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Capítulo 03 - La voz de Angela

Chapter 03 - Capítulo 03 - La voz de Angela

Valerie no apartó los ojos de la abogada.

Angela cerró el portátil. No intentó decir que la grabación era falsa. Tampoco pidió tiempo para pensar.

—La voz es mía.

El dolor en la cadera de Valerie pareció desplazarse hacia el pecho.

—¿Cuánto estaba dispuesta a pagar quién?

—Patricia.

—Eso ya lo he entendido.

Angela se quitó las gafas.

—Hace cuatro meses me pidió una reunión. Quería contratarme para demostrar que no estabas en condiciones de votar en el consejo.

—Eres mi abogada.

—Lo sabía.

—Y aun así fuiste.

—Sí.

Valerie se levantó, aunque el médico le había pedido que permaneciera sentada. Necesitaba sentir el suelo bajo los pies.

—¿Aceptaste dinero?

—Cincuenta mil dólares.

La respuesta le produjo una calma extraña.

—Vete.

—Déjame explicar.

—Has aceptado dinero de la mujer que acaba de organizar una agresión contra mí.

—Está en una cuenta de custodia y forma parte de una investigación federal.

Valerie se detuvo.

Angela explicó que, desde hacía ocho meses, colaboraba con una unidad especializada en fraude corporativo. Habían detectado transferencias desde Wintermere Consulting hacia funcionarios municipales y sociedades vinculadas a la familia Blackwood. Patricia sospechaba que Valerie estaba revisando las cuentas y buscó a alguien capaz de neutralizarla legalmente.

—Me pidió que preparara una evaluación de incapacidad financiera —dijo Angela—. Yo le hice creer que aceptaría.

—Sin decírmelo.

—La fiscalía me prohibió revelar la operación.

—Yo no soy un expediente.

—No.

—Entonces no vuelvas a hablar de mí como si pudieras utilizarme para llegar a otra persona.

Angela asintió.

—Tienes razón.

La admisión no reparó nada, pero evitó que la conversación se convirtiera en una batalla de excusas.

—¿Sabías lo de la cena?

—Sabía que Patricia quería presionarte para firmar. Por eso te pedí que dejaras los estados bancarios falsos y activaras la copia de seguridad. No sabía que había ordenado a Daniel provocarte físicamente.

—El mensaje decía “anzuelo”.

—El anzuelo era el documento con cifras marcadas. Esperaba que hablaran de Wintermere.

—Daniel me tiró al suelo.

Angela bajó la voz.

—Y cargaré toda mi vida con haber calculado mal el peligro.

Valerie pensó en los meses anteriores. Angela insistió en que documentara insultos, cambiara contraseñas y mantuviera efectivo fuera de la casa. Había visto señales que Valerie todavía llamaba problemas matrimoniales.

Pero verla no le daba derecho a decidir por ella.

—A partir de ahora habrá otra abogada en cada conversación —dijo Valerie—. Alguien que no trabaje para la fiscalía y que solo me represente a mí.

—De acuerdo.

—Y me entregarás por escrito todo lo que hiciste en mi nombre.

—Esta noche.

Valerie abrió el portátil de nuevo.

—Ahora quiero escuchar el resto.

La grabación mostraba que Angela no aceptó falsificar informes. Le preguntó a Patricia qué necesitaba exactamente. Patricia habló de un diagnóstico de ansiedad, de antiguas sesiones de terapia y de una cláusula interna del consejo que permitía suspender temporalmente a un accionista si representaba un riesgo reputacional.

—¿Y si Valerie se niega a ser evaluada? —preguntaba Angela.

—Daniel conseguirá una escena —respondió Patricia—. Mi hijo sabe dónde apretar.

Después se oyó a Howard Crane.

—No necesitamos que la golpee. Basta con una reacción descontrolada.

Daniel dijo algo más bajo.

—¿Y si la cámara lo graba?

Patricia respondió con una risa.

—La cuenta está a tu nombre.

Valerie pausó el audio.

—Ni siquiera sabía que la cuenta era mía.

—Patricia lleva años confundiendo matrimonio con propiedad —dijo Angela.

Los policías terminaron las entrevistas poco antes de las dos de la madrugada. Daniel aceptó irse a un hotel para evitar una detención inmediata, condicionado a no acercarse a Valerie durante cuarenta y ocho horas. La fiscalía decidiría los cargos después de revisar la grabación y el informe médico.

Patricia quiso acompañarlo.

Antes de salir, se detuvo frente a Valerie.

—Cuando esto termine, comprenderás que has confundido una pelea privada con una guerra que no puedes ganar.

Valerie sostuvo su mirada.

—La guerra empezó cuando falsificaste mi firma.

Patricia sonrió apenas.

—Tu firma lleva años apareciendo donde conviene. Pregúntate quién te enseñó a no leer.

Daniel la tomó del brazo y la condujo hacia la salida.

La frase quedó flotando.

Robert pidió quedarse en una habitación de invitados. Dijo que no quería volver al apartamento que compartía con Patricia en la ciudad.

—¿Tienes miedo de ella? —preguntó Valerie.

Él tardó demasiado.

—Tengo miedo de lo que he permitido.

Natalie también se quedó. Ayudó al personal a limpiar el comedor, aunque Valerie le dijo que no era necesario. Cuando recogió un trozo de cerámica, se cortó un dedo.

—Siempre hacemos eso —dijo, mirando la sangre—. Limpiamos deprisa para poder decir que no pasó nada.

Valerie le quitó el fragmento de la mano.

—Esta vez no.

A las tres llegó Marina López, una abogada independiente recomendada por un centro de apoyo a víctimas. Era española, llevaba quince años trabajando en Nueva York y tenía una forma directa de hacer preguntas sin convertirlas en interrogatorio.

Revisó el acuerdo matrimonial de Valerie y Daniel.

—Hay una adenda que no aparece en tu copia —dijo.

Angela abrió los archivos corporativos.

La adenda establecía que, si Valerie acusaba públicamente a Daniel de conducta violenta y la acusación era considerada “maliciosa o estratégicamente motivada”, perdería durante cinco años el voto de sus acciones en Blackwood House.

—Está hecha para castigarme por denunciar —dijo Valerie.

Marina asintió.

—Y para convertir cualquier prueba en una discusión sobre tus intenciones.

La firma de Valerie parecía auténtica. La de Daniel también. El documento incluía a un testigo: Thomas Mercer, padre de Valerie.

Ella acercó la pantalla.

—Mi padre murió nueve meses antes de que firmáramos el acuerdo matrimonial.

Angela buscó los metadatos.

La adenda había sido creada dos semanas después del funeral de Thomas.

La firma del notario pertenecía a Howard Crane.

Pero había otro dato oculto: el archivo original se había abierto por última vez desde la cuenta personal de Robert Blackwood.

Valerie miró hacia la escalera.

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Su suegro decía haber permanecido en silencio por miedo.

Quizá el silencio no había sido su único papel.

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