Capítulo 13 - La hija de Diego

Chapter 13 - Capítulo 13 - La hija de Diego
Camila no quería que Elena conociera la verdad todavía.
—Ha perdido demasiado —dijo—. No necesita otro padre muerto en vida.
Elena escuchó la conversación desde el pasillo.
—No vuelvas a decidir por mí —respondió.
La frase paralizó a todos.
Camila se cubrió la boca.
—Quería protegerte.
—Eso dicen todos antes de contar por qué mintieron.
Valerie reconoció la herida.
Elena pidió ver la prueba y los mensajes antiguos. Camila se los entregó. Diego había sabido del embarazo. Afirmó que no podía reconocer a la niña porque destruiría su relación con Valerie y entregaría a Gabriel una posición dentro de la familia.
—¿Gabriel sabía que no era mi padre? —preguntó Elena.
—Sabía que existía una posibilidad —respondió Camila—. Decidió criarte igual.
La adolescente lloró en silencio.
—Entonces él sí fue mi padre.
—Sí.
Elena no quiso hablar con Diego.
Su abogado presentó una solicitud para establecer contacto, argumentando que tenía derecho a conocer a su hija.
La jueza la rechazó. Los derechos biológicos no borraban el riesgo ni la voluntad de una menor suficientemente madura.
Diego envió una carta.
Elena la devolvió sin abrir.
—No quiero que sus palabras entren antes que mis propios recuerdos —dijo.
Camila aceptó responsabilidad por ocultar información y por su papel financiero en Santoro Developments. Colaboró con la investigación, devolvió beneficios y renunció a pedir inmunidad completa.
—¿Podrías ir a prisión? —preguntó Elena.
—Sí.
—¿Y aun así vas a declarar?
—Debería haberlo hecho cuando tu padre vivía.
Por primera vez, la joven la abrazó.
No era perdón. Era miedo compartido sin mentira.
Los días siguientes fueron difíciles. Elena alternaba preguntas precisas con horas de silencio. Quería saber si Diego había estado en su primer cumpleaños, si alguna vez envió dinero por cariño y si Gabriel discutía con Camila por culpa de la relación.
Camila respondió sin fabricar una historia soportable. Diego vio fotografías de Elena, pagó algunos gastos a través de la empresa y preguntó por ella cuando le convenía recordar que existía. Nunca asumió el riesgo de estar presente.
—Entonces no me abandonó una vez —dijo Elena—. Me abandonó muchas veces.
Su terapeuta le explicó que podía sentir curiosidad sin llamarla amor y rabia sin convertirla en identidad. Elena escribió dos listas. En una puso lo que quería saber de Diego. En otra, lo que no estaba dispuesta a permitir.
La segunda lista era más larga.
Valerie la acompañó a visitar la tumba de Gabriel. Elena dejó sobre la piedra una copia de la prueba de ADN doblada dentro de un sobre.
—No porque cambie quién eres —dijo—. Porque tú merecías saber qué estabas eligiendo cuando te quedaste.
Camila se apartó para que la joven tuviera unos minutos sola.
Al volver al coche, Elena preguntó a Valerie por qué había aceptado ver a Diego en mediación.
—Porque necesitaba comprobar si todavía esperaba algo de él.
—¿Y esperabas?
—Una frase que hiciera comprensible lo que hizo. No existe.
Elena miró por la ventana.
—Bien. No quiero perder años buscando la mía.
Natalie presentó su candidatura al consejo provisional de la empresa intervenida. En la entrevista pública, un representante sindical le preguntó por qué los trabajadores debían confiar en otra Santoro.
—No deben hacerlo por mi apellido —respondió—. Deben revisar mi trabajo, limitar mi poder y poder despedirme si repito lo que hizo mi familia.
Consiguió un puesto no ejecutivo con supervisión independiente.
Victoria lo interpretó como traición.
—Estás entregando la empresa a desconocidos —dijo en una llamada autorizada.
—La empresa no era una extensión de nuestra mesa familiar.
—Tu padre la construyó.
—Y la llenó de puertas que solo abrían para nosotros.
Ricardo firmó un acuerdo de cooperación. A cambio de una recomendación de pena menor, cedió activos para compensar a Valle Esmeralda y explicó la red de sobornos.
Victoria se negó a declarar contra Diego.
—Es mi hijo —dijo.
Natalie respondió durante su testimonio:
—Yo también lo era cuando me encerró, me robó y me declaró enferma. Ser hijo solo parecía importar cuando protegía a Diego.
La frase apareció en todos los periódicos.
Valerie continuó con el divorcio.
Diego retrasó el proceso, alegando que las causas penales impedían negociar de buena fe. Claire consiguió separar los asuntos. El juez reconoció fraude matrimonial, violencia y ocultación patrimonial.
La casa, las inversiones y la fundación quedaron fuera de cualquier reparto favorable a Diego.
Él pidió una mediación privada.
Valerie aceptó una última conversación con una mampara de cristal y cámaras.
—¿Alguna vez me quisiste? —preguntó ella.
Diego parecía agotado.
—Sí.
—No te he preguntado si sentiste algo. Te he preguntado si me quisiste.
Él tardó.
—Quería la vida que tenía contigo.
—Eso no es quererme.
—No sabía la diferencia.
Valerie sintió tristeza. No suficiente para acercarse.
—La diferencia es que amar a alguien no te da derecho a reducirlo hasta que quepa en tu miedo.
Diego apoyó la frente en el cristal.
—Elena no quiere verme.
—Respétala por primera vez.
—¿Crees que algún día…?
—No conviertas su futuro en otra cosa que te deben.
Valerie se levantó.
Diego golpeó suavemente la mesa.
—Hay algo que no sabes de tu padre.
Ella se detuvo.
—Ya no funciona.
—Arturo estaba enfermo.
Claire se acercó.
Diego sacó una copia de un informe médico. Arturo tenía un diagnóstico temprano de una enfermedad neurológica. Había ocultado los síntomas.
—Eso no cambia el accidente —dijo Valerie.
—No. Pero cambia por qué llevaba tanta prisa.
El informe incluía una nota: Arturo planeaba transferir toda la fundación a Valerie y revelar públicamente sus investigaciones antes de perder capacidad.
Había otra página.
Un consentimiento para crear un fideicomiso secreto a nombre de una persona llamada Samuel Ortega.
Valerie no conocía a ningún Samuel.
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Claire sí.
Y cuando vio el nombre, comenzó a llorar.