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Capítulo 05 - El testamento que nadie quiso leer

Capítulo 05 - El testamento que nadie quiso leer

Avery no abrió el sobre enseguida. Lo sostuvo entre las manos, escuchando cómo la casa crujía con el viento de la tarde.

Había una superstición familiar, repetida por Beatrice entre bromas, que decía que las casas grandes nunca están vacías: guardan pasos, discusiones, promesas incumplidas. Avery, que se consideraba una mujer práctica, siempre sonreía al oírlo. Pero esa tarde la biblioteca parecía contener respiraciones antiguas, como si varias generaciones de mujeres esperaran saber si por fin una de ellas iba a desobedecer.

A veces los objetos pesan más cuando contienen una verdad que cuando contienen dinero.

Lucía llegó una hora después con el pelo recogido de cualquier manera, una carpeta bajo el brazo y esa expresión suya de abogada que no trae buenas noticias, pero sí las trae ordenadas.

—Antes de leer nada, dime una cosa —pidió Avery—. ¿Puedo confiar en Beatrice?

Lucía dejó la carpeta sobre el escritorio.

—Puedes confiar en que quería protegerte. No siempre es lo mismo.

La frase fue lo bastante honesta para doler. Avery rompió el sobre.

La carta era más breve que la anterior. Beatrice no se disculpaba. Las mujeres de su generación rara vez lo hacían de frente; preferían dejar indicaciones, llaves, recetas, maneras torpes de decir “te quise” sin pronunciarlo.

“Querida Avery: Si lees esto, Lydia ya habrá intentado comprarte. Scott ya habrá elegido la codicia antes que la decencia. Y tú, si Dios quiere, habrás descubierto que no estás tan sola como ellos te hicieron creer.”

Avery tragó saliva.

Lucía se sentó frente a ella.

La carta seguía hablando del primer testamento. Beatrice había preparado uno años atrás, cuando aún creía que Scott maduraría y que Lydia dejaría de empujarlo hacia la peor versión de sí mismo. En aquel documento, la mayor parte de la fortuna pasaba a Scott sin condiciones. Pero luego Beatrice encontró facturas, mensajes, viajes, un médico privado y un nombre que se repetía: Kayla Jensen.

Avery alzó la vista.

—Ella sabía lo de Kayla desde antes.

—Sigue leyendo —dijo Lucía.

“Al principio pensé lo mismo que pensarás tú: otra joven buscando dinero fácil. Me equivoqué. Kayla fue contratada para acercarse a Scott, pero no por Scott. Lydia quería provocar una ruptura limpia antes de mi muerte. Si tú pedías el divorcio, Scott heredaba sin condición moral que pudiera mancharlo. Necesitaban que parecieras despechada, inestable, interesada.”

Avery sintió frío. No era solo una infidelidad. Era una operación de familia.

—¿Contratada? —susurró.

Lucía pasó una hoja de su carpeta. Allí había movimientos bancarios, nombres de sociedades, transferencias. El piso de Almagro. Pagos a una agencia de imagen. Una consulta médica.

—Kayla recibió dinero, sí —explicó—. Pero después las transferencias cambiaron de concepto. Alquiler, asistencia médica, “acompañamiento”. Parece que Lydia empezó controlándola y Scott terminó aprovechando la situación.

Avery cerró los ojos un momento. Le hubiera sido más fácil odiar a Kayla sin matices.

Podría haber hecho lo que Lydia esperaba: señalar el vientre de la joven, llamarla oportunista, reducirla a una palabra fea y dormir con la conciencia cómoda. Pero Avery conocía demasiado bien las jaulas doradas. Algunas tienen anillos de boda; otras, contratos de alquiler pagados por desconocidos.

Le hubiera sido más fácil odiarla sin matices. El odio sencillo descansa. La verdad, en cambio, obliga a pensar.

—¿Y el embarazo?

Lucía dudó.

—Hay algo extraño. La clínica que aparece en los pagos no es una clínica de obstetricia normal. También trata problemas de fertilidad masculina.

Avery abrió los ojos.

El pasado volvió con una precisión cruel. Tres años de pruebas. Scott saliendo antes de las citas, diciendo que todo estaba bien, que ella se obsesionaba, que quizá “la naturaleza era sabia”. Los médicos hablando casi siempre con ella. Las hormonas, las agujas, las esperas en baños de restaurantes para llorar sin arruinar la velada.

—Scott nunca me dejó ver sus resultados completos —dijo.

Lucía no contestó. No hacía falta.

La carta de Beatrice terminaba con otra instrucción: “En la biblioteca hay un álbum verde. Nadie lo mira porque todos creen que las viejas solo guardamos fotos. La prueba que falta está detrás de la fotografía de la boda de Lydia”.

Avery y Lucía cruzaron la casa en silencio. La biblioteca olía a madera, polvo caro y flores marchitas. En la estantería baja, entre álbumes de viajes y cacerías antiguas, estaba el álbum verde.

Avery lo abrió sobre una mesa auxiliar. Fotografías de veranos en Santander, comuniones, bautizos, cenas con políticos, Lydia joven con una belleza dura. Al llegar a la boda de Lydia y el padre de Scott, Avery notó que la fotografía estaba pegada solo por dos esquinas.

Detrás había un pendrive negro y una nota mínima: “No confíes en una confesión sin copia”.

Lucía sacó el portátil.

El vídeo tardó unos segundos en abrirse. La imagen mostraba el despacho de Beatrice, la misma lámpara verde, la misma silla. Lydia aparecía de pie, tensa, creyéndose sola con una anciana enferma.

La voz de Lydia sonó clara.

“Si Avery se marcha antes de que firmes el nuevo testamento, Scott no perderá nada. La chica hará lo que le diga. Está embarazada y asustada. Las mujeres así siempre obedecen.”

Avery se llevó una mano a la boca.

En la pantalla, Beatrice no parecía débil. Parecía cansada de una comedia que había durado demasiado.

“¿Y si el niño no es de Scott?”, preguntó la anciana.

Lydia se quedó quieta. La respuesta tardó, pero llegó.

“Entonces será todavía más fácil manejarlo.”

Lucía detuvo el vídeo.

Durante unos segundos, ninguna de las dos habló.

Avery pensó en Kayla, en su mano sobre el vientre, en el miedo con que miraba a Scott. Pensó en Scott usando un embarazo como cuchillo. Pensó en Lydia calculando vidas ajenas como quien reorganiza cubiertos antes de una cena.

—Tenemos que encontrar a Kayla —dijo Avery.

Lucía asintió.

Pero antes de que pudiera responder, sonó el móvil de Avery. Un número desconocido. Ella contestó con el corazón en la garganta.

Al otro lado, la voz de Kayla apenas era un hilo.

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—Avery… estoy en urgencias. Scott dice que si hablo contigo, me quitará al bebé cuando nazca.

Y por primera vez desde que todo empezó, Avery salió de la casa sin pensar en su divorcio.

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