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Capítulo 13 - Lo que Lucía no pudo explicar

Chapter 13 - Capítulo 13 - Lo que Lucía no pudo explicar

Elena pidió salir de la residencia para declarar. La directora y su psiquiatra consideraron que estaba orientada y podía hacerlo con acompañamiento. Llegó al despacho de Teresa vestida con un abrigo azul de Isabel, incómoda ante la atención de todos.

No buscó la mano de Claire.

—No quiero pedirte perdón antes de contarte la verdad —dijo—. Sería otra forma de obligarte a cuidarme.

Siete años atrás, Lucía descubrió que Julián planeaba impugnar el testamento alegando que ella estaba incapacitada por la enfermedad. Si lo conseguía, las acciones de La Umbría volverían al control de los Alcázar.

Lucía necesitaba trasladarlas rápidamente a Claire.

El poder firmado en Lisboa debía ser limitado: permitía aceptar la herencia y bloquear cualquier venta. Elena autorizó el trámite como representante de un fideicomiso familiar, convencida de que protegía a su hija.

—Vanessa sustituyó el documento —explicó—. El que firmaron con tu huella no era el que Lucía preparó.

—¿Lucía sabía que Daniel estaba implicado?

—Sospechaba de Julián. Confiaba en que Daniel terminaría enfrentándose a él.

Claire pensó en su tía, una mujer inteligente que había cometido el error más común de las personas fuertes: creer que podría controlar una situación inmoral mediante cláusulas cuidadosas.

Elena se enteró de la sustitución meses después. Quiso hablar, pero Julián amenazó con cerrar la residencia y hacer pública la identidad de Claire en medio de la boda.

—Me convencí de que callaba por ti —dijo—. En realidad, también callaba porque me avergonzaba que supieras quién era.

Claire respiró despacio.

—No me destruyó tener dos madres. Me destruyó que todos creyerais que yo no podía soportarlo.

Elena aceptó la frase sin defenderse.

La búsqueda de Barrena y Carmen continuaba. La policía localizó el coche del médico cerca de una estación de servicio, vacío. No había indicios de violencia en la casa de Carmen, pero faltaban documentos del archivador.

Pablo reapareció esa tarde.

Entró en la comisaría de Toledo acompañado por un abogado de protección de menores y entregó el libro rojo. Estaba ileso, aunque agotado. Había pasado dos noches en una antigua vivienda de trabajadores que Luján conservaba cerca de la bodega.

Vanessa lo había llamado treinta y cuatro veces.

Claire lo vio en una sala reservada. Pablo tenía los ojos de su madre, pero no su dureza. Colocó el libro sobre la mesa.

—No quería que me encontraran antes de copiarlo.

Había fotografiado cada página y enviado copias cifradas a tres personas: Luján, un profesor y Mercedes. La precaución de un muchacho había conseguido lo que tres generaciones de adultos no hicieron.

El libro registraba los fraudes históricos, los pagos a Celia y las operaciones recientes. Una página había sido arrancada. Pablo aseguró que ya faltaba cuando lo encontró.

—Mi madre la buscaba —dijo—. Por eso fue a la caja.

Los mensajes de Vanessa revelaban que alguien la chantajeaba desde hacía meses. El remitente exigía transferencias y amenazaba con entregar la página ausente a la policía.

Las iniciales del chantajista eran R.B.

Ramiro Barrena.

El médico no trabajaba para los Alcázar por lealtad, sino porque había descubierto el fraude de Lisboa y lo convirtió en una fuente de ingresos. Años después empezó a exigir más. Vanessa desvió dinero para pagarle. Daniel cubrió los agujeros. Julián creyó que sus hijos lo traicionaban.

El sistema entero se alimentaba de un secreto inicial y de los nuevos delitos cometidos para mantenerlo.

—¿Dónde puede estar Barrena? —preguntó Teresa.

Pablo recordó una conversación. Su madre mencionó una casa cerca del embalse de Santa Teresa, propiedad de Álvaro Vega. La policía salió hacia allí.

Claire quiso acompañarlos, pero Teresa se negó. La verdad no necesitaba que ella se expusiera para ser válida.

Esa noche, Barrena llamó de nuevo.

No pidió hablar con Claire. Pidió hablar con Elena.

La voz de Elena no tembló.

—Ramiro, entrega a Carmen.

—Carmen vino voluntariamente —respondió él—. Quería comprar la página.

Elena frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque esa página no prueba que Julián matara a Mateo. Prueba quién iba en el coche con él la noche del accidente.

Claire sintió un vacío en el estómago.

—¿Quién? —preguntó.

Barrena soltó una risa cansada.

—Lucía.

Elena cerró los ojos.

Según el médico, la tía que había dedicado su vida a proteger la memoria de Mateo estuvo presente cuando murió y nunca lo contó.

Antes de cortar, Barrena envió una fotografía de la página arrancada.

En la parte inferior aparecía una anotación de puño y letra de Lucía:

Pablo contó que aprendió a hacer copias porque Vanessa revisaba su habitación desde niño. Al principio escondía diarios; después, contraseñas y documentos. Hablaba sin dramatismo, como si describiera una costumbre doméstica.

Claire sintió una responsabilidad extraña hacia él, pero se obligó a no convertirla en posesión. Ayudar a un adolescente no significaba decidir su futuro. Le preguntó qué necesitaba. Pablo respondió que quería dormir una noche sin escuchar coches en la carretera. Luján consiguió una habitación segura y nadie le pidió más valentía de la que ya había mostrado.

Luján quiso disculparse con Pablo por haber tardado en reconocerlo públicamente como nieto. El muchacho respondió que no necesitaba una ceremonia, sino un lugar donde sus decisiones no fueran examinadas como traiciones.

El notario entendió el reproche. Había pasado la vida protegiendo documentos y descuidado a las personas a las que pertenecían. Prometió no convertir la nueva convivencia en otra deuda. Pablo aceptó ir con él solo durante unas semanas. La posibilidad de revisar el acuerdo fue la condición que más seguridad le dio.

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“Yo conducía”.

Y de pronto, la mujer que Claire recordaba como guardiana de la verdad quedó situada en el centro de la mentira más antigua.

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