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CAPÍTULO 2: EL HOMBRE QUE LLEGÓ TARDE

Mi padre no me sacó de la piscina enseguida.

No porque dudara, sino porque durante unos segundos pareció incapaz de tocarme sin romperse por dentro. Fue don Mateo, su chófer de toda la vida, quien se quitó la chaqueta y se arrodilló junto al borde. A sus setenta años, con las manos llenas de venas y una dignidad antigua, me tendió el brazo.

—Vamos, señorita Clara. Despacio.

Nadie me llamaba así desde que tenía diecisiete años.

Cuando salí, el vestido me pesaba como si arrastrara toda la casa. Una camarera joven me cubrió los hombros con una toalla antes de que Beatriz pudiera impedirlo. Noté su mano temblar al rozarme la espalda. Quizá de miedo. Quizá de rabia. A veces las mujeres que sirven en silencio ven más verdad que los invitados que brindan en voz alta.

Mi padre me miraba la mejilla.

—¿Te ha pegado?

Álvaro soltó una risa seca.

—Esto es absurdo. Se ha caído. Hay mucha gente que lo ha visto.

—No —dijo alguien desde atrás.

La voz era baja, pero cruzó la terraza.

Me giré. La camarera que me había cubierto seguía junto a la mesa de bebidas, con los dedos apretados alrededor de una bandeja vacía. Tendría poco más de veinte años. Pelo recogido, uniforme negro, ojos grandes de quien sabe que va a pagar por hablar.

—Yo vi cómo la empujaba.

El silencio que siguió no fue compasivo. Fue incómodo. En las familias ricas, la verdad dicha por una camarera siempre parece una falta de educación.

Beatriz sonrió.

—Marina, querida, estás nerviosa. Vuelve dentro.

La chica no se movió.

—También vi lo de antes, detrás de los cipreses.

Álvaro se puso pálido.

Mi padre giró la cabeza hacia él.

—Entrega la copa.

—¿Perdón?

—La copa.

No sé por qué aquella orden le asustó más que cualquier grito. Quizá porque Esteban Salvatierra nunca levantaba la voz cuando de verdad estaba decidido. Álvaro dejó la copa en la mesa. Don Mateo la envolvió con una servilleta blanca sin que nadie se lo pidiera.

—Llamad a seguridad —ordenó mi padre.

—Seguridad ya está aquí —dijo Beatriz.

Y entonces vi que los dos hombres de traje oscuro situados junto a las puertas no miraban a mi padre. La miraban a ella.

Aquella fue la primera grieta real.

Durante años, yo había imaginado a Beatriz como una segunda esposa fría, una mujer demasiado elegante para la ternura, pero no peligrosa. Había entrado en nuestras vidas cuando mi madre aún estaba enferma, presentada como amiga de la familia, asesora de fundación, una viuda discreta que sabía organizar patronatos y cenas sin que nadie notara el esfuerzo.

Mi madre nunca confió en ella.

Yo sí.

Tenía quince años y necesitaba que alguien me dijera que todo iría bien. Beatriz lo hizo. Me llevó a comprar zapatos para el funeral. Me enseñó a contestar llamadas de pésame. Me explicó que mi padre estaba “destrozado de una forma masculina”, como si eso justificara que dejara de entrar en mi habitación.

Después, cuando cumplí veinte, me dijo que mi madre había dejado una carta.

La carta era breve. Decía que yo debía alejarme de la casa, estudiar fuera, no remover las cuentas de la fundación, no molestar a mi padre con preguntas que solo alargarían su culpa. La firma era de mi madre. Yo la había reconocido porque quería reconocerla.

Esa noche, empapada frente a la piscina, empecé a odiarme por ello.

Mi padre se quitó la chaqueta y me la puso sobre los hombros. Olía a tabaco frío y a madera noble, el olor de su despacho de cuando yo era niña.

—Ven conmigo.

—No —intervino Beatriz—. Clara necesita descansar. Está alterada y todos lo han visto.

—He visto a mi hija en el agua con un golpe en la cara —dijo él—. Lo demás lo decidirá un médico.

—Un médico amigo tuyo, claro.

Mi padre la miró por primera vez.

—No tientes a la suerte, Beatriz.

Ella dejó de sonreír.

Los invitados empezaban a murmurar con otra energía. Ya no grababan una humillación. Grababan el inicio de una guerra doméstica, y eso, en ciertos círculos, resulta todavía más apetecible.

Álvaro intentó retroceder hacia el jardín.

Don Mateo se colocó delante de él.

—Por ahí no, caballero.

—¿Quién se cree usted que es? —dijo Álvaro.

—El hombre que cambió pañales a la señorita Clara cuando su padre no sabía ni calentar un biberón.

Alguien tosió para ocultar una risa.

Yo no pude reír. Me dolía la mejilla, los pulmones, la infancia entera.

Mi padre me llevó hacia la biblioteca de la planta baja. Al pasar junto a Beatriz, ella me agarró la muñeca con sus dedos helados.

—No sabes lo que estás haciendo.

—No —respondí—. Pero creo que tú sí.

Su mirada bajó a la chaqueta de mi padre sobre mis hombros. Apretó los labios.

En la biblioteca, el ruido de la fiesta llegó amortiguado, como si la casa supiera guardar secretos en sus estanterías. Mi padre cerró la puerta. Don Mateo se quedó dentro con nosotros. Marina, la camarera, fue conducida por otra empleada hasta un sillón cercano. Lloraba sin hacer ruido.

—Quiero cámaras —dijo mi padre.

Don Mateo sacó el teléfono.

—Las del jardín están caídas desde las ocho y diez.

—¿Todas?

—Las exteriores. Las internas funcionan.

Mi padre no maldijo. Ese era su modo de asustar.

—Beatriz.

Yo me senté en el sofá, abrazada a la chaqueta. El vestido mojado goteaba sobre la alfombra persa. Durante un instante pensé en mi madre regañándome por estropearla y ese pensamiento casi me hizo llorar.

—Papá —dije, y la palabra nos golpeó a los dos—. Beatriz acaba de decir que si me defendías tendrías que contarme por qué me apartaste de mi madre.

Él cerró los ojos.

Don Mateo bajó la mirada.

Marina, desde el sillón, levantó la cabeza.

—Yo no sé nada de eso —susurró—. Pero sé una cosa.

Mi padre la miró.

—Antes de que él la empujara, la señora Beatriz le dio algo al señor Álvaro.

—¿Qué?

Marina metió la mano en el bolsillo del delantal y sacó una cadena rota, fina, de oro antiguo. En el extremo colgaba una medalla pequeña con la inicial C grabada.

Se me detuvo el corazón.

Era la medalla de mi madre.

La que supuestamente había desaparecido la noche de su muerte.

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Y Marina dijo:

—Se le cayó del bolsillo al señor Rivas cuando levantó la mano contra usted.

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