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Capítulo 03 - El sobre de Toledo

Chapter 03 - Capítulo 03 - El sobre de Toledo

Irene insistió en conducir. Salieron de Madrid antes de las ocho, con el cielo cubierto y una llovizna fina que convertía la autopista en una cinta gris. Claire había dormido poco. Cada vez que cerraba los ojos veía la taza volcada, pero ya no recordaba el calor del café: recordaba la expresión tranquila de Vanessa.

Eso era lo que más miedo le daba.

El coche negro apareció cerca de Aranjuez. Se mantuvo a dos vehículos de distancia durante veinte kilómetros. Irene no aceleró ni hizo movimientos bruscos.

—Una restauradora de manuscritos aprende dos cosas —dijo—: a tener paciencia y a detectar cuándo alguien intenta mirar por encima de su hombro.

Tomó una salida secundaria, atravesó un polígono industrial y volvió a la carretera por otra incorporación. El coche no reapareció.

El despacho de Esteban Luján ocupaba la primera planta de un edificio antiguo frente a una plaza silenciosa. El notario tenía setenta años, cejas espesas y manos de pianista. Al ver a Claire, no sonrió.

—Se parece usted a su padre cuando estaba decidido a no escuchar.

Claire no sabía si aquello era un saludo o un reproche.

Luján cerró la puerta con llave y colocó sobre la mesa un sobre amarillento con el sello de Lucía. No se lo entregó de inmediato.

—Su tía me pidió que esperara hasta que usted abandonara voluntariamente la casa de los Alcázar o hasta que cumpliera treinta y cinco años. Temía que leyera esto bajo presión.

—¿Qué sabía Lucía de Daniel?

—Más de lo que consiguió demostrar.

Dentro había una carta, una llave pequeña y una fotografía. En la imagen aparecían Lucía, el padre de Claire y un hombre joven a quien Claire reconoció como Julián Alcázar, padre de Daniel y Vanessa. Los tres estaban frente a una finca cubierta de viñedos.

La carta comenzaba con una frase sencilla:

“Claire, si estás leyendo esto, por fin has dudado de la persona correcta”.

Lucía explicaba que la finca de la fotografía, La Umbría, no pertenecía a los Alcázar, aunque ellos la explotaban desde hacía veintiséis años. El padre de Claire había financiado su rescate después de una quiebra. A cambio recibió el cuarenta y uno por ciento de Bodegas Alcázar y una opción preferente sobre los terrenos.

Tras su muerte, las acciones pasaron a Lucía.

—Y luego a mí —murmuró Claire.

Luján asintió.

Daniel no se había casado con una mujer rica por casualidad. Se había casado con la propietaria silenciosa de casi la mitad de la empresa de su familia.

Claire siguió leyendo.

Lucía había sospechado que Julián preparaba la venta de La Umbría a un fondo inmobiliario. La operación solo podía cerrarse si Claire cedía sus derechos. Por eso los poderes, las firmas, la insistencia de Vanessa y la transferencia a Vega del Alba.

—¿Quién está detrás de esa sociedad? —preguntó Irene.

El notario abrió una carpeta.

—Formalmente, un abogado de Valencia. En realidad, no lo sé. Lucía creía que era Julián.

La llave pertenecía a una caja de seguridad en una antigua bodega de Toledo. Según la carta, allí se guardaban libros contables que podían probar que los Alcázar habían desviado beneficios durante años.

Claire dobló la carta con cuidado.

—¿Por qué Lucía no denunció?

Luján apartó la mirada.

—Porque enfermó. Y porque alguien la convenció de que usted ya estaba enamorada de Daniel. Temía que, si intervenía sin pruebas, usted la apartara.

La culpa le llegó a Claire como una punzada. En los últimos meses de vida de Lucía, ella había rechazado varias llamadas. Daniel decía que su tía intentaba controlar la relación, que no soportaba verla feliz.

Había confundido aislamiento con protección.

El notario le entregó otro documento.

Era una copia del poder notarial con el que Daniel había administrado las participaciones. La firma de Claire parecía auténtica, pero la fecha correspondía al 14 de septiembre de seis años atrás.

Claire palideció.

Ese día estaba ingresada en una clínica de Lisboa tras una reacción alérgica durante su luna de miel. No podía haber firmado en Madrid.

—¿Quién certificó esto?

Luján señaló un nombre.

Ramiro Montalbán, notario asociado a la familia Alcázar, jubilado hacía dos años.

Claire sacó su teléfono para fotografiar el documento. En ese momento llamaron tres veces a la puerta.

Luján no se movió.

—No espero a nadie.

Una voz masculina habló desde el pasillo.

—Claire, sé que estás dentro.

Era Daniel.

Irene se levantó, pero Claire permaneció sentada. Ya no sentía el temblor de la mañana anterior. Solo una tristeza pesada, antigua.

Daniel insistió.

—Mi padre viene de camino. Tienes que escucharme antes de que llegue.

Luján miró a Claire.

—Hay una salida por el archivo.

Claire guardó la carta y la llave. Antes de marcharse, se acercó a la puerta.

—¿Por qué debería escucharte?

Del otro lado hubo un silencio.

—Porque Vanessa no es quien crees —respondió Daniel—. Y porque el café de ayer no era para ti.

Claire sintió que el aire del despacho se volvía más frío.

—¿Para quién era?

Daniel bajó la voz.

Antes de abandonar el despacho, Luján mostró a Claire el registro de intentos de acceso al sobre. Vanessa había presentado una autorización con un sello casi perfecto, pero cometió un error: escribió el segundo apellido de Lucía sin tilde, tal como aparecía en una base de datos antigua de los Alcázar. El detalle parecía insignificante y, sin embargo, revelaba de dónde había salido la falsificación.

Claire pensó en cuántas veces la verdad sobrevivía gracias a una minucia que el poderoso consideraba irrelevante. Una tilde, una hora, una cámara olvidada, la memoria de una empleada. Quizá por eso Daniel insistía tanto en controlar cada cosa pequeña: sabía que las grandes mentiras se rompían por los bordes.

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—Para mi padre.

Y en ese instante, alguien empezó a golpear la puerta desde la escalera.

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