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Capítulo 06 - El hijo que no llevaba el apellido

Chapter 06 - Capítulo 06 - El hijo que no llevaba el apellido

Diego estaba vivo.

Había recibido un golpe en la cabeza y una dosis de sedante. Camila explicó que lo encontró en un apartamento de la empresa, preparando documentos y un arma. Cuando él descubrió que ella había copiado los archivos de Cumbre Azul, intentó retenerla. Camila mezcló un somnífero en su whisky y lo golpeó con una lámpara cuando se abalanzó sobre ella.

Marta no celebró su ingenio.

—También es un delito —dijo.

—Lo sé.

Camila aceptó declarar.

Antes de empezar pidió ver a un abogado que no hubiera trabajado nunca para los Santoro. También solicitó que Elena recibiera protección independiente de la suya.

—Si me detienen, no quiero que la coloquen con alguien elegido por Ricardo —dijo.

Marta le aseguró que la adolescente tendría una defensora propia. Camila firmó la autorización y después entregó dos teléfonos, una llave de caja fuerte y las contraseñas de cuatro cuentas.

Valerie observó la escena desde el otro lado del cristal. Durante el matrimonio había visto a muchas personas prometer colaboración cuando ya no podían escapar. Camila hacía algo distinto: entregaba primero aquello que podía incriminarla a ella.

—¿Eso significa que debemos confiar? —preguntó Natalie.

—Significa que ha entendido el precio de ser creíble —respondió Marta.

En la caja fuerte apareció un libro de contabilidad que Camila llevaba desde la muerte de Gabriel. No era un registro perfecto. Algunas páginas faltaban y otras contenían correcciones. Pero mostraba pagos a inspectores, transferencias a Lucas y cantidades reservadas para “gestión familiar”.

Una línea se repetía cada diciembre: EDUCACIÓN E.R.

Era el dinero destinado a Elena. Ricardo lo presentaba como ayuda a la hija de un empleado fallecido. En realidad, procedía de dividendos que habrían correspondido a Gabriel si hubiera sido reconocido.

—Hasta su generosidad era una forma de quedarse con lo que pertenecía a otro —dijo Valerie.

Camila asintió.

—Y yo acepté el dinero porque Elena necesitaba escuela, médicos y una casa. No existe una versión de esta historia donde mis manos estén limpias.

Tenía cuarenta y seis años y llevaba diecinueve trabajando para los Santoro. Había empezado como contable junior, cuando Ricardo todavía visitaba las obras y Victoria preparaba cenas para inversores.

—¿Qué quiso decir sobre el verdadero hijo? —preguntó Claire.

Camila miró a Natalie.

—Ricardo tiene otro hijo.

El hombre se llamaba Gabriel Reyes.

Era hermano mayor de Camila, arquitecto, fallecido hacía seis años en un supuesto accidente laboral en Valle Esmeralda. Su madre había trabajado como secretaria de Ricardo durante la juventud.

—¿Ricardo sabía que era su hijo? —preguntó Natalie.

—Sí. Pagó sus estudios y le dio contratos a través de empresas intermedias. Pero nunca lo reconoció.

Gabriel descubrió la contaminación del terreno. Quiso detener la construcción. Ricardo le prometió reconocerlo públicamente y darle participación si permanecía callado.

—¿Aceptó?

—Durante un tiempo —dijo Camila—. Después nacieron dos niños enfermos en la urbanización. Gabriel decidió hablar.

Murió al caer de una plataforma sin barandilla. La investigación culpó a un error suyo.

Camila siempre sospechó. Años después encontró pagos al inspector que cerró el caso.

—¿Diego sabía que Gabriel era su hermano? —preguntó Valerie.

—Lo supo la noche antes del accidente de Arturo.

Aquello cambiaba el motivo.

Arturo no solo llevaba pruebas sobre sobornos y contaminación. También una prueba de ADN que demostraba la paternidad de Gabriel. Si se hacía pública, los herederos de Gabriel podían reclamar acciones y cuestionar decisiones de Ricardo.

—¿Gabriel tenía hijos? —preguntó Natalie.

Camila asintió.

Una hija: Elena Reyes, de quince años.

Vivía con Camila desde la muerte de sus padres.

—¿Dónde está ahora?

Camila bajó la mirada.

Diego la había mandado buscar.

La adolescente desapareció de la escuela esa mañana.

La policía activó una alerta. Las cámaras mostraron a Elena subiendo voluntariamente a un coche conducido por Victoria.

Natalie se puso de pie.

—Mi madre no le haría daño a una niña.

Camila la miró con tristeza.

—Su madre ha protegido a hombres que hicieron daño a muchos niños.

Victoria llamó una hora después.

No habló con la policía. Llamó a Valerie.

—Tengo a Elena —dijo.

—Déjela ir.

—Está segura. Mucho más segura que con Camila.

—¿Qué quiere?

—El cuaderno de Arturo y la tarjeta original de la cámara.

Valerie miró a Marta, que grababa la llamada.

—La policía ya tiene copias.

—Quiero los originales. Y quiero que Natalie vuelva a casa.

Natalie negó con la cabeza.

—No puede obligarla.

—No conoces a mi hija.

—La conozco mejor de lo que usted cree.

Victoria guardó silencio.

—Si implicas a la policía, Elena conocerá la verdad sobre su padre de la peor forma posible.

—Ya la conoce.

La voz de Victoria cambió.

—Entonces Camila ha hablado.

La llamada terminó.

Rastrearon el teléfono hasta una capilla privada propiedad de la familia Santoro. Allí celebraban bautizos, funerales y actos que querían mantener lejos de la prensa.

La policía rodeó el terreno.

Valerie no fue autorizada a acercarse. Natalie insistió en acompañar a Marta porque Victoria había pedido verla.

Dentro encontraron a Elena sentada en un banco, ilesa. Victoria estaba junto al altar con una carpeta.

—No la secuestré —dijo—. Vino conmigo porque quería respuestas.

Elena confirmó que subió al coche voluntariamente. Victoria le había prometido mostrarle una carta de Gabriel.

La carta existía.

En ella, Gabriel afirmaba que Ricardo no ordenó su muerte.

Acusaba a Diego.

Natalie leyó la última línea:

«Si me ocurre algo, no culpen solo a mi padre. Diego sabe que soy su hermano y teme perder lo que cree que le pertenece».

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Diego tenía veinticuatro años cuando Gabriel murió.

Y había estado en la obra aquella mañana.

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