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Capítulo 06 - La mujer de la manicura roja

Capítulo 06 - La mujer de la manicura roja

Claire no contestó al mensaje.

Aprendió con Daniel que el primer impulso siempre era el más vulnerable. Si respondía, si exigía, si suplicaba una explicación, le daría a la persona de la manicura roja justo lo que buscaba: prisa.

Hizo una captura. Guardó el número. Mandó todo a Carmen.

La respuesta llegó a los dos minutos:

“No llames. Ven mañana. Trae café. Esto huele a muerto antiguo.”

A Claire casi se le escapó una risa, pero se le quedó en la garganta.

Al día siguiente, Carmen abrió la puerta con un kimono azul sobre el pijama y el pelo blanco recogido en un moño torcido. En su salón había expedientes viejos, periódicos recortados y una lupa sobre la mesa. Parecía menos una jubilada que una detective cansada de explicar obviedades.

—La manicura roja puede ser Vanessa —dijo Claire.

—Puede —contestó Carmen—. Pero Vanessa no escribiría “tu padre”. Diría “el viejo” o alguna vulgaridad elegante. Esa frase quiere que mires atrás.

Miraron.

Julián Rebollo no había sido solo librero. Antes de abrir su tienda en Granada había trabajado veinte años llevando contabilidad para editoriales pequeñas y fundaciones culturales. Entre sus papeles, Claire encontró una carpeta gris que nunca había abierto. Dentro había recibos de una fundación llamada Santa Aurelia, vinculada a la familia Montero.

—Mi padre trabajó para ellos —susurró Claire.

Carmen alzó la vista.

—¿Antes de que tú conocieras a Daniel?

—Mucho antes.

La fundación Santa Aurelia figuraba en las cenas benéficas de Gloria, en las fotos de sociedad, en los discursos sobre arte y educación. Claire había asistido a tres galas con vestido prestado por su suegra, sonriendo junto a mujeres que hablaban de caridad con diamantes en las muñecas.

Pero los recibos de Julián hablaban de otra cosa: pagos duplicados, becas que nunca llegaron a estudiantes reales, donaciones desviadas a sociedades pantalla.

Y un nombre repetido al margen con la letra de su padre:

G. Cárdenas.

Gloria Cárdenas.

Claire sintió que el aire se espesaba.

—Mi padre sabía algo de Gloria.

Carmen se quitó las gafas.

—Y puede que por eso no le gustara Daniel.

Esa tarde, Claire volvió a casa antes de lo previsto. Daniel estaba en el despacho, hablando bajo por teléfono.

—No, ella no tiene esos papeles. Su padre era un pobre hombre, no un mártir… Pues busca mejor… No quiero sorpresas antes de la cena de aniversario.

Claire se quedó inmóvil al otro lado de la puerta.

Cena de aniversario.

Daniel había insistido en celebrarla con toda la familia, pese a que hacía meses que no compartían una cama. Gloria había dicho que era importante “dar imagen de estabilidad”. Vanessa había prometido encargarse de los centros de mesa.

Ahora Claire entendía: no querían celebrar un matrimonio. Querían representar una obra.

Y ella era el personaje destinado a desaparecer en el tercer acto.

Subió al dormitorio y abrió el armario donde guardaba los documentos de su padre. La carpeta gris ya no estaba.

No gritó.

Revisó cajones, cajas, maletas. Nada.

Entonces recordó las cámaras.

En la grabación del pasillo, a las 12:41 del mediodía, Vanessa entraba en el dormitorio con una llave. No iba sola. Gloria esperaba detrás, vigilando la escalera.

Vanessa salía tres minutos después con la carpeta gris bajo el brazo.

Claire observó la imagen cinco veces.

En la sexta, vio algo más: Vanessa no tenía manicura roja. La llevaba francesa.

Gloria tampoco. Sus uñas estaban desnudas, impecables.

La mano del mensaje pertenecía a otra mujer.

Esa noche, cuando Daniel se durmió en el cuarto de invitados, Claire recibió un segundo mensaje.

“Tu padre me salvó una vez. Ahora me toca a mí. Revisa el marco de la foto familiar.”

Claire bajó al salón descalza.

La foto familiar estaba sobre el piano: Daniel, Gloria, Andrés, Vanessa y ella, todos vestidos de gala, todos fingiendo pertenecer al mismo mundo.

Al levantar el marco, cayó un papel doblado.

Era una dirección de Lavapiés.

Y un nombre escrito con tinta roja:

Inés Salvatierra no era todavía un rostro, pero empezó a ocupar la casa como una presencia. Claire veía la manicura roja en la pantalla del móvil cada vez que Daniel le hablaba con falsa ternura. La imaginaba joven, vieja, cómplice, enemiga. Una mujer que conocía a Julián y también a Gloria no podía ser casual.

La desaparición de la carpeta gris cambió la temperatura de la casa. Daniel silbaba por los pasillos. Gloria mandó cambiar las flores por hortensias azules, como si el orden floral pudiera borrar el robo. Vanessa apareció con un perfume nuevo, demasiado dulce, y al besar a Claire en la mejilla susurró: “Tienes mala cara”. Claire sonrió. A veces la educación es un cuchillo que no enseña la hoja.

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Aquella noche, al revisar la grabación, Claire no se fijó solo en Vanessa entrando al dormitorio. Miró el modo en que Gloria le entregaba la llave. No era una llave tomada al azar. Era una copia antigua, guardada, esperada. Comprendió que en esa casa no había invasiones improvisadas, sino permisos secretos. Su intimidad llevaba años teniendo duplicados.

Inés Salvatierra.

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