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Capítulo 17 - La librería de Granada

Capítulo 17 - La librería de Granada

La librería Rebollo seguía oliendo a papel, polvo limpio y café recalentado.

Claire no entraba desde el entierro de su padre. Había pagado el alquiler del local durante dos años sin atreverse a venderlo ni a reabrirlo. Decía que era por trámites, por falta de tiempo, por la vida en Madrid. Mentiras pequeñas para tapar una verdad grande: temía encontrar a su padre en cada estantería y no poder marcharse.

Llegó a Granada al amanecer con Carmen, Inés y Andrés. El inspector había avisado a la policía local, pero Gloria se movía en los espacios donde la ley siempre llega un minuto tarde.

La persiana estaba levantada.

Claire se quedó inmóvil frente a la puerta.

—Ella está dentro —dijo.

No era intuición. Era memoria. Gloria había encendido la lámpara del mostrador, la misma que Julián usaba para leer facturas. Aquello no era una huida. Era una profanación.

Entraron despacio.

Gloria estaba detrás del mostrador con una caja abierta. Llevaba guantes de cuero y el pelo impecable pese al viaje. Sobre la mesa había libros antiguos, papeles, sobres, fotografías.

Cuando vio a Claire, sonrió.

—Tu padre era más ordenado que tú.

Claire sintió que algo feroz le subía por la garganta. Carmen dio un paso, pero Claire levantó una mano.

—No.

Gloria sostuvo un cuaderno negro.

—Buscaba esto.

Inés aspiró.

—El libro de cuentas de Julián.

—No lo llamaría así —dijo Gloria—. Lo llamaría fantasías de un hombre resentido.

Andrés avanzó.

—Mamá, se acabó.

Gloria lo miró como si fuera un mueble defectuoso.

—Tú siempre fuiste débil. Tu padre te contagió esa manía de sentir culpa.

—No es culpa. Es vergüenza.

Por primera vez, la frase lo hizo temblar a él, no a ella.

Claire miró el cuaderno. No intentó arrebatárselo. Gloria esperaba una pelea, una escena que pudiera convertir en relato: la nuera histérica, la hija del contable, la mujer marcada que pierde los nervios.

Claire no le daría esa última mentira.

—Quédeselo —dijo.

Gloria parpadeó.

—¿Perdón?

—Quédeselo. Si cree que aún puede salvarse quemando papeles, hágalo.

Gloria apretó el cuaderno contra el pecho.

—No sabes perder.

—No —respondió Claire—. Estoy aprendiendo a no jugar.

Carmen sonrió apenas.

En ese momento, Teresa salió de la trastienda.

Gloria se volvió como si hubiera visto un fantasma.

—¿Tú?

Teresa llevaba en las manos una caja de archivo azul.

—Don Julián me dejó una llave hace años —dijo—. Me dijo que, si alguien venía buscando el cuaderno negro, le diera tiempo a coger la caja azul.

Claire se llevó una mano a la boca.

Su padre había previsto incluso la codicia de Gloria.

Teresa colocó la caja sobre el mostrador. Dentro había copias completas del libro de cuentas, cartas de becarios reales que nunca recibieron fondos, recibos bancarios, y una nota final.

Claire la leyó con dedos temblorosos.

“Mi niña, quien necesita destruir una prueba no teme al papel. Teme a quien aprende a leerlo.”

Gloria perdió por fin la compostura.

—¡Ese hombre arruinó mi vida!

Claire levantó la mirada.

—No. Mi padre solo apuntó lo que usted hizo con la suya.

La policía entró entonces por la puerta principal.

No hubo persecución, ni gritos, ni caída teatral. Solo una mujer elegante entregando lentamente un cuaderno negro que ya no servía para nada.

Mientras se la llevaban, Gloria se detuvo junto a Claire.

—Daniel volverá a ti arrastrándose. Todos vuelven a lo que conocen.

Claire miró las estanterías de su padre, la luz entrando por la calle, el polvo suspendido como pequeñas estrellas.

—Yo no.

Granada recibió a Claire con una luz que no pedía explicaciones. Las montañas al fondo parecían quietas desde siempre, ajenas a los apellidos de Madrid y a sus negocios sucios. Al verlas, Claire sintió una punzada de vergüenza por haber tardado tanto en volver. Luego se perdonó un poco. A veces una no vuelve a casa porque teme que la casa le pregunte por qué aguantó tanto.

La librería estaba más pequeña de lo que recordaba. O quizá ella había crecido a golpes. Las estanterías, los taburetes, el mostrador con una marca de quemadura de café: todo seguía allí, paciente. El polvo no juzgaba. Los libros tampoco. Esa misericordia muda casi la hizo llorar antes de ver a Gloria.

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Cuando la vio detrás del mostrador, Claire sintió una invasión distinta a todas. Gloria no solo buscaba pruebas. Había entrado en el lugar donde Julián había sido simplemente Julián: padre, librero, hombre que recomendaba novelas según la tristeza del cliente. Aquello terminó de arrancarle a Claire el último resto de miedo reverencial hacia su suegra.

Y al decirlo, por primera vez, lo creyó del todo.

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