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Capítulo 05 - La falsa abuela

Chapter 05 - Capítulo 05 - La falsa abuela

Los investigadores compararon también las firmas de la falsa Elena con las verdaderas. Mercedes imitaba bien los trazos visibles, pero presionaba demasiado el bolígrafo en los cambios de dirección. Una grafóloga encontró esa diferencia en diecisiete contratos. Gracias a ella pudieron separar decisiones tomadas por Elena de las que Beatriz fabricó después.

Sofía observó las páginas bajo una lupa. Le sorprendió que una verdad tan grande dependiera de una presión casi invisible. Lucía le explicó que muchas investigaciones no avanzaban mediante confesiones espectaculares, sino por detalles que alguien paciente se negaba a considerar insignificantes.

Álvaro pidió revisar cartas que creyó recibir de Elena. Varias contenían consejos sobre su matrimonio y críticas a Clara. Eran de Mercedes, dictadas por Beatriz. Comprendió que parte de la voz moral que había seguido durante años pertenecía a una actriz leyendo instrucciones. La revelación no lo eximía: él decidió obedecer mensajes que confirmaban lo que deseaba creer.

Mercedes contó que interpretar a Elena fue el trabajo más extraño de su carrera. Beatriz le proporcionó grabaciones de voz, perfumes, fotografías y una lista de gestos. Debía mantener la mano izquierda cerca del pecho, caminar con pasos cortos y evitar conversaciones largas. Cada detalle transformaba el engaño en algo cotidiano.

En el primer evento, una antigua amiga de Elena intentó abrazarla. Mercedes sintió que sería descubierta, pero Beatriz intervino diciendo que el tratamiento había vuelto doloroso cualquier contacto. Los invitados aceptaron la explicación con alivio. Nadie deseaba ser la persona que incomodaba a una mujer enferma. Esa cortesía permitió que la mentira atravesara el salón.

Sofía preguntó a Mercedes si alguna vez quiso confesar. La actriz respondió que muchas noches. Después recordó el dinero, el contrato de confidencialidad y la amenaza de Beatriz de acusarla de fraude. «Esperé una oportunidad segura», dijo. Sofía respondió que las oportunidades seguras solían llegar después de que otra persona pagara el riesgo.

Mercedes no se defendió. Entregó las pelucas, los audios y un cuaderno donde anotó cada frase que Beatriz le exigía grabar. Entre ellas aparecía un mensaje nunca enviado a Clara: «Tu madre te perdona si vuelves sola». Aquel texto demostraba que Beatriz intentó separar a Clara de Sofía incluso después de descubrir que ambas seguían vivas.

La fotografía del certificado mostraba a Elena Valmont en una morgue privada de Lausana.

La causa de muerte figuraba como insuficiencia cardíaca. El cuerpo había sido cremado bajo otro nombre.

Sin embargo, durante los tres años siguientes, una mujer con su rostro presidió actos, firmó cheques y envió mensajes a Sofía.

—Una doble —dijo Álvaro al recibir la noticia.

Mateo negó.

—No necesitaban alguien idéntico en todo momento. Elena ya estaba enferma y se retiró de actos públicos. Bastaban vídeos antiguos, firmas electrónicas y apariciones breves con sombrero o gafas.

Lucía revisó las grabaciones.

Las últimas apariciones de Elena mostraban una mujer más encorvada, casi siempre de perfil y sin hablar con prensa.

—¿Quién era? —preguntó Sofía.

La caja incluía pagos mensuales a una actriz llamada Mercedes Vela.

Mercedes tenía setenta y un años y vivía en Cádiz.

Aceptó hablar por videollamada.

—Me contrataron para interpretar a Elena en dos eventos —dijo—. Dijeron que estaba recibiendo tratamiento y no quería que los donantes supieran.

—¿Quién la contrató? —preguntó Lucía.

—Beatriz de Alarcón.

Mercedes aseguró que no sabía que Elena había muerto. Después de los actos, Beatriz le pidió grabar mensajes privados, leyendo textos escritos.

—¿Mensajes para una niña?

Mercedes palideció.

—Sí.

Los mensajes de E.V. a Sofía podían haber sido grabados por Mercedes. Pero algunos llegaron años después de que terminara el contrato.

—Alguien conservó las grabaciones y programó los envíos —dijo Mateo.

Sofía parecía decepcionada.

—Entonces mi abuela nunca me escribió.

Lucía tomó su mano.

—Quizá dejó las instrucciones antes de morir.

En los libros contables apareció una cuenta llamada Proyecto Luna. Había pagos a Montreal, a una clínica canadiense y a una empresa de seguridad.

El primer pago ocurrió dos semanas después de que Clara escapara de Santa Irene.

—Elena ayudó a su hija —dijo Álvaro.

Los registros mostraban que Elena descubrió el internamiento y contrató a alguien para sacar a Clara. Después la envió a Canadá con identidad nueva.

—¿Por qué no te avisó? —preguntó Lucía a Álvaro.

Una carta respondió.

«No confío en que Álvaro pueda enfrentarse a Beatriz. Lo quiero, pero ha pasado su vida obedeciéndola cuando tiene miedo. Clara y la niña estarán más seguras lejos de todos».

Álvaro cerró los ojos.

No podía decir que Elena se equivocó.

Sofía leyó la carta en silencio.

—Mamá sabía que su abuela la ayudó.

—Quizá no al principio —dijo Lucía—. Tal vez se enteró después.

El Proyecto Luna financió la vida de Clara durante cinco años. Luego los pagos se detuvieron.

La fecha coincidía con la muerte pública de Elena.

Quien controló la fundación después había descubierto la cuenta.

Sofía recordó mudanzas repentinas, trabajos nuevos y noches en que Clara cerraba todas las cortinas.

—Alguien nos encontró —dijo.

En uno de los vídeos, Clara explicaba que recibió fotografías de Sofía saliendo de la escuela. Una nota exigía que entregara la memoria con pruebas si quería mantener a su hija a salvo.

Clara cedió una copia falsa.

Después huyeron otra vez.

—¿Quién enviaba las amenazas? —preguntó Álvaro.

El vídeo mostraba un símbolo en el sobre: una brújula negra.

Mateo reconoció el logotipo.

Pertenecía a Orbis Security, la empresa que durante años protegió a la fundación.

El propietario era Rafael Quiroga, jefe de seguridad antes que Mateo.

Rafael había desaparecido después del cierre de Santa Irene.

—¿Está vivo? —preguntó Lucía.

Mateo buscó en registros privados.

Había utilizado un pasaporte en Lisboa hacía tres meses.

La misma semana en que Clara murió.

Sofía se quedó rígida.

—¿Estuvo con ella?

En la memoria de Clara había un último vídeo, grabado desde la cama de un hospital.

—Rafael me encontró —decía—. Dice que quiere ayudar, pero no sé si creerle. Si algo me ocurre, Sofía debe ir a la gala. La esmeralda abrirá la caja. Y la niña del vestido rojo hará lo que nosotros no pudimos: obligarlos a mirar.

La cámara giró.

Durante un segundo apareció un hombre sentado junto a la ventana.

Mateo amplió la imagen.

No era Rafael.

Era Esteban Valmont.

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El padre de Clara seguía vivo.

Y había estado junto a ella poco antes de morir.

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