo que algún día se abriría la caja.
Dentro de la casa había fotografías de Lucía desde niña. Cumpleaños, graduaciones, una imagen de su primer día en Casa Aurora.
—¿Me vigilabas?
—Me aseguraba de que estuvieras viva.
—Eso no es ser mi madre.
Teresa aceptó la frase.
Contó que Rafael Quiroga fue su pareja durante dos años. No era el padre biológico de Lucía, pero registró una partida falsa para obtener control legal si Teresa moría.
—¿Quién era mi padre?
Teresa miró al mar.
—Julián Mena.
Lucía tuvo que sentarse.
El abogado que falsificó firmas, ayudó a encerrar a Clara y murió con una carta de confesión era su padre.
—¿Lo sabía él?
—Sí.
—¿Por qué me dejó crecer creyendo que estaba muerto otro hombre?
—Porque Beatriz le dijo que si se acercaba, volvería a internarme.
Teresa había trabajado como contable en la fundación. Descubrió transferencias y se negó a modificarlas. Rafael la sedujo, obtuvo acceso a sus documentos y después ayudó a declararla incapaz.
—Julián intentó sacarme —dijo—. Luego se asustó. Durante años pagó por tu educación sin firmar su nombre.
—¿La beca anónima?
—Era suya.
Lucía no sabía qué hacer con una bondad financiada por la cobardía del mismo hombre.
—¿Cómo saliste?
—Clara.
En Santa Irene, Teresa conoció a Clara embarazada. Compartieron habitación durante varias semanas. Teresa le enseñó qué empleados aceptaban dinero y dónde guardaban las llaves. Después de que Elena ayudara a Clara a escapar, Clara prometió regresar por ella.
Tardó seis años.
—Pero volvió —dijo Teresa—. Nadie más volvió.
Clara y Amalia sacaron a Teresa durante el cierre administrativo de la clínica. Le dieron identidad nueva y dinero del Proyecto Luna.
—¿Por qué no contactaste conmigo?
—Porque estaba enferma. Porque tenía miedo. Porque cada año que pasaba hacía más vergonzoso explicar el anterior.
Lucía lloró sin ruido.
Teresa no se acercó.
—No voy a pedirte perdón hoy. Solo voy a responder lo que preguntes.
Era una forma de respeto que Lucía no esperaba.
—¿Rafael mató a Clara?
Teresa negó.
—No lo sé. Pero sé que Clara temía más a Amalia durante el último año.
Sacó una carta.
Clara escribió que Amalia quería que Sofía regresara a Nueva York para asumir el fideicomiso antes de cumplir doce años. Clara se negaba.
—¿Por qué esa edad?
El testamento ocultaba una cláusula no incluida en la copia de Ginebra: si la heredera no aceptaba antes de los doce, el control pasaba de manera permanente al consejo provisional.
Helena Crowe y Rafael necesitaban que Sofía apareciera.
—Entonces organizaron la gala —dijo Lucía.
—Sí. Pero Clara aceptó porque estaba muriendo y creyó que tú podrías protegerla.
Lucía levantó la vista.
—¿Yo?
Teresa mostró una fotografía de Clara observando a Lucía desde la acera frente a Casa Aurora.
—Te eligió porque eras mi hija. Dijo que una mujer salvada debía tener la oportunidad de salvar sin deberle obediencia a nadie.
Lucía regresó a Nueva York con más tristeza que certezas.
Sofía la esperaba despierta.
—¿Es buena? —preguntó sobre Teresa.
—No lo sé todavía.
—¿La quieres?
—Creo que sí. También estoy enfadada.
Sofía asintió como si conociera perfectamente aquella combinación.
Mateo entró con noticias.
Habían interceptado una transferencia del Fideicomiso Aurora. Helena Crowe intentó mover sesenta millones a una cuenta de Lisboa.
La autorización llevaba la firma digital de Amalia.
Eso demostraba que Amalia seguía viva.
O que alguien había conservado su identidad igual que conservaron la de Elena.
Pero el banco había registrado una verificación facial en tiempo real.
La cámara mostraba a una mujer anciana, con una mancha oscura en el lado izquierdo del rostro.
May you like
Amalia estaba viva.
Y junto a ella, fuera de foco, se veía a Rafael sosteniendo una pistola.