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Capítulo 17 - Ciento veinte nóminas

Chapter 17 - Capítulo 17 - Ciento veinte nóminas

El regreso a Madrid fue una carrera contra el tiempo.

Teresa reunió a economistas, auditores y representantes laborales. Carmen activó una reserva de la fundación, pero usarla para pagar las nóminas podía alimentar la acusación de que Claire mezclaba patrimonios. Había que encontrar una vía legal antes del viernes.

Julián apareció en televisión.

Habló desde La Umbría, con las viñas detrás y varios trabajadores a su alrededor. No mencionó las investigaciones. Dijo que “conflictos hereditarios ajenos a la actividad empresarial” habían bloqueado las cuentas.

No pronunció el nombre de Claire, pero el periódico lo hizo por él.

A media tarde, las redes mostraban su fotografía junto a titulares sobre empleos en peligro. Frente a la mansión aparecieron reporteros. Vanessa continuaba bajo investigación, Daniel estaba en prisión provisional y Julián se presentaba como el único adulto responsable.

—Conoce la fuerza de una historia sencilla —dijo Irene—. Anciano empresario, empleos humildes, heredera caprichosa.

Claire observó la entrevista sin sonido.

Durante seis años Daniel había construido el personaje de una mujer incapaz de gestionar. Julián ahora lo exhibía ante todo el país.

Mercedes llamó a su cuñado Tomás, antiguo jefe de producción de la bodega. Lo despidieron tres años antes después de cuestionar la venta de varias cosechas por debajo del precio de mercado.

Tomás conservaba copias de albaranes. Demostraban que Bodegas Alcázar vendía vino a una distribuidora intermediaria controlada por Álvaro Vega. La empresa revendía el producto con un margen enorme.

La bodega no era inviable. La estaban vaciando.

Teresa solicitó la administración judicial temporal y propuso un préstamo puente garantizado por activos de L47, sin transferir dinero a la empresa. Claire firmó después de leer cada página.

Era la primera vez que su nombre aparecía en una operación importante por decisión propia.

El juez autorizó una cantidad limitada para cubrir salarios mientras se revisaban las cuentas. Julián reaccionó convocando una junta extraordinaria para destituirla del consejo.

Claire decidió acudir a La Umbría.

Cuando llegó, una treintena de trabajadores esperaba en el patio. Algunos guardaban silencio. Otros llevaban carteles impresos por el sindicato local. Una mujer de unos cincuenta años gritó que su marido llevaba toda la vida en la bodega y no podía pagar las mentiras de los ricos.

Claire se acercó sin guardaespaldas.

—Tiene razón —dijo—. No deberían pagarlas.

La mujer pareció desconcertada.

Claire explicó lo que podía explicar sin perjudicar la investigación: había fondos desviados, ventas fraudulentas y documentos falsos. Mostró la resolución que garantizaba las nóminas. No pidió confianza.

—Solo les pido cuarenta y ocho horas para enseñarles las cuentas.

Tomás abrió los libros en el comedor de empleados. Durante dos días, Claire escuchó a enólogas, administrativos, temporeras y transportistas. Descubrió contratos absurdos, maquinaria alquilada a empresas de Julián y dietas de directivos mayores que el presupuesto de seguridad.

También conoció a Pilar Sanz, encargada de embotellado desde hacía veintinueve años. Tenía cincuenta y seis y una forma de hablar que convertía cada frase en una decisión.

—La empresa puede vivir —dijo—. Lo que no puede es seguir pagando tres familias de lujo con el trabajo de una.

Pilar propuso crear un consejo laboral y renegociar la deuda con participación de los empleados. Claire pensó en la caja de resistencia de Celia, nacida décadas atrás para proteger precisamente a aquellas personas.

Tal vez la salida no era vender ni conservar el poder, sino repartirlo.

La junta comenzó el viernes.

Julián presentó un informe donde acusaba a Claire de dañar la reputación de la bodega. Varios socios menores lo apoyaron. Claire respondió con el análisis de Tomás y la propuesta de administración compartida.

Entonces entró un representante del fondo inmobiliario.

No era Álvaro Vega.

Era una mujer llamada Nuria Santamaría, abogada de una sociedad suiza. Aseguró que su cliente ya había pagado una señal de cinco millones por La Umbría y exigiría daños si la venta no se cerraba.

Teresa pidió ver el contrato.

La firma de Claire figuraba en la última página.

La fecha era de tres semanas atrás.

Esta vez la firma no parecía una copia ni una imitación. El certificado digital era válido y la operación se había autorizado desde el teléfono personal de Claire.

Todos la miraron.

Claire recordó la noche en que Daniel insistió en actualizar su móvil “por seguridad”. Había tenido el aparato durante dos horas.

—No firmé esto.

Nuria mostró un vídeo de verificación. Una mujer rubia aparecía frente a la cámara y pronunciaba el consentimiento. La imagen era borrosa, pero el rostro se parecía al de Claire.

Pilar la observó con decepción.

Julián se levantó lentamente.

—Ya veis el problema —dijo—. Ni siquiera recuerda lo que firma.

Teresa pidió suspender la junta. En ese momento, Pablo envió un mensaje a Claire.

“Yo conozco a la mujer del vídeo”.

Adjuntó una fotografía de una actriz desconocida junto a Vanessa y Barrena.

Pilar enseñó a Claire una libreta donde las empleadas anotaban incidencias que nunca llegaban al consejo: guantes insuficientes, turnos modificados, una máquina que fallaba desde hacía meses. Las cantidades eran pequeñas frente a los millones desviados, pero afectaban cada jornada.

—El dinero grande roba titulares —dijo Pilar—. El pequeño roba espalda, tiempo y sueño.

Claire pidió que la libreta formara parte de la reunión. No quería repetir la costumbre familiar de atender solo los secretos espectaculares mientras la vida cotidiana seguía decidiéndose lejos de quienes la soportaban.

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Pero debajo escribió algo peor:

“No la contrató mi madre. La contrató Daniel”.

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