Capítulo 09 - Patricia quiso elegir la verdad

Chapter 09 - Capítulo 09 - Patricia quiso elegir la verdad
Valerie no fue sola.
Respondió al mensaje desde un teléfono preparado por la fiscalía. Aceptó la ubicación, un aparcamiento subterráneo bajo un hotel cerrado por reformas, pero no prometió nada más. Marina insistió en que no tenía obligación de acudir.
—Lo sé —dijo Valerie—. Voy porque quiero escuchar cómo intenta convertir otra confesión en un favor.
Llevaba un micrófono oculto, un localizador y dos agentes a menos de treinta metros. Angela no participó en la operación. Permaneció con Natalie y Robert revisando los archivos de Mark.
Patricia esperaba dentro de un coche negro.
Ya no llevaba el vestido de Navidad. Vestía pantalones oscuros, un abrigo de lana y un pañuelo sobre el cabello. Sin las luces del comedor y sin una mesa desde la que dirigir a todos, parecía una mujer mayor y cansada.
Valerie no confundió cansancio con inocencia.
Entró en el asiento trasero. Dejó la puerta abierta.
—Cierra —ordenó Patricia.
—No.
Patricia sostuvo el collar de Evelyn.
—Tu madre me lo dio.
—Rosa dice que desapareció después de su muerte.
—Rosa recuerda lo que la ayuda a dormir.
—Y tú recuerdas lo que te ayuda a mandar.
Patricia guardó el collar en el bolso.
—Howard está intentando salir del país. Si me detienen antes de entregar las pruebas, todo terminará en abogados, acusaciones cruzadas y años de dudas.
—Eso ocurrirá de todos modos.
—Puedo darte una respuesta sobre Evelyn.
—No puedes devolverla.
—No. Pero puedo evitar que culpes a la persona equivocada.
Valerie dejó que hablara.
Patricia dijo que Howard llamó al doctor Hale antes de la cena porque Evelyn amenazaba con denunciar Wintermere. El plan era sedarla, llevarla a la clínica y retenerla hasta que el consejo aprobara la venta de una división.
—¿Sabías qué le darían? —preguntó Valerie.
Patricia miró el parabrisas.
—Sabía que Hale usaría un tranquilizante.
—La servilleta tenía anticoagulante.
—Hale dijo después que Evelyn ya lo tomaba.
—No era cierto.
—No lo sabía entonces.
Valerie reconoció la frase. La misma estructura que Daniel, Robert y Natalie habían utilizado: conocimiento reducido a la cantidad exacta necesaria para negar responsabilidad.
—¿Quién puso las gotas en el agua?
Patricia apretó el bolso.
—Yo.
El aparcamiento pareció quedar más frío.
—Hale me dio el frasco. Dijo que eran seguras.
—Mi madre dijo que no quería nada.
—Estaba alterada.
—Dijo que no.
Patricia cerró los ojos.
—Sí.
No pidió perdón.
Explicó que, cuando Evelyn empezó a sentirse mal, Howard quiso llamar a una ambulancia. Patricia insistió en trasladarla a la clínica privada para evitar preguntas. Robert firmó el ingreso. Hale falsificó el historial.
—No queríamos que muriera.
Valerie la miró.
—Queríais que no pudiera hablar. Su muerte fue el precio que aceptasteis cuando decidisteis que vuestro plan importaba más que su cuerpo.
Patricia volvió la cara.
—Tu padre pensaba igual cuando convenía.
—No uses a un muerto para reducir lo que hiciste.
—Thomas pagó para que la autopsia no se repitiera.
Valerie sintió una punzada.
—Mientes.
Patricia sacó una copia bancaria. Thomas Mercer había transferido doscientos mil dólares a la clínica una semana después de la muerte de Evelyn.
—¿Por qué?
—Porque Hale lo convenció de que una investigación pública expondría que Evelyn había usado fondos personales para sostener Saint Orla. Podían acusarla de desvío.
Valerie entendió la trampa. Su padre había protegido el nombre de Evelyn y, al hacerlo, ayudó a enterrar la causa de su muerte.
—Todos elegisteis una parte de ella que os convenía proteger —dijo—. Nadie protegió su derecho a la verdad.
Patricia entregó una grabadora.
En el archivo, Howard decía:
—Dale suficiente para que no llegue a la votación. Si amanece confundida, pediremos incapacidad temporal.
La voz de Patricia preguntaba:
—¿Y si Hale se pasa?
Howard respondía:
—Entonces Robert firmará el traslado y Thomas pagará el silencio. Los hombres hacen cualquier cosa por no parecer culpables.
Patricia observó a Valerie.
—Howard planeó todo.
—Y tú ejecutaste la parte que necesitaba una mano.
Se oyó un motor en la rampa.
Patricia se tensó.
—Te han seguido.
—No vine a ayudarte a huir.
Howard apareció al fondo del aparcamiento. Llevaba una maleta y un arma guardada en la cintura, visible bajo el abrigo. No llegó a tocarla. Los agentes salieron de las columnas y le ordenaron levantar las manos.
Patricia miró a Valerie con odio.
—Me has tendido una trampa.
—He conservado una conversación. Hay una diferencia.
Ambos fueron detenidos.
Durante el registro del coche encontraron pasaportes falsos, tres memorias y un frasco antiguo con la etiqueta del doctor Hale. Howard pidió un abogado. Patricia no volvió a hablar.
La noticia llegó a los medios antes de que Valerie regresara a casa.
Esta vez no hubo un vídeo cómodo que la convirtiera en heroína. Solo imágenes de dos personas mayores entrando en vehículos policiales y titulares llenos de preguntas sobre muertes antiguas.
Marina recibió una llamada de un hospital de Connecticut.
Simon Hale seguía vivo.
Tenía setenta y nueve años, cáncer avanzado y llevaba una semana intentando contactar con la fiscalía. Al ver el vídeo de Navidad, pidió grabar una confesión.
Valerie aceptó escucharla en presencia de investigadores.
Hale confirmó lo de Evelyn.
Después habló de Thomas Mercer.
—Años más tarde, Thomas encontró el informe original —dijo—. Iba a presentarlo al consejo la mañana en que murió.
Valerie sintió que se le enfriaban las manos.
Su padre había fallecido en un accidente de tráfico camino del aeropuerto.
Hale bajó la mirada hacia la cámara.
—La noche anterior, Howard me pidió que le recetara algo para dormir. Yo sabía que Thomas tenía que conducir al amanecer.
—¿Qué le dio? —preguntó el investigador.
—Un sedante de acción prolongada, oculto bajo el nombre de un suplemento.
Hale respiró con dificultad.
—No pretendían matarlo. Querían que perdiera la reunión. Pero cuando supieron que había muerto, destruyeron el frasco y modificaron el análisis toxicológico.
Valerie cerró los ojos.
La historia de su familia no contenía una muerte limpia.
Antes de terminar, Hale añadió:
—Hay alguien más que conocía la receta. Alguien que me pagó para abandonar Nueva York después del accidente.
El investigador preguntó el nombre.
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Hale respondió:
—Robert Blackwood.