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Capítulo 15 - La mujer a la que Arturo también amó

Chapter 15 - Capítulo 15 - La mujer a la que Arturo también amó

Rosa no negó la relación.

La policía la trasladó desde Nuevo México bajo protección. Llegó sin maquillaje, con el cabello oscuro recogido y las manos ásperas de alguien que había trabajado toda su vida dentro de casas que nunca le pertenecieron.

Valerie la había visto cientos de veces en la mansión Santoro: sirviendo café, cerrando cortinas, retirando platos mientras los demás hablaban como si ella fuera parte del mobiliario.

Nunca imaginó que su padre la esperaba fuera de allí.

—Nos quisimos —dijo Rosa—. Después de que murió tu madre.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Seis años.

Valerie sintió una punzada absurda de traición. Su madre llevaba más de una década muerta cuando comenzó la relación. Arturo no había engañado a nadie.

Aun así, la vida secreta de su padre era otra habitación cuya puerta todos conocían menos ella.

—¿Por qué esconderlo?

Rosa miró hacia el cristal de la sala de entrevistas.

—Porque yo trabajaba para los Santoro y él los investigaba. Si Ricardo lo sabía, me despediría. Si Victoria lo sabía, haría algo peor. Y porque tu padre temía que pensaras que estaba reemplazando a tu madre.

—Yo era adulta.

—Él seguía viéndote como la niña que perdió a su madre.

Valerie cerró los ojos.

—Eso no justifica nada.

—No.

Rosa nunca pedía absolución antes de contar una verdad. Tal vez por eso resultaba más fácil escucharla.

Arturo y ella se conocieron en la cocina de la mansión, durante una cena. Rosa oyó a Ricardo hablar de una inspección comprada. Semanas después, buscó a Arturo y le entregó una copia de un recibo. La colaboración se convirtió en amistad y después en amor.

—¿Iban a casarse? —preguntó Samuel.

Rosa sonrió con tristeza.

—Íbamos a dejar de escondernos. Para nosotros ya era bastante.

La noche del accidente, Arturo llamó a Rosa desde el coche. Le dijo que llevaba las pruebas y que después hablaría con Valerie.

—Oí otro motor —continuó Rosa—. Luego una discusión por el manos libres. Diego gritaba que se detuviera.

La llamada se cortó.

Rosa condujo hacia la carretera, pero Victoria la llamó antes de que llegara. Le dijo que Arturo había sufrido un accidente y que si aparecía, acusarían a Rosa de haberlo distraído mientras conducía.

—¿Por qué la creyó?

—Porque también dijo que publicarían fotografías nuestras y convertirían su muerte en un escándalo. Yo pensé en ti.

Valerie se levantó.

—Otra vez alguien pensó en mí y decidió callar.

—Sí.

Rosa soportó la rabia sin defenderse.

—Llegué a la carretera cuando ya retiraban el coche. Vi a Diego y a Ricardo. Tomé la fotografía. Después guardé todo lo que pude durante años.

—¿Por qué no me lo entregó?

—Intenté acercarme en el funeral. Diego no se separó de ti. Lucas me advirtió que mis hijos perderían las becas y que yo sería acusada de robo. Fui cobarde.

Valerie recordó la mujer silenciosa que le sirvió café después del funeral. Quizá Rosa había esperado una oportunidad. Quizá Valerie, hundida en el dolor y rodeada por los Santoro, no habría podido verla aunque la tuviera delante.

—¿Usted puso la cámara en el comedor? —preguntó Marta.

—Ayudé a Natalie. Ella compró el equipo.

—¿Y la tarjeta debajo de la mesa?

—Había una copia de emergencia. Lucas sabía que algunas cenas se grababan para seguridad, pero no dónde se guardaba la memoria.

Rosa entregó otra prueba: un audio de Victoria hablando con el jefe de seguridad la tarde del incendio.

—No quiero muertos —decía Victoria—. Ricardo quiere asustarlas. Asegúrate de que los rociadores funcionen.

Eso demostraba que Victoria conocía el plan y no lo detuvo.

—¿Por qué conservarlo? —preguntó Natalie.

—Porque quería que un día supieras que tu madre pudo elegir otra cosa.

Natalie bajó la cabeza.

El juicio de Victoria comenzaría en dos semanas. Rosa aceptó testificar.

Los abogados de la defensa filtraron la relación con Arturo. Insinuaron que Rosa había fabricado pruebas para vengarse de una familia que impidió que se quedara con la fortuna Ortega.

Valerie respondió mediante una declaración sencilla:

«Mi padre tuvo derecho a amar después de enviudar. Rosa Molina no reclama su patrimonio. Reclama que se escuche lo que vio».

La frase cerró parte del escándalo, pero abrió otra conversación dentro de Valerie.

Durante años había creído que conocer a una persona significaba poseer todas sus historias. Ahora entendía que Arturo podía haberla amado y, al mismo tiempo, haber sido un hombre con miedo, deseo y secretos.

No necesitaba volverlo perfecto para llorarlo.

Samuel y Rosa visitaron juntos la tumba donde finalmente habían enterrado parte de las cenizas de Arturo. Valerie fue con ellos.

Rosa dejó una rama de romero.

—Decía que las flores compradas eran demasiado fáciles —explicó.

Valerie sonrió.

Su padre decía lo mismo.

Aquel pequeño recuerdo compartido hizo más real la relación que todas las fotografías.

Al marcharse, Rosa le entregó un último sobre.

Arturo lo había escrito para ella, pero nunca llegó a dárselo.

Dentro no había información sobre los Santoro.

Había un proyecto de vida: una casa pequeña cerca de Santa Fe, una biblioteca para niños y dos habitaciones reservadas “por si Valerie y Samuel deciden alguna vez visitarnos al mismo tiempo”.

Valerie lloró en el coche.

No por la casa que no existió.

Por descubrir que su padre había imaginado una familia donde nadie necesitaba permanecer escondido.

Esa noche, Claire llamó con noticias del juicio.

La defensa de Victoria había añadido un testigo inesperado.

Ricardo declararía a favor de su esposa.

Después de confesar contra ella, estaba dispuesto a cambiar su versión.

—¿Por qué? —preguntó Valerie.

Claire tardó en responder.

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—Porque Victoria tiene una copia de algo que podría enviar a Diego a prisión de por vida.

Y Ricardo sigue intentando salvar a su hijo.

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